Me contó mi hermano que vio un documental en el que se narraba una insolita aventura protagonizada por Mark Twain y Jack London. Al parecer, Twain, viajero y, sobre todo, aventurero incansable, propuso a London un viaje a la Polinesia para tratar de sacarle de su ensimismamiento provocado por una crisis creativa y personal. Así, alquilaron un cochambroso barco y se lanzaron a recorrer el Pacifico sin apenas preparación para ello. Debido a la escasez de agua y alimento estuvieron a punto de morir. Aun así, tanto London como Twain siempre recordaron aquella locura como uno de los momentos más felices de sus vidas.

En la misma línea pero en otro contexto, hubo un tiempo en el que el genio entre genios que es Francis Ford Coppola se encontró rodeado de gris. Para un buscavidas como él, siempre dispuesto a lanzarse apasionadamente sobre el proyecto más descabellado, el estado emocional que le provocaron las deudas generadas por su “Corazonada”, le proporcionó la oportunidad de rodar dos películas tan personales y arriesgadas que bien podrían considerarse un pulso contra los vientos adversos que en aquella época soplaban en su contra.

Una de ellas fue explendida: “Rebeldes”. La otra, “Rumble Fish”, funciona en otro plano de comprensión.

“La ley de la calle”, como se tituló en España, es más que una película. Al menos lo es para mí. Es una de esas esquirlas que se te incrustan en el corazón aprovechando esos raros momentos en los que la vulnerabilidad permite que películas o personas se refugien dentro de ti y ya no te abandonen.

Y si la historia del chico daltónico destinado a perder siempre es emotiva, no lo es menos la narración de la vida de los menos privilegiados que Marty vomitó con toda su crudeza en “Malas Calles”. Unos encuentran refugio en bares. Otros en casas suntuosas. A otros sólo les queda la calle para herir y ser heridos. Scorsese lo vivió y entendió y seguramente por ello se vació regalando momentos sublimes y epilépticos detalles que sirvieron para los que no han vivido el desarraigo que proporciona la vida en los suburbios lograsen entender lo doloroso que resulta encontrar mesías en los lugares situados fuera de los mapas celestiales.

Tal como lo hizo Marty en los setenta, el Sr. Horror se vació en 2005 para desgajar estas dos obras imprescindibles que se mueven más por terrenos emocionales que cinéfilos. Su análisis es apasionado y hermoso. Contradictorio y crudo.  No son pocas mis divergencias con su texto, y es por ello por lo que me gustó y me gusta tanto. El consenso crea alienación. Son las opiniones encontradas las que hacen avanzar la comprensión de todo esto. Y no es poco lo que la lectura de sus palabras me descubrió sobre la belleza desenfocada que emana la película de Marty.

Es un posteo extremadamente largo. Recomiendo a quien esté interesado que lo imprima, como hice yo en su día, para leerlo en el momento adecuado y de modo pausado. Lo disfrutará o lo odiará más, pero seguro que su reflexión en gris, que no gris, no les dejará indeferentes.

El texto contiene innumerables spoilers. Advertidos están.

Fantasma del pasado: “Los pecados no se redimen en la iglesia. Se redimen en la calle, se redimen en casa. Lo demás son chorradas y tú lo sabes.”

Con el texto que da título a este artículo se abre una de las cumbres cinematográficas del (casi) siempre genial Martin Scorsese, “Malas Calles (Mean Streets)” (1973). “Malas Calles” estaba (y está) dotada de un espíritu único e inigualable, un aura transgresoras pocas veces vista, deudora de la cinematografía de Cassavetes combinada con la tradición neorrealista del país del que procedían los antepasados de Marty; por tanto no es de extrañar que se convirtiera en un auténtico film de culto y una referencia para muchos cineastas, algunos de los cuales intentarían igualar esta joya pero que a su pesar ninguno lo conseguiría. “Malas Calles” fue el gran retrato cinematográfico del nuevo Hollywood sobre la situación estadounidense en los barrios marginales (los de Little Italy en este caso) y como afectaba a una generación emergente de jóvenes disfuncionales, balas perdidas en el corazón de alguna ciudad sin apenas tener las ideas claras pese a soñar y creer en grandes proyectos de futuro. El filme de Marty ocupó ese puesto, desde mi punto de vista, al menos hasta diez años después de ser estrenada, cuando Francis Ford Coppola después de fracasar en taquilla con su retrato de una banda callejera titulado “Rebeldes (Outsiders)” (1983) a partir de una novela de Susan Hinton, y con el fin de solventar ese vacío (económico al menos) marcado por su anterior obra nos entregó otra obra, esta vez maestra, y del mismo modo que la anterior extraída de una novela de S.E. Hinton, titulada “La Ley De La Calle (Rumble Fish)” (1983).

