Generalmente todo lo que brilla tiene su lugar en Suburbia. Poco importa su valor estético, es necesario hacer saber de la nueva prosperidad con abalorios conque impresionar a los nuevos inquilinos del rellano.

Pero la esencia es otra. El oficio de nuevo rico es complejo. En un mismo día debes inaugurar caros relojes que pretenden imitar en baratillo al reloj astronómico del ayuntamiento de Praga y dejar, más tarde, un ramo de flores ante la efigie de Ernesto Guevara, santo patrón sin beatificar de aquellos que nunca tuvieron nada y adorno de camiseta favorito de universitarios concienciados a los que nunca falto de nada. Dura la vida del político suburbio.

Suburbia es una acera que se limpia cinco veces al día y no consigue desprenderse de la mugre. Son banderas metálicas que proclaman un orgullo ajeno y camiones que suplican el favor de quien les ha embotellado en este lugar. Suburbia es un lugar irreal, como lo es todo, supongo…

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