Todo artísta debe saber que toda esencia se oculta en lo que no se ve; ya sea un gesto, el modo de arquear los labios al hablar o el simple modo de mirar el propio reflejo.

Hay un escena en “La joven de la perla” en la que el pintor holandés Vermeer (Colin Firth) muestra el resultado de uno de sus bocetos a la criada que le sirve de modelo (Scarlett Johansson). Ella, conmocionada por los resultados (que, pudorosamente, la cámara no muestra en ningún momento) susurra entonces: “Ha visto en mi interior”. Básicamente la misma impresión que la Emmanuelle Beart de “La bella mentirosa” (ese hermoso canto del cisne de Jacques Rivette) sufrió al hallarse en presencia del resultado final del tortuoso proceso sufrido tras aceptar posar para un huraño pintor, interpretado por el siempre magnifico Michel Piccoli.

Y ésa parece ser la propuesta del interesante Steven Shainberg, quien sorprendiera años atrás con su excelente “Secretary”: Al arte se llega a través compresión del otro o su entorno. La observación nunca debe detenerse en lo superficial a riesgo de que el resultado final de la obra sea superfluo.

En “Retrato de una Obsesión”, se narra un episodio fundamental (e inventado, supuestamente) en la vida de la fotógrafa norteamericana Diane Arbus, quien tras años ayudando a su marido (también fotógrafo) en el negocio familiar, se cansó de las asépticas fotografías de encargó de amas de casa perfectas con impecables planchas en sus manos para consagrar su vida artística en inmortalizar su reverso tenebroso: todo aquello que debía ser apartado de la vista de aquella utópica América ideal/irreal de los años 50.

Así, y como ya hiciera Tod Browning en la imprescindible obra maestra “Freaks”, centró su atención en los fenómenos de feria: tullidos de pies grotescos, mujeres sin brazos, enanos, gigantes, siamesas de un sólo cuerpo, hombres con el cuerpo cubierto de vello…

Amparado por la equívoca frase “retrato imaginario de la vida de Diane Arbus”, el director, tomando como base una novela de realidad-ficción, recrea la vida de la fotógrafa a trompicones, de un modo tan confuso que la pésima estrategia de promoción elegida por las distribuidoras se antoja incluso disculpable, ya que no engaña al espectador sino que le advierte de la desastrosa planificación de la que será testigo y víctima.

Oscilando, en un principio, entre el biopic costumbrista y la sátira social, de pronto nos veremos inmersos en una especie de absurdo thriller psicológico provocado por la llegada de un misterioso vecino. Pero si en la primera parte el juego de Shainberg es previsible, en la segunda directamente muestra sus cartas como si de un jugador novato se tratase, provocando, acto seguido, la primera estampida de la sala con unos engorrosos planos oníricos que ni aportan nada ni tienen razón de ser.

Superado el trauma, y tras una nueva indecisión narrativa en lo que lo morboso copará brevemente toda la atención, la película emprenderá el vuelo lentamente hasta conseguir, al menos, un resultado digno que incluye no pocos momentos recordables y alguno memorable: Diane afeitando cuidadosamente el cuerpo de Lionel, el atractivo look de Robert Downey Jr. (terriblemente similar al lucido por Jean Marais en la versión dirigida por Cocteau de “La Bella y la Bestia”), el libro de fotografías vacío que recibe Diane como regalo postumo…  aunque haya que esperar hasta el último plano para encontrar el mejor de ellos, la razón de ser de dos largas e indefinidas horas que sirve para enlazar la cinta con las dos citadas al principio…

Diane (Nicole Kidman) pasea completamente desnuda por la colonia nudista a la que llegó en busca de realizar una serie de retratos. Tras observar detenidamente su entorno ve a una chica sentada en banco.

Joven: “¿Me vas ha hacer una foto?”

Diane: “Aún no”

Diane se sienta junto a ella y posa su cámara en un costado…

Diane: “Cuéntame algo de ti…”

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