Tremenda tormenta la que cayó sobre Madrid el pasado sábado. Como prueba de ello les dejo este móvil-vídeo selfmade…

Sí, vale, el sonido es de pega. Censuré el original por la vergüenza ajena que me produce escuchar la cantidad de tacos que disparo por minuto. Ni Henry Miller cuando bailaba bajo las tormentas retando (insultando) a Dios me superaría, de hecho.

En fin, pues mientras esquivaba granizos del tamaño de un puño me dio por pensar en el (buen) uso que suele darse a la lluvia en el cine.

Per example… En “Los Siete Samurais”, Akira Kurosawa ahogó a sus actores en un angustioso mar de lluvia y barro.

 

El maestro japonés utilizó la lluvia como elemento estético y dramático. No fue el primero en hacerlo. Rara es la película bélica que no incluye escenas humedas en su metraje: Desde la lejana “Sin Novedad en el frente” hasta la reciente “Largo Domingo de Noviazgo” la lluvia ha sido usada para transmitir desasosiego y tristeza en el espectador.

Aunque la lluvia no tiene necesariamente que asociarse con estados de ánimo azules. En “Cantando Bajo la Lluvia”, Gene Kelly simbolizó la alegría de vivir (y la tontería que te entra en el cuerpo cuando estás enamorado) bailando sobre la lluvia, regalando su paraguas y saltando charcos…

 

Además, y junto a Donald O’Connor y Debbie Reynolds, cantó una bella oda al insomnio que bien podría provocar ansias de matar a los desvelados de todo el mundo, no tanto por la cancioncilla en sí como por la cara de gilipollas conque el trío la ejecuta.

“Good mornin’, good mornin’!
It’s great to stay up late,
Good mornin’, good mornin’ to you”

Good morning, good morning… ¡¡La madre que os parió!!…

Volviendo al tema sabatino, les diré que el remojón que se pegó Mel Gibson en la extraordinaria “El Año que Vivímos Peligrosamente” no tiene nada que envidiar al que me llevé yo.

En esta ocasión, Peter Weir, con su habitual templanza, utilizó el líquido elemento para simbolizar la decepción y el abandono. También sirvió para simbolizar estados tan alterados de conciencia como los que produce el amor y el descubrimiento del otro: El paseo de una ausente Sigourney Weaver por un mercado indonesio bajo la incensante lluvia forma parte de cualquier antología del cine.  

Y es que es la tristeza la que se asocia mejor con los cielos grises. En “Llueve sobre mi corazón”, tonto título impuesto aquí a la gran película de Coppola “The Rain People”, una embarazada primeriza abandona a su marido, presa de una congoja insoportable. Errará entonces por moteles de carretera, bajo cielos plomizos, hasta encontrarse con Jimmy, un jugador de football sonado tan deshubicado como ella. Con él iniciará un viaje sin destino marcado por el desarraigo de ambos.

El cartel de la película, uno de mis favoritos de siempre, estremece con una simple imagen más que todo un pesado tratado de Kierkegaard.

 

Pero es el elemento romántico el que, como siempre, gana la partida. La lluvia es el complemento ideal para todas las ramas del romanticismo; acoje sin prejucios tanto a lo desesperado como a lo insoportablemente cursi.

Prueba de ello es la escena final de “Desayuno con Diamantes”, convertida hoy día en todo un icono de lo rosa. El beso entre George Peppard, Audrey Hepburn y un gato llamado gato, se convirtió en clásico en el mismo momento en el que fue filmado.

No tan estética fue la torpe declaración de amor que aquel no menos torpe tipo danés dedicó a la camarera de sus sueños en un callejón al reguardo de la lluvia veneciana. Ocurrió en “Italiano Para Principiantes”, maravillosa película pese a estar lastrada por la inútil etiqueta Dogma. 

Pero mi beso humedo favorito es otro…

Sí. Sean y Mary Kate dándole a lengua en las ruinas de una iglesia. Momento álgido de “El Hombre Tranquilo”, obra maestra del maestro (y disculpen la rebuznancia) que viró en dulce el atropellado romance de un ex-boxeador atormentado que busca un futuro en su pasado y una solterona cabezota e indómita que había asumido demasiado pronto que jamás encontraría alguien a quien amar.

Y ahora, tras el colofón, convendría cerrar esto. Pero no. Aunque tal delicatessen parezca imposible de superar, en 1995 un tipo septuagenario filmó esto…

Que levante la mano aquel a quien no se le anudó el estómago viendo “Los Puentes de Madison County”.

Y fin.

Por cierto, los cielos de Suburbia presangian una nueva conjunción de lluvia y noche…

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