Hay vida más allá de la caspa…

El mejor gag de la historia (es mi opinión) lo protagonizó un tipo que padecía del mal de Andy Warhol, osease, el dar la sensación de estar fuera de lugar en todas partes (como la Coixet, vamos). Se trata de un tipo desgarbado y torpe al que su creador, Jacques Tati, bautizó como Monsieur Hulot.

A lo largo de casi veinte años y cuatro películas, el señor Hulot registró sus desgracias en celuloide para solaz de cinéfilos y ratones de filmoteca. Fue el propio Tati quien se encargó de prestarle piel y huesos. Se valió de su pasión por el cine mudo y la comedia slapstick para dotar a su personaje de rasgos tomados a cómicos clásicos. Así nació un tipo entrañable y patológicamente tímido. Una pieza sin lugar en el puzzle que se resiste a rendirse ante un mundo que no comprende ni le comprende.

Truffaut le dedicó una emotiva carta en la que demostró que el amor por un personaje de ficción puede llegar a ser casi material. Después le homenajeó, de un modo breve y sentido, en una escena de “Domicilio Conyugal”

No fue el único en hacerlo, pero sí el que (fiel a su apasionado estilo) más devoción pública demostró por el personaje y su autor.

Resumir en cuatro palabras algo tan inabarcable resulta imposible. Me limitaré a esbozar un poco conocido dato de la que fue su mejor película: “Las Vacaciones del Señor Hulot”.

Y es que basta con este simple detalle para mostrar el perfeccionismo obsesivo de Tati. Anécdota que le emparenta con aquellas que conté hace tiempo acerca de Welles, Altman y Ford…

Resultó que por abaratar gastos, Tati aceptó rodar la película en blanco y negro; en principio no veía inconveniente para ello. La película se filmó cronológicamente, algo poco habitual, que él se pudo permitir al utilizar una única localización. Así, todo transcurrió sin problemas hasta que, mediado el rodaje, Tati se percató de que la piel de los personajes estaba adquiriendo un notable tono oscuro al rodar, prácticamente a diario, al aire libre. Un detalle que dotaba de verosimilitud a la película y que sin embargo terminaría siendo imperceptible para el espectador, ya que la película en blanco y negro no recogía tal matiz. Pese a que tan nímio gesto le habría resultado irrelevante a la audiencia, Tati siempre lamentó amargamente no haber rodado en color.

En fin, no torturo más. Esta es la escena a la que hago referencia en el título. A ella le debo tantas risas y mágicos momentos que no podría pagarle en modo alguno. 

Los elementos son sencillos: Un salón de juegos, una chica acorralada por un intelectual pelmazo, una rebelde pelota de ping pong y la mejor mano de cartas de la historia…

Es breve, no se apuren. Sólo disfrútenla si les apetece…

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