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Hay una película del año 1993 titulada “En el filo de la duda” (And the band played on), en la que se narra la aparición y los primeros años de lucha contra el SIDA. En esta irregular cinta dirigida por Roger Spottiswoode realizada originalmente para la televisión, hay una escena, la final, en la que una serie de imagenes desfilan a modo de homenaje acompañadas por la canción “The last song” de Elton John.

Este tonto recuerdo y el hecho de estar inmerso en plena celebración del gay pride me han recordado a los muchos hombres y mujeres que se vieron forzados a ocultar su condición homosexual durante toda su vida. Estas son algunas de sus historias…  

Cuando, el 13 de febrero de 1939, David O. Selznick anunció el despido de George Cukor como director de “Lo que el viento se llevó”, se escribió una nueva página en el (grueso) libro negro de la homofóbia. Así fue, pues aunque la versión oficial esgrimida por el mítico productor fue la de incompatibilidad de caracteres entre el director y Clark Gable, estrella de la película que jugó la carta de saberse pieza imprescindible del proyecto, la autentica razón fue el pánico de Gable por que su turbio pasado como gigolo saliese a la luz. Al parecer, El Rey sobrevivió durante largos periodos de su temprana juventud prestando sus “servicios” a maduras damas a cambio de favores económicos. Durante aquellos tumultuosos años, Gable tampoco dudó a la hora practicar y recibir sexo oral de otros hombres. Uno de aquellos fue William Haines, quien, durante el rodaje de la famosa película de la Metro, solía dejarse ver por los sets como acompañante de Cukor, con quien mantenía una discreta relación desde hacía tiempo. Ante las tortuosa posibilidad de tener que soportar tal presión durante el año largo de rodaje previsto, Gable recurrió a Selznick, quien, pese a la profunda amistad que le unía con Cukor, no tuvo más remedio que aceptar su petición a riesgo de perder a la estrella.

George Cukor, por cierto, tardaría aún más de dos décadas en ser reconocido por la Academia pese a los numerosos méritos adquiridos. A pesar de lo discreto de su vida privada, todo el mundo en Tinseltown sabía de sus tendencias sexuales, lo que le costó el ostracismo por parte de la Academia que finalmente se rompió en 1964 al ser galardonado con el Oscar al mejor director por “My Fair Lady”.

Los casos de homosexualidad reprimida en la época dorada de Hollywood son numerosos: James Whale, Sal Mineo (busquen en archivos si desean conocer detalles de su muerte a manos de un tarado homófobo), Rodolfo Valentino… Rudy tuvo la “suerte” de morir joven y así evitar la criba del sonoro y los presumibles escándalos que habrían barrido su imagen de latin lover. Casado en dos ocasiones, sus dos esposas le repudiaron alegando “incumplimiento de los deberes matrimoniales” en las demandas de divorcio. Lo que no contaron, ambas, es el gusto que profesaban por las orgías organizadas por su amiga común Alla Nazimova en su lujuriosa mansión bautizada “El Jardín de Alá”; orgías aquellas en las que se prohibia taxativamente la presencia de hombres.

Y si paradojico resulta que el hombre más deseado por las mujeres de su tiempo fuese homosexual, no lo es menos que uno de sus amantes, la megaestrella Ramón Novarro, también fuese deseado por el contingente femenino. Novarro, encumbrado por la colosal primera versión de “Ben-Hur” dirigida por Fred Niblo, compartió cama y desayuno con Valentino en más de una ocasión. De hecho, Valentino, pese a llevar muerto décadas, fue “responsable” de su muerte de algún modo. La noche de Halloween de 1968, dos ladrones se introdujeron en su casa con intención de desvalijarla. Tras encontrarse con el actor cara a cara, le sometieron a truculentas torturas durante una interminable noche que fue coronada con la introducción de un consolador de gráfito de descomunal tamaño, regalado por Rudy, en la garganta de la vieja estrella, lo que le causó la muerte por asfixia. Durante el juicio que condenó a los dos hermanos que cometieron tal salvajada, se demostró que su muerte no tenía que ver con el robo sino con la homofóbia. Según el testimonio de uno de ellos, deslizar aquel consolador en su garganta fue una expresión del odio que suscitaba en ellos las prácticas íntimas del actor.