Claro está que si nos ponemos a hablar de atmósferas y ambientes callejeros en el universo del séptimo arte no se nos pueden olvidar otras muestras de talento y virtuosismo cinematográfico como la celebérrima (además de patrimonio de la humanidad) “Los Olvidados” de Luis Buñuel; la visión acerca de violencia ejercida por un niño de ocho años en la brasileña “Pixote” de Hector Babenco; la clásica “West Side Story” de Robert Wise y Jerome Robbins o la inmortal “Rebelde Sin Causa” de Nicholas Ray (hay que fijarse sobre todo en estas dos últimas porque al igual que las que vamos a tratar son inolvidables largometrajes del cine americano que tuvieron una transgresión ineludible en Hollywood y en el mundo del cine en general) por poner algunos ejemplos. Pero en este ocasión pretendo hacer especial hincapié en la visión de este universo a través de la cámara de no sólo dos cineastas americanos, sino además dos de los más importantes cimientos de la denominada “generación que cambió Hollywood” a través sus dos grandes frescos sociales y películas que son “Malas Calles” y “La Ley De La Calle”.

Bien, ahora sí, pasemos a analizar estas dos muestras de crudeza cinematográfica:

Lo primera nota de paralelismo que podemos encontrar entre ambas, es que tanto la una como la otra se abren de una forma distinta pero limítrofe en genialidad: Por un lado tenemos esa frase inicial en “Off” (la cual da título al artículo que están leyendo) del film de Scorsese sobre la pantalla fundida en negro. Cuando ésta finaliza vemos a Charlie (Harvey Keitel) levantarse de su cama sobresaltado como si hubiera tenido un mal sueño. Seguidamente se observa en el espejo y vuelve a acostarse, y en ese instante Scorsese filma un plano fijo mediante cámara móvil de la cabeza de Charlie, tomado de perfil, cayendo contra la almohada y con una repetición del mismo plano (casual en su cine como cuando Travis en “Taxi Driver” dice eso de:- “Escuchar imbéciles de mierda…”). Mientras, comienza a sonar el inicio del tema “Be My Baby” (qué nostalgia puede llegar a traer esta canción… y no se por qué; amén de su hermoso sabor adolescente y descarnado de unas jovenes enamoradas, y lo emocionante de su tonadilla) de The Ronettes con sus golpes de caja del principio de la canción para dar paso a los títulos de crédito iniciales en los que Scorsese filma con un largo movimiento de cámara un viejo reproductor que está mostrando algunas grabaciones caseras de Charlie en su “hábitat” diario: con la familia, amigos, la gente del barrio, los días de festejo, etc. En cuanto se ve un fotograma de la iglesia pasamos al formato de la cinta y se nos introduce en el filme a partir de ese plano del campanario tomado desde lo alto, y una vez llegamos a ahí se nos presenta a los personajes con el nombre de cada uno en pantalla en sus situaciones más habituales. El último en presentarse es Charlie, a éste le vemos orando en la iglesia y exponiéndole a Dios que él quiere elegir su propio método de penitencia.

Por otro, el film de Coppola se inicia con menos parafernalia pero de una manera genuína. Aparece el título (“Rumble Fish”) en pantalla, y a partir de ahí no aparecerá ninguna información más sobre la película hasta que aparecezcan los créditos finales (como ya habría hecho en otras películas como “Apocalypse Now”, a diferencia de que en esta última no aparezca ni el título del film siquiera). Una vez desaparece el título vemos el plano (en blanco y negro) del cielo, seguidamente un cartel de señalización tachado por un “graffiti” que reza:- “El Chico de la Moto reina”. Después se ve la cristalera de la cafetería de Benny (Tom Waits) (todos los planos son tomados a cámara rápida y acompañados por un efecto sonoro, de la banda sonora compuesta por Stewart Copeland, tintineante que se intercala con amagos de redoble de tambor). De pronto todo sucede a tiempo real, nos encontramos en el interior del “Benny´s Billiards” y vemos entrar por la puerta al mensajero, Midjet (Laurence Fishburne) con su traje de hampón y dice:- “¡Hey Rusty James, Biff Wilcox te busca!” De pronto vemos a Rusty James (Matt Dillon) jugando al billar; tira y cuela una bola en el agujero. De pronto le responde:- “No me escondo”. El mensajero le advierte:- “Dice que te quiere matar.” Rusty James discrepa:- “Una cosa es decirlo y otra es hacerlo.” Derepente Smokey (Nicolas Cage) le ha ganado la partida (ya desde este momento Coppola nos deja intuir que el enemigo puede estar hasta dentro de nuestras propias filas, y que un tío tan confiado y, en el fondo, tierno como Rusty no debería fiarse ni de su propia sombra).

