Odio esa estúpida manía de estiquetarlo todo. Despuntan tres directores alemanes y hala, ya está: el cine de los chicos. Absurda fórmula con la que se pretendió englobar estilos tan distintos como los de Herzog, Wenders y Schlondorff.

Los ejemplos son muchos: el free cinema de los airados jóvenes ingleses, la escuela de Barcelona, el movimiento dogma y así hasta llegar al más desgastado de todos ellos: la nouvelle vague.

Y como movimiento se pretendió clasificar el cine salido de la factoria britanica Ealing. Estudio que en su tiempo de gloria se anotó una docena de obras maestras tan diferentes entre sí como la idealista “Pasaporte para Pimlico” de Henry Cornelius, la cínica “El Quinteto de la muerte” de Alexander MacKendrick o la irónicamente descreída (y mi favorita) “Ocho Sentencias de Muerte” de Robert Hammer. Tal fue el influjo que ejerció el “estilo Ealing” sobre el resto de las productoras britanicas que películas como “El niño y el Unicornio”, bellísima fábula dirigida por Carol Reed, se confunde habitualmente como producto Ealing.

De hecho, tal influencia alcanza nuestros días. Aunque ello suceda a miles de kilómetros de las islas que vieron nacer al mítico estudio hoy desaparecido.

Porque fue Australia en lugar en el que se trató de reanimar un estilo muerto con “Spotswood”, película dirigida por Mark Joffe que narra la historia de un despiadado consejero económico contratado para tratar de reflotar una fábrica de zapatos poblada por peculiares personajes.

Usando la manida fórmula del forastero empático utilizada en innumerables ocasiones (“Brigadoon”, “Calabuig”, “Doc Hollywood”, “Cars”) su principal referente es “Local Hero”, inolvidable comedia dirigida por el escocés Bill Forsyth a la que une algo más que su línea argumental. Echen un vistazo al cartel promocional de ambas películas…

Cambiemos a Burt Lancaster por una morenaza en minifalda y ale… película nueva. De veras que jamás entenderé el proceso mental de distribuidores y publicistas.

En fin… En realidad sólo quería subrayar dos escenas de esta estimable comedia australiana. Dos momentos en los que Joffe debió ser poseido por alguna musa que le marcó el camino correcto a seguir.

La primera ocurre tras claudicar el dueño y los empleados de la fábrica ante las presiones de una multinacional interesada en hacerse con la empresa. Tras duras negociaciones, consiguen su objetivo: despedir a todo el mundo para trasladar la producción a algún país asiatico que les permita multiplicar sus beneficios.  

Finalizada la lucha, en plena vigilia, previa al acto final, el consejero (Anthony Hopkins) redescubre su perdida humanidad mientras observa el retrato de su esposa, a la que corre el riesgo de perder, víctima colateral de su cruel empleo. Al tiempo, asistimos a la última cena del apesadrumbrado propietario de la fábrica, incapaz de tomar bocado frente a la tranquila ignorancia de su esposa e hija. La escena se cierra con una visita de los trabajadores al domicilio de Hopkins para saldar deudas al estilo Spotswood.

Sobre la segunda escena, la final, los protagonistas de la cinta se enfrentan a su incierto futuro confirmando la propuesta de Truman Capote de encaramarse lo más alto posible para escapar de la mediocridad (“El Arpa de Hierba”). Mientras, Donovan trata de atrapar el viento en un lugar desde donde se pueden ver las brillantes luces de un lugar tan lejano que por fuerza debe ser mejor.

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