Pero la lista no se detiene ahí: Gary Cooper tuvo escarceos homosexuales en su juventud, se cuenta que Murnau murió mientras practicaba una felación a su adolescente chófer filipino (no, no es un gag de “Family Guy”),  Joan Crawford, Douglas Sirk, Cary Grant mantuvo una sonada relación de “amistad” con Randolph Scott que hizo tambalear los sólidos cimientos de sus carreras, Errol Flynn (lo que no haya probado éste), Robert Taylor, Monty Clift, Brando…

Una de las relaciones más curiosas tal vez sea la que mantuvieron Hattie McDaniel (la mammy de “Lo que el viento se llevó”) y la diosa rubia Tallulah Bankhead (espíritu libre y versión femenina de Errol Flynn), quien precisamente sonó con fuerza (con puntos extra dada su calidad de sureña autentica) para el papel de Scarlett O’Hara. No se tiene constancia de que ninguna de las dos fuese lesbiana, simplemente ocurrió. Ya saben, aquello de los barcos que se cruzan en la noche.

Se sospecha que otras dos diosas platino, Marlene Dietrich y Greta Garbo, también tuvieron un romance durante su etapa berlinesa. Después, ya en Hollywood, las dos utilizaron la ambigüedad como seña de identidad. De hecho, ambas se convirtieron en pioneras al vestir ropas de hombre en el cine: Garbo en “La Reina Cristina de Suecia” y Dietrich en “El Ángel Azul” y en “Sahara”. La Garbo llevó esa ambigüedad a su vida privada al mantener una larga y tortuosa relación con  el actor John Gilbert, otro astro en la senda del “estilo Valentino” y más tarde con el oscarizado director de fotografía Cecil Beaton, con quien, pese a ser reconocido homosexual, estuvo a punto de casarse.

Los matrimonios de conveniencia eran habituales entre las estrellas de la época. Un modo de distraer la atención y evitar de ese modo caer en desgracia cara al público. Tal fue el caso de Charles Laughton o de Rock Hudson, superestrella en los años 50 – 60 que fue casado (por disipar los crecientes rumores sobre su homosexualidad) en una boda relámpago por los directivos de la Universal con una secretaria de los estudios llamada Phyllis Gates. Ella, inconsciente de la naturaleza sexual de su marido, vivió en una nube durante una luna de miel programada para las fans del actor, en la que cada lugar que visitaron (en una caravana) y cada acto que realizaron, fue inmortalizado por los fotógrafos que acompañaron a la pareja en cada momento. Por supuesto, el falso matrimonio apenas duró. Años más tarde, con un Hudson en total decadencia y ya enfermo de SIDA, la industria le dio la espalda cuando decidió salir del armario. Tuvo que ser Doris Day, vieja camarada y amiga, la única que le tendió la mano en los momentos más duros.

En el viejo continente las circunstancias no han sido demasiado distintas a las sufridas por los homosexuales del otro lado del Atlántico. No son pocos los nombres de aquellos que se vieron obligados a ocultar públicamente sus tendencias sexuales: Jean Cocteau, Franco Zeffirelli (fervoroso católico, por cierto), Jean Marais, Dirk Bogarde, Helmut Berger, Luchino Visconti… Posiblemente el más beligerante en su reivindicación del amor como elemento universal sin distinciones de sexo sea Pier Paolo Pasolini. El renacentísta director italiano nunca ocultó su condición homosexual lo que unido a sus convicciones marxistas le proporcionaron una gran cantidad de enemigos y rencillas que desembocaron con el hallazgo de cuerpo del director en una playa de Ostia, masacrado a palos por un chapero local. El odio, otra vez.

