Contó en una ocasión, Fernándo Trueba, lo mucho que le sorprendió el analfabetismo cinéfilo que reina en la meca del cine. Ocurrió que, durante una cena entre cuyos invitados se encontraban varios actores y actrices de renombre, alguien sacó a escena la fantástica película de Larry Kasdan “Fuego en el Cuerpo”. Cuando Trueba, como buen Wilderiano, comentó que se trataba del remake de “Perdición”, todos le miraron con incredulidad. Nadie conocía la película.

Esta tontería, acerca del habitual desconocimiento de los clásicos, viene a cuento de “Spider-Man 3”

No, no pienso hacer una reseña sobre la nueva entrega de Spider-Man, que cuando al cine palomitero le entran ínfulas de grandeza artística el artefacto resultante puede terminar dañando irremisiblemente el hipotálamo. Pero sí me gustaría señalar maleducadamente los guiñós cinéfilos que Sam Raimi ha incluido en la película.

Raimi ya ha demostrado su gran bagaje cinéfilo en muchas ocasiones. Por poner un ejemplo, copió impunemente el final de una obra maestra del cine clásico nipón (“Cuentos de la luna pálida” de Kenji Mizoguchi) para darle un final impactante a su mediocre “The Gift”.

En esta ocasión, Raimi ha echado mano de multitud de explicitas referencias a clásicos inmortales para incrustar cierta textura dramática entre semejante avalancha de infografía. Per example, el modo, simple pero efectivo, de indicar al espectador que Spidey se ha vuelto malote aunque siga siendo un buen chaval: despeinandole, así de sencillo. Lo que pocos saben es que fue Robert Siodmak quien tuvo la idea de trazar rasgos psicológicos mediante esos pequeños detalles. Lo hizo en “La escalera de caracol”, clásico de 1945, en el que un asesino en serie de mujeres con deficiencias físicas atormenta a una sordomuda Dorothy McGuire. En aquella ocasión, Siodmak tomó a un galán de aspecto impoluto y le transformó en asesino despiadado, marcando los tiempos de su delirio con un simple flequillo deshilachado nada habitual en aquel tipo (George Brent) cuyo aspecto siempre se presentaba impecable.

Menos sutil es la breve referencia a “Cowboy de Medianoche”, en la que Peter Parker retoma el lugar del paleto recién llegado a la gran ciudad que interpretara Jon Voigh en la película de Schlesinger.

Pero la referencia más descarada, que sirve además para hilvanar gran parte de la subtrama dramática, es la que se hace al clásico entre clásicos “Ha Nacido una Estrella”. Primero, ilustrando cómo la ascendente estrella de Pete eclipsa por completo la de su fracasada novia, M.J, lo que provocará una alejamiento gradual de la pareja. Finalmente, calcando una de las más gloriosas escenas jamás rodadas: el mítico bofetón accidental en público. Por supuesto, el guantazo que Kirsten Dunst recibe sin querer está a años luz de sus antecedentes, que aquel terrible manotazo de un etílico Fredric March a Janet Gaynor es insuperable. Raimi lo sabe y ni se molesta en camuflarlo.

Tal vez sea esa la mayor virtud de la película, el apoyarse en el cine clásico para construir una historia coherente, concepto tan alejado del blockbuster medio habitual. Aunque puede también que ante la ausencia de ideas, Raimi y sus guionistas se hayan dedicado a plagiar descaradamente imagenes y letras de otras ya olvidadas. En ese caso, qué coño importa. Ya que casi nadie ve ni le importa el cine clásico, ¿quién se va a dar cuenta?…

O puede simplemente, que mi imaginación haya visto cosas que no figuran en la cinta del superheroe arácnido. Es lo que suele ocurrir cuando te aburres, te pones a pensar y eso…

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