El film de Scorsese podría entenderse como un homenaje a su propio pasado en esas malas calles de las que habló Raymond Chandler (de ahí el título); y por otra parte el de Coppola un homenaje a su hermano mayor y la relación que mantuvo en el pasado con él. Pero no son esos los únicos aspectos y subtemas con los que nos encontramos en las citadas películas. Tal vez ese sea el punto de partida para albergar gran parte de la problemática de las relaciones entre los seres humanos que se pasean en los dos films.

En ambas películas nos encontramos con historias de redención (Charlie conversando con Dios y quemando sus dedos con cualquier llama para salvar su alma; y El Chico De La Moto (Mickey Rourke) intentando llevar los peces al río, esos peces luchadores encerrados en una pecera que solo desean llegar al océano y hallar la libertad); con el destino fatal (en la de Scorsese vemos como Charlie encuentra el mismo destino del bala perdida de Johnny Boy (Robert De Niro) y su prima Teresa (Amy Robinson) por protegerles y sacarles de la basura, a ellos, que solo podían traerle la perdición, e incluso por protegerse a sí mismo de sí mismo; y en la de Coppola necesario en El Chico De La Moto para la salvación de Rusty James. Probablemente el final de Coppola sea más esperanzador que el de Scorsese); las relaciones filiales (esa postura paternalista que muestra Charlie ante su amigo Johnny Boy, el cual siempre se está metiendo en líos, o la casi conyugal con Teresa, la prima de Johnny, una chica que sueña con escapar del barrio y padece epilepsia. Pero esa relación que mantiene con ambos puede afectar la relación con su tío Giovanni, un capo que podría proporcionarle un buen posicionamiento en el barrio si mantiene la compostura y se comporta como un buen chico (lo que él entiende por buen chico, vamos); o esa admiración que Rusty James siente por su hermano mayor El Chico De La Moto, el antiguo líder de una banda callejera, cuando (como el iluso de Rusty piensa) las bandas tenían sentido, pues en cambio ahora las drogas lo han acabado deteriorando todo, pero Rusty no es consciente de que las drogas ya estaban ahí por aquel entonces y no quiere creer que su hermano quisiese a esa profesora “yonkee” con la que estuvo saliendo (cosa que se nos desmiente cuando El Chico De La Moto bailando con ella en una verbena rememora los colocones que se agarraban antes de que éste emprendiese su viaje a California) porque sería reconocer que su hermano, su héroe, contribuyó en la decostrucción de los antiguos valores de las bandas. Por otra parte también en la relación con Patty (Diane Lane), la cual le quiere pese a sus limitaciones pero que le acaba dejando por su amigo Smockey debido a que éste le cuenta un pequeño indicio de infidelidad por parte de Rusty en la fiesta que dieron allanando una morada cercana al lago. O por último con el padre de ambos (Dennis Hopper), un alcohólico culto que dejó de vivir bien después de ser abandonado por su mujer, también la madre de Rusty y El Chico De La Moto).

Ambas películas nos muestran a personajes vagabundeando sin una meta en concreto, con cierta filosofía de la calle pavimentada en la experiencia y el día a día (en este caso me quedo con “La Ley De La Calle” y personajes como Benny (Tom Waits) con su memorable discurso, mientras limpia la barra, sobre el paso del tiempo:- “El tiempo es una cosa curiosa. Un asunto muy curioso. Cuando eres joven o eres un niño tienes tiempo, tiempo para todo. Luego pasas un par de años aquí, un par de años allá… Bah… No es importante ¿sabes? Y cuanto más viejo eres más te preguntas:- ¿Cuánto me queda? ¿Treintaicinco veranos? um… Piensa en ello. Treintaicinco veranos.” y el padre o el viejo (Dennis Hopper), con ese grandioso diálogo en el que Rusty le pregunta si su madre está loca o chiflada:- “Mira… Rusty James… de cuando en cuando te encuentras una persona con un concepto del mundo diferente del de los demás. Eso no le convierte en loco ¿sabes? Una… una percepción aguda no te… no te convierte en un loco… – ¿Puedes hablar claro?- Aunque sin embargo esa percepción te puede volver loco… – Me gustaría que hablaras normal. No, no… no entiendo ni la mitad de lo que dices… ¿No crees? – No… tu madre no está loca. Y tampoco contrariamente a la creencia popular lo está tu hermano, solo está fuera de su papel. Ha nacido en mal momento, en la mala orilla del río. Pchis… con la habilidad que tiene para hacer todo lo que le apetezca… no encuentra nada de lo que quiere hacer… nada – Vale. – Él ya no puede entenderme y tú seguro, seguro y cierto, esa es la diferencia… Tu nunca has perdido a tu madre, yo sí.”. En el de Scorsese sin embargos nos encontramos valores del hampa italiana en Estados Unidos que no son tan universales como los tipos cualquiera que nos encontramos en la película de Coppola), falsos héroes, verdugos, inocentes, buscapleitos, descarriados, inmaduros, de vuelta de todo, tipos duros, rebeldes, incoherentes… Todos ellos intentando llegar a algo sin saber el qué.

Tal vez podríamos entender el mensaje de “Malas Calles” sobre como de retorcidas pueden llegar a ponerse las cosas por diversos factores mientras un ser humano solo intenta que todo vaya bien. Pero al resto no le importa un carajo tu visión de las cosas, “homo homini lupus” (dixit: Thomas Hobbes) . Cada uno va por su lado, con sus propias preocupaciones, y lo que hoy fue un abrazo mañana puede convertirse en una puñalada (o disparo, más bien). Scorsese mediante ella trata de mostrarnos una situación que podría haber sucedido a cualquier chaval que creciese en Little Italy con un proyecto del todo personal que muestra en distintas facetas momentos autobiográficos, sobre un grupo de conocidos que se están abriendo al mundo, un mundo mezquino en el que lo importante es el “yo”, su integridad, su fama, su fidelidad, su reputación, su dignidad… y todo lo demás está en un segundísimo plano. No importa la relación que pudiste haber mantenido con alguien si ese alguien está dispuesto a dejar por los suelos a ese “yo” que he mencionado anteriormente. La escena final, de un expresionismo desbordante acompañado de la música tradicional italiana que está tocando una orquesta en la fiesta de San Genaro, muestra ese “irse todo al garete”. Mientras Charlie, Johnny y Teresa se encuentran conversando tranquilamente en el coche, aparece Michael (Richard Romanus) con su compadre en un coche y tirotean a éstos provocando un cruento accidente en el que el coche de Charlie choca contra una bomba de agua (provocando que salte una gran bocanada de agua) y una farola. Y en esa impactante escena vemos como los protagonistas están al borde de la muerte, Teresa empotrada contra la luna del coche, Charlie casi sin dedos en una mano saliendo del coche como buenamente puede y Johnny caminando por un callejón quejándose y sin saber qué hacer. Esas secuencias son intercaladas con otras en las que aparecen todos esos personajes por los que Charlie intentó mantener la compostura; éstos se encuentran tranquilamente, a salvo, a la misma hora de la noche mientras ellos se encuentran al borde de la muerte. De todas esa secuencias de conocidos, la última es de Michael y su compañero aparcados en algún lugar de la intemperie encendiéndose un puro; aparece una ambulancia y recoge a los tres afectados, la orquesta finaliza, vemos a personas bajando las persianas de su apartamento y el film finaliza mientras oímos de fondo los agradecimientos de la orquesta.

En “La Ley De La Calle” el mensaje más claro con el que nos encontramos es la búsqueda de la libertad, una libertad que no se puede hallar encerrado en el barrio. Ese símbolo lo vemos reflejado en los “peces luchadores” (“rumble fish”). Desde el inicio de la película nos adentramos en un mundo gris, en el punto de vista, en un mundo subjetivo que no es otro que la cabeza de El Chico De La Moto el cual padece daltonismo y cierta sordera, percibiendo todo lo que ve en blanco y negro a excepción de los intensos colores azules y rojos de los “peces luchadores”, unos seres encerrados en una pecera que intentan matarse unos a otros golpeándose contra el cristal y que lo único que ansían es la libertad que solo encontrarán de vuelta al río (Policía(William Smith):- “Alguien debería quitarte de en medio.” El Chico De La Moto:- “Alguien debería llevar los peces al río.”). El Chico De La Moto se lo da a entender a Rusty James intentando llevarlos al río, entrando en la pajarería (siendo consciente de que la gente le había visto durante el día merodeando en ese lugar) junto a él por la noche y soltando a todos los animales que hay en su interior a la calle del pueblecillo. Seguidamente pide a Rusty que coja la moto que acababan de robar y que siga el río hasta el océano; seguidamente El Chico De La Moto coge la pecera y en su misión de llevar los peces al río muere por el camino. Es disparado por el policía. Pero Rusty antes de realizar su cometido recoge a los peces del suelo y los suelta en el río, y cuando éstos hallan la libertad por fin dejan de luchar. De pronto dos policías agarran a Rusty, éste mira su reflejo en el cristal del coche policial y ya no es gris, ahora ese reflejo está dotado de un intenso colorido que los espectadores percibimos al instante, se ha convertido en un “pez luchador”, está anonadado, siente claustrofobia de su propia existencia y comienza a golpear su reflejo hasta romper el cristal (algo que ningún pez consiguió lograr). De pronto el policía que mató a su hermano pide que le suelten, que es solo chico que ha perdido a su hermano y está apenado. Un gentío se acerca al cadáver de El Chico De La Moto, pero a Rusty James todo lo que puedan decir ya no le importa lo más mínimo, solo tiene una cosa en la cabeza y es tirarse al río y llegar hasta el océano. Hemos entrado entonces en un clímax inefable, el punto álgido sin duda de la película, un “travelling” nos conduce a una escena en la que vemos que todos los ciudadanos y personajes están presenciando el acontecimiento: el líder ha muerto. La cámara filma a partir su cadáver dirigiéndose hacia la derecha, captando a todas las personas, una a una prácticamente. Cada uno opina, todos menos el padre que parece que estuviese ausente pegando un trago a su petaca y caminando sin rumbo. El último personaje que captamos antes de llegar debajo del puente es a Steve (Vincent Spano), el único amigo verdadero de Rusty James, el empollón del barrio, que está escribiendo en su bloc de notas:- (En Off)”No debieron matarle. No olvidaré jamás a El Chico De La Moto.” Llegamos debajo del puente y nos encontramos en la pared un graffiti que reza:- “El Chico De La Moto reina.” Y vemos la silueta de Rusty James subido en la moto marchándose del lugar. La pantalla se funde y de pronto vemos a Rusty James apeándose de la moto frente al océano.

Dos grandes películas de imprescindible visionado antes de hallar la muerte. Las dos son auténtico cine de autor, por así decirlo. “Malas Calles” llevó al éxito y a la credibilidad como realizador de Scorsese, tanto por parte de crítica como de público; y “La Ley De La Calle”, con su barroquismo heredado de Orson Welles, se lo devolvió a Coppola. Uno de los aspectos a tener en cuenta es que cuando Marty realizó “Malas Calles” tan solo había realizado dos largometrajes y algunos cortos, y sin embargo Coppola ya había realizado obras maestras del calibre de “El Padrino (I y II)”, “La Conversación” y “Apocalypse Now”. Por tanto llegamos a la conclusión de que por supuesto “La Ley De La Calle” está creada con una mayor profesionalidad, experiencia y madurez que “Malas Calles”, por lo que resulta obvio que en el film de Scorsese podamos encontrarnos con más errores que en el de Coppola.

Otro aspecto a tener en cuenta es que “Malas Calles” fue una película muy influyente para Franciss Ford Coppola en su concepción del cine (él recomendó a la laureada actriz Ellen Burstin que la viese con el fin de que llevase a cabo una película para el guión de “Alicia ya no vive Aquí”. De hecho al final, dada la fascinación que el film produjo en Burstin, ésta eligió a Martin Scorsese para que realizase “Alicia ya no vive Aquí”). Scorsese en cambio, sigue un estilo propio y libre que le caracteriza como a pocos. En “Malas Calles” es cierto que podemos encontrar claras influencias del “neorrealismo italiano” e incluso de la “nouvelle vague” aparte de Cassavetes (cosa que el propio Scorsese reconocía), pero sin duda Scorsese se apropia de esas influencias y las convierte en parte de su particular estilo. Como he dicho Scorsese acentúa mucho su estilo; vemos todo el partido que puede sacarle a una historia a través de una película realizada con un presupuesto ínfimo mediante su virtuosismo y su frenético uso de la cámara como un pintor barroco con su brocha. Todo un artista de la técnica cinematográfica. De todas formas pese a que Coppola encontrase a un gran cineasta en Scorsese, “La Ley de la Calle” no está influida por el cine de éste. La película de Coppola nos muestra y evidencia claras influencias de dos grandes genios y artesanos del cine como son Nicholas Ray y Orson Welles. Esa inigualable escena de la pelea contra Biff Wilcox y las palomas sobrevolando sobre los personajes mientras éstos se dirigen a zurrarse, o esos encuadres, hermosos cuanto menos, con la expresionista fotografía de Stephen H. Burum y con un efecto lumínico sobre el sucio blanco y negro impresionante, caray. A pesar de que las mencionadas influencias queden bien claras, Coppola (del mismo modo que Scorsese) se apropia de ellas y las convierte en cualidad propia de todo un maestro de la historia del cine (le pese a quien le pese).
Otro rasgo que tienen en común, con la diferencia de que Coppola al realizar su filme tenía bastante más experiencia que Scorsese al realizar el suyo, es que trabajaron con actores “amateurs” (que asquerosamente sofisticaddo me pongo a veces), pero actores “amateurs” que pasarían a convertirse entre los mejores de Hollywood. Los dos grandes protagonistas de “Malas Calles” no tienen presentación, nada menos que Harvey Keitel y Robert DeNiro. Con Harvey, Marty ya había trabajado en su ópera prima en largo: “Who’s that knocking at my Door?”. En cambio a DeNiro apenas le conocía. Marty buscaba a un actor que supiese caracterizar a Johnny Boy como nadie, entonces su gran y buen amigo Brian De Palma le presentó a Bobby DeNiro, otro chico de Nueva York de descendencia italoamericana que resultó ser el Johnny Boy perfecto. Después de ésto es sabido por todos que Bobby se convertiría en su actor fetiche aparte de uno de sus mejores amigos y que encarnaría además a los ya emblemáticos símbolos del séptimo arte como Travis Byckle, Jacke LaMotta o Jimmy Conway en grandes obras maestras realizadas junto a Scorsese. El triángulo artístico formado entre Marty, Bobby y Harvey les consolidó como grandes artistas y genios de la improvisación. Y de ahí a donde están ahora, fruto del trabajo, la constancia, camaradería y profesionalidad artística.

Por su parte Coppola no fue menos y descubrió a otros grandes intérpretes (por supuesto mucho más jóvenes, pero con el mismo espíritu que los de Scorsese cuando tenían su edad), actores destilaban una presencia enorme en pantalla, como fue el caso de Matt Dillon (lástima que su último trabajo sea “Hervie: A Tope”*), el del rostro pétreo de Mickey Rourke (que más le valdría haber seguido por el buen camino), el archiconocido Nicolas Cage (además es pariente de Coppola), Chris Penn* (en un pequeño papel), Vincent Spano o Diane Lane (a mi parecer una actriz muy limitada que desde esta película me parece que se ha dedicado a hacer el mismo papel constantemente, pero está muy joven y guapa, y no por joven, no cometan juicios temerarios con respecto a mis opiniones de mierda). Todos, sangre nueva, practicamente desconocidos por la industria de Hollywood a excepción del veterano de la cinta que tampoco tiene presentación, el inigualable Dennis Hopper en uno de esos grandes papeles que tan bien borda con su impresionante interpretación, el cual ya había trabajado con Coppola haciendo del inolvidable fotógrafo y reportero de “Apocalypse Now”.

Para finalizar con el análisis, y ya que apenas he tocado el tema de las bandas sonoras (algo esencial en ambas películas), una diferencia notable con la que nos encontramos entre ambas es que mientras Scorsese se decanta por hacer una selección de temas pop para acompañar al filme, desde The Ronettes a The Rolling Stones, Coppola utiliza un hilo musical compuesto por Stewart Copeland junto a Stan Ridgway a partir de su tema “Don´t Box Me In”.

Dos obras poéticas, rotundas, enormes, inigualables… imprescindibles en cualquier caso.

Gracias, Sr. Horror, por dejarme iluminar este bochornoso lugar con su noble presencia. Yo de usted echaría un vistazo a los comentarios recibidos por el posteo original. Que tiende a olvidar con demasiada frecuencia lo grande que sos vos, ¡¡coño!!…

Me evaporo por un par de días. Cuídense…

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