Más suerte tuvo Rainer Werner Fassbinder quien a pesar de colgar con los mismos carteles que Pasolini (rojo y homosexual) pudo contarlo, al menos hasta que decidió quitarse de en medio. De caracter apasionado, el considerado maestro del melodráma europeo (sucesor directo de Sirk) siempre vivió sumido en su propio drama vital. Obsesionado por su aspecto físico: feo, bajito y con tendencia a la obesidad, Fassbinder sublimó toda su vida en su arte. Incapaz de aceptar el rechazo al que se vio sometido desde que era un crío dedicó gran parte de su obra a tratar de “justificarlo”, sin ser consciente de que no era necesario hacerlo. Su caracter se cegó con el tiempo, convirtiéndose en un hombre celoso, vengativo e irascible que sólo encontraba la paz cuando se hallaba rodando (rodó 42 películas a lo largo de su corta vida). Su tormento interior le hizo casarse con una mujer, Ingrid Graven, matrimonio condenado a morir que apenas sobrevivió seis meses. Antes y después de su boda, todo un rosario de amantes desfiló por su vida: Daniel Schmid (director suizo), el actor de origen africano Gunter Kaufman, Kurt Raab, Harry Baer, Hedi Ben Salem, Armin Meyer. La mayoría de ellos ni siquiera era homosexual, se limitaron a utilizarle para medrar profesionalmente. De hecho, la mayor parte de ellos terminó por participar en algunas de sus películas. Las decepciones y la cocaína aumentaron su delirio paulatinamente hasta que la aciaga noche del 10 de junio de 1982 decidió acabar con todo. Tenía 37 años.

Volviendo a los States y para finalizar este tostón, convendría recuperar la figura de los homosexuales coyunturales. Aquellas víctimas de las modas que se arrepintieron del paso dado recayendo de nuevo en los mullidos brazos de la heterosexualidad. De entre ellos se podrían destacar dos nombres: Anne Heche y Don Johnson.

Muy conocida es la peripecia de la actriz Anne Heche. Mujer de caracter inestable (provocado por los abusos que sufrió por parte de su padre siendo niña) que tras vivir un discreto romance con el cómico Steve Martin, se embarco en una estruendosa relación con la también cómica Ellen DeGeneres que acabó de forma abrupta tres años más tarde. Hoy, madre y casada con un hombre (aunque en trámites de divorcio) no reniega de su pasado pero prefiere evitar el tema al que considera una etapa vital más.

Bastante menos conocido es el caso de Don Johnson. El conocido actor que saltara a la fama gracias a “Corrupción en Miami”, vivió una irregular juventud en la que se le registran al menos dos episodios homosexuales. El primero de ellos saltó a la luz cuando una revista italiana de caracter homosexual sacó a la luz unas fotografías del actor en poses de naturaleza “inequívocamente homosexual” y completamente desnudo. Al parecer, las fotos fueron tomadas cuando Johnson tenía 17 años y publicadas en la revista de ambiente “Climax”.

El segundo episodio envuelve a Johnson con Sal Mineo, con quien participó en la obra de teatro “Fortune and Men Eyes” donde ambos interpretaban la relación homosexual de los dos protagonistas. Obra reivindicativa que se representó en Los Angeles ante un público mayoritariamente gay. Interrogado sobre esta cuestión, a principio de los noventa, Johnson declaró: “Las estadisticas muestran que el 90 % de los hombres de este planeta ha tenido relaciones homosexuales en su adolescencia”. Dura aseveración ésta que confirma el pobre futuro de Don en caso de haberse decantado por el oficio de estadista.

Es todo, y es una pena. Una gran pena el que se siga condenando a muerte a cientos de personas por su tendencia sexual. Una pena que se discrimine a millones, sobre todo en países en vías de desarrollo. Una pena que una organización religiosa (nuestra bendita iglesia) pretenda legislar una ley (la del matrimonio homosexual) promulgada por un estado laico. Una pena, como dije en el blog de Emilio, que hayamos olvidado la esencia del mensaje original, aquello de que lo importante era amar.

Como es habitual cada diez años, el American Film Institute acaba de hacer pública la lista de las 100 mejores películas de la historia.

AFI’s 100 years 100 movies

No es necesario agregar que todas ellas, las cien, son producciones americanas, ya que, como es sabido (ellos piensan así), el resto del mundo (salvo sus primos britanicos y australianos) sólo rueda esas cosas con subtítulos capaces de matar de aburrimiento a los inquinos de cualquier geriátrico. Y es lógico, al fin y al cabo, el instituto de cine americano se dedica a proteger y promocionar su industria casera. Aunque, ahora que recuerdo… una de las pocas personas vivas que ha sido homenajeada por ellos fue el director español Carlos Saura. Paradoja.

Lo cierto es que desde siempre se han creado listas de las consideradas mejores películas de la historia. Como si el cine, un arte que no un deporte, pudiese ser catalogado prescidiendo de una premisa fundamental: no hay dos gustos iguales. Tal vez por ello, en 1989 el conocido crítico canadiense John Kobal, creador y propietario del famoso archivo fotográfico que lleva su nombre, decidió delegar en 80 prestigiosos críticos de todo el mundo la autoría de la que desde entonces se considera lista definitiva. Osease, la verdad en pasta… qué miedo.

Impresa en un libro que conoció records de ventas en las navidades de aquel año (y que probablemente sirvió para adornar miles de estanterias sin llegar a ser leído jamás), la lista Kobal no reparó en gastos ni medios para llegar a hacerse realidad. Contactó con la cream de la cream de la crítica mundial, entre ellos tres españoles: Ángel Fernández Santos, finado y añorado guionista de “El Espíritu de la Colmena” que tan buenas críticas escribió desde las páginas del diario El País, Manuel Hidalgo, qué exquisitos modales para tan escaso talento, y César Santos Fontela, crítico de ABC entre otras publicaciones. Repasando la lista del resto de participantes destacan el mítico director de fotografía Néstor Almendros, el director britanico Lindsay Anderson, quien en un alarde de gilipuertez extraordinario votó por una película dirigida por él mismo, la directoria italiana Liliana Cavani, el cineasta francés Bertrand Tavernier y el polaco Krzystof Zanussi, todos ellos relacionados en su pasado con el ejercicio de la crítica.

Un repaso somero a la lista revela el monumental disparate que podría resumirse de este modo:

– Empezamos con la que gana siempre, “Ciudadano Kane”. Qué bien, qué bonito, no voy a discutir lo evidente. La cuestión es que a mí me gusta más “El Cuarto Mandamiento”. ¿Y por qué esta fabulosa película nunca aparece en lista alguna? Pues porque Welles renegó de ella tras arrebatarle el proyecto el estudio (con toda la razón, pues Welles se largó a Brasil tras dejar la película a medio montar) y tuvo que ser Robert Wise quien realizase el montaje final. Por supuesto, en la cuadriculada mente del crítico estándar no cabe la posibilidad de que una película de la que renegó su autor pueda ser una obra maestra. De tal modo, la epopeya de los Ambersons podrá ser buena (que la hizo Welles, pensarán) pero “podría haber sido mejor”… Gran gilipollez inherente a todo cinéfilo enciclopédico esta última sentencia. 

– No hay ninguna película dirigida por John Ford (unanimemente considerado el más grande) entre las 15 mejores. La primera en aparecer, “Centauros del Desierto”, lo hace en la posición 17. Dos obras más del maestro son citadas: “La Diligencia”, en el puesto 22 y “Pasión de los Fuertes”, en el número 75. Ni rastro de “El Hombre Tranquilo” o “El Hombre que Mató a Liberty Valance”, ambas muy superiores a western que protagonizara John Wayne.

– En el listado de países productores de las películas, aparece India con una: “Trilogía de Apu” situada en el puesto 35. La esplendorosa trilogía de Apu que dirigiera Satyajit Ray en realidad se compone de tres películas rodadas entre 1952 y 1958: “Pather Panchali”, “Aparajito” y “Apu Sansar”. Supongo que incluir tres películas indias en la lista les debió parecer excesivo a los ilustres e iluminados críticos. Así pues, todas juntas, total, en India ya deben estar acostumbrados a las estrecheces.

– Más despropósitos: La película britanica “If” dirigida por Lindsay Anderson (el capullo que se votó a sí mismo) aparece en el puesto 82. ¿Alguien recuerda qué fue de aquel puro artificio coyuntural nacido con la noble intención de “cambiar el arte cinematográfico y alterar las conciencias sociales” que excretó el presuntuoso director inglés?

– ¿Qué coño pinta en la lista la valerosa, interminable y tediosa “Heimat”, película alemana dirigida por Edgar Reitz, uno de los padres de lo que en Alemania se llamó el cine de los chicos (manifiesto de Oberhausen)? ¿Tal vez los votantes no tenían conocimiento de “Paris, Texas”? Lo digo porque si querían reconocer aquel movimiento que también lideraron Herzog y Wenders, lo tenían fácil.

– Mucho Tarkovski, mucho Eisestein, mucho Chaplin (muchísimo) pero ni una sóla película del padre de todo esto: David Wark Griffith. Bueno ojo y mejor criterio, qué huevos tenéis.

– Otro clamoroso error es la ausencia de comedias, musicales, cine fantástico, cine documental y cine de aventuras/acción en la magna lista, sepultados por un aluvión inconmensurable de cine de autor que le dota de un signo elitista tan adecuado para guardar las formas como aburrido.

– ¡¡¡Y dónde coño está Coppola!!! Joder, es para llorar.

Podría seguir despotricando, pero lo dejaré aquí. Personalmente, me duele la ausencia de Tati, de Victor Erice, de “Carta de una Desconocida”, de “El Apartamento”, de “El Hombre Tranquilo” o “Las Uvas de la Ira”. Casi tanto como duele ver el “Freaks” de Tod Browning relegado a un miserable puesto 95, a “Breve Encuentro” en el 93 o a Fritz Lang en el caritativo puesto 96 representado además por “Los Contrabandistas del Moonfleet”, deliciosa pero muy inferior a otras obras del maestro alemán.

En fin… Si alguien desea echar un vistazo a la famosa e infecta lista, pueden hacerlo pinchando en el enlace. Allá ustedes…

John Kobal Top 100 Movies

Fran: He lavado mis medias y de paso he lavado sus calcetines

Baxter: Gracias

Fran: Es extraño… sólo he encontrado tres pares y medio

Baxter: Soy un hombre muy desordenado

Fran: Eso creo. ¿Qué hace una raqueta de tenis en la cocina?

Baxter: ¿Una raqueta? Oh, sí. Es para preparar un plato italiano. Sirve para escurrir los spaghettis.

Fran: Oh, ¿y por qué no…?

Baxter: Soy un buen cocinero, pero un pésimo amo de casa

Fran: Sí que lo es. Al cepillar el diván ¿sabe lo que he encontrado?

Baxter: No

Fran: Seis horquillas, un lápiz de labios, unas pestañas postizas, dos peines de señora y un espejito

Baxter: Soy de esas personas que no saben decir no. No me refiero a las chicas, me refiero a…

Fran: A las personas como el señor Sheldrake

Baxter: Sí, eso es

Fran: Ya comprendo. Usted es una víctima

Baxter: ¿una qué?

Fran: Hay víctimas y aprovechados. Es el sino de cada cual y no tiene remedio

Baxter: Bueno, yo no diría eso. ¿Qué le gustaría cenar? Hay sopa de cebolla y espárragos en conserva

Fran: Tengo que volver a casa. Mi familia estará muy asustada

Baxter: Aún no puede marcharse, el doctor ha dicho que necesita dos días para desintoxicarse

Fran: ¿Cuántos días son necesarios para desintoxicarse una de la persona amada? Tendría que inventarse una sonda para lavar el corazón

Baxter: Sé bien lo que usted siente, señorita Kubelik. Cree que es el fin del mundo pero no lo es. Yo he pasado por lo mismo que usted

Fran: ¿En serio?

Baxter: Yo adopté otro sistema, el pistoletazo

Fran: ¿A causa de una chica?

Baxter: Mucho peor, era la esposa de una amigo mío. Me enamoré perdidamente de ella. Un amor sin esperanza, de modo que decidí terminar. Verá, compré una pistola en una casa de empeños y me fui en el coche… ¿Conoce Cincinnati?

Fran: Nunca estuve allí

Baxter: No importa. Aparqué el coche y cargué la pistola. Le aseguro a usted que no es fácil pegarse un tiro. Uno no sabe cómo tiene que hacerlo. Dispararse, pero ¿dónde? ¿Aquí? (señala su cabeza), ¿aquí? (su boca), ¿aquí? (su corazón). ¿Sabe dónde acabé disparándome?

Fran: ¿Dónde?

Baxter: Aquí (señala su pierna)

Fran: ¿En la rodilla?

Baxter: Sí. Mientras estaba sentado pensando en lo que debía hacer, un policía metió su cabeza para decirme que había aparcado mal. Quise esconder la pistola y entonces se me disparó.

Fran: (riéndose) ¡Es espantoso!

Baxter: Sí, tardé un año en poder doblar la rodilla. Pero olvidé a la chica en tres semanas. Sigue viviendo en Cincinnati, tiene tres niños y ha engordado diez kilos. Siempre me envía un pastel por navidad

Fran: Oiga, ¿no habrá inventado todo eso para consolarme?

Baxter: Naturalmente que no. Aquí está el pastel. ¿Quiere ver mi rodilla?

Fran: No, gracias. No quiero que en la oficina me pregunten luego cuándo y cómo he visto su rodilla

Baxter: Claro… Ahora voy a preparar la cena. Tomaremos el pastel de postre. Usted quédese quietecita y siga descansando

Fran: Sí doctor…

Y dijo Charlie Watts (único miembro del grupo que parece mantener cierta lucidez y dignidad) que el único motivo por el que seguía tocando con los Rolling Stones era el dinero.

“Tengo una familia que mantener y una colección de discos de jazz antiguos que deseo aumentar”

Watts es el único miembro del club que no se avergüenza de sus canas, ni intenta camuflar que ya es sexagenario. Es el único que ha admitido sin reparos lo poco que se identifica con la música producida por el grupo desde que Brian Jones fue expulsado de la banda. Dice que su pasión es el jazz y su mayor hobbie tocar en pequeños clubs piezas de Herbie Handcock o Charlie Parker.

Watts va por un lado, los Stones por otro. Charlie tiene esposa, Shirley Ann, con quien se casó en 1964. Aún siguen juntos. La vida sentimental del resto del grupo es tan tumultuosa como cabe imaginar. Charlie llama a su mujer cada noche mientras se encuentra de gira, se acuesta temprano en la víspera de un concierto y rehuye los saraos (groupies incluidas) propios de todo grupo de rock que se precie de serlo. Todo lo contrario que el resto de la banda. Charlie se define como un músico profesional, Jagger se autoproclama estrella del rock.  

Tal vez la mejor manera de comprender el profundo surco que separa a Watts de sus colegas de grupo sea a través de esta anécdota relatada por Keith Richards al periodista Stanley Booth en una entrevista concedida en 1989…

Sé que Charlie endosó un buen paquete a Mick en una ocasión, como diciendo -tú y yo, hasta aquí hemos llegado. Se acabó- Debía ser el año 84 u 85, y Mick llevaba puesta una chaqueta mía en aquella ocasión. Charlie le pegó un puñetazo metiéndole la cara dentro de un plato de salmón ahumado; casi lo echó por la ventana para que fuera a parar dentro de uno de esos canales de Amsterdam. Logré agarrarlo por una pierna y evitar que cayera al agua.

¿Y por qué se peleaban?

Por nada en absoluto. Había llevado a Mick a tomar algo en Amsterdam y a las cinco de la mañana volvimos a mi habitación. Mick estaba borracho y Mick borracho es un espectáculo digno de verse. Charles estaba profundamente dormido, entonces Mick comenzó a bacilarle “¿Dónde está mi batería? ¿Por qué no bajas tu precioso culo hasta aquí?” A Mick le gustaba hacer ese tipo de cosas. Charlie se cabreó y actuó como él solía hacerlo: se vistió de punta en blanco, con traje, corbata, zapatos, incluso se afeitó, entonces bajó, agarró a Mick por el cuello y le atizó. “Nunca vuelvas a llamarme tu batería. Tú eres mi cantante”. A partir de aquel día todo fue cuesta abajo. Charlie no hablaba con Mick a pesar de que éste cometió el error de perdonarle. Coño, no había nada que perdonar, se supone que éramos jodidos amigos. El problema de Mick es que da por sentado que a la gente le encanta la mierda que sale de su culo…

Así fue como Charlie Watts comenzó su deriva particular al margen del grupo con quienes mantiene una relación estrictamente profesional. Con todos ellos salvo con Keith, a quien le une una ferrea amistad no desgastada por el paso de los años. Keith es el único con quien bromea y habla. Keith es el que siempre se situa a su lado en la fotografías. Su confidente, el parapeto en territorio hostil.

Otro modo de entender lo que son los Rolling Stones S.A. la dio el escritor David Torres el pasado domingo en una columna de opinión publicada en el diario El Mundo. Lean sólo si no son fans acérrimos del grupo.

¿Son los Rolling Stones la mejor banda de rock del mundo? La respuesta es sencilla. NO. Ni de coña. A ver si nos entendemos: no es cuestión de que estos ancianitos multimillonarios y patéticos me caigan como una patada en el culo. No es porque den a sus sufridos fans una y otra vez con la puerta del geriátrico en la boca. Tampoco porque sean feos como ellos solos, porque Keith Richards tenga la cara operada de fimosis y varices o que Mick Jagger parezca hecho con los restos de una liposucción. Que no. Tampoco importa el hecho de que Jagger cante por la nariz o de que Richards sea un guitarrista tan limitadito que dé la impresión de ser manco. Se hace las guitarras a medida, de cinco cuerdas (quizás con seis el muñón se le atasque). Es una Telecaster, pero en sus manos suena más a teletubbie.

Tampoco se trata de gustos ni de simpatías personales. Los U2, por ejemplo, me caen más gordos todavía y, sinceramente, creo que son una de las grandes bandas de rock. Los AC/DC, repetitivos hasta la náusea, nunca me entusiasmaron, pero cualquiera de sus riffs vale por las obras completas de los Rolling. Y al lado de los Led Zeppelin, los Stones suenan como un palomar de tortolitas sin desflorar. Cualquiera de las bandas que he mencionado, y otras muchas más (Jethro Tull, Police, Yes, Cream) merecerían figurar en el listado mucho antes que estos vejetes en leotardos. Sinceramente, no creo que los Rolling hayan acumulado más méritos a lo largo de su interminable y soporífera carrera que los debidos a una espectacular campaña de marketing.

Martin Amis siguió a los Stones en una gira mundial y se aburrió como una ostra. Escribió que en cada uno de sus conciertos todo está calculado al milímetro, desde el primer desplante de chulería hasta el último fruncimiento de morros.

La publicidad empezó muy pronto, cuando en 1969 Jagger anunció al grupo como “la banda de rock más grande del mundo”. Hombre, un respeto, que, para empezar, estaban los Beattles, de los que los Rolling no dejaban de chupar rueda (hasta en las portadas de los discos, tú). Los Beatles eran todo lo que lo Rolling soñaron con ser alguna vez y no van a lograr ni en sueños. Es decir, grandes músicos que venían del arroyo y que al final morían asesinados al pie de un edificio maldito. Comparar a los chavales de Liverpool con estos potentados que preparan sus canciones como los banqueros una OPA, daría risa si no diera pena. Porque hasta en su simbología asociada, sus Satánicas Majestades (hace falta ser imbécil) han resultado ser más falsos que un duro de madera. Mientras que Jimmi Hendrix se fue por el desagüe de la gloria, Keith Richards se baja los pantalones cada vez que lo pillan con la nariz a punto de nieve, y Mick Jagger, el rebelde, lleva a sus hijos a uno de esos colegios para pijos uniformados.

Dejando a parte las evidentes limitaciones éticas, estéticas, técnicas y musicales del grupo (…) Básicamente eso es lo que son los Stones: saltimbanquis muy bien pagados, cómicos de postín, y todo el mundo siente simpatía por los payasos. El diablo no, por favor. El diablo no les compró el alma ni a precio de saldo, ni siquiera la alquiló. A éstos, el diablo ni se lo han presentado.

David Torres.

Pero todo esto no son más que palabras. Los Stones tocarán el jueves en Madrid y con seguridad dejarán satisfechos a todos aquellos que acudan a verles cegados por la estela del mito muerto. Charlie, mientras, aumentará su colección de viejos discos de jazz. Todos ganan.

 

En contra de lo que proclama el tópico más recurrido, son muchos los actores que se han desnudado frente a una cámara. Entre ellos ha habido estrellas y megaestrellas, a solas y en grupo, orgullosos y arrepentidos de haberlo hecho. Tal es el caso de Robert de Niro y Gerard Depardieu, con los que da comienzo este tórrido posteo… 

LOS ARREPENTIDOS…

Conocido es el caso del amargo arrepentimiento que causó en la oscarizada Helen Mirren el haber participado en el rodaje de “Caligula” de Tinto Brass. Ella, que nunca tuvo reparo en mostrar su esplendido cuerpo desnudo, se sumió en una profunda depresión tras comprobar como el productor Bob Guccione (mandamás de la revista “Penthouse”) había remontado la película del director italiano convirtiéndola en una especie de péplum softporn que incluía escenas de sexo explícito. Tras comprobar con sus abogados la imposibilidad de retirar su huella de aquel mítico desastre, la Mirren se limitó a renegar de su participación en el biopic guarro del sátrapa emperador romano. Curiosamente, y es que el tiempo todo lo cura, la actriz inglesa no tuvo reparo alguno en participar en el fake trailer “Trailer for a Remake of Gore Vidal’s Caligula “, excelente presentación, dirigida por Francesco Vezzoli, de una improbable continuación de la película maldita que dirigió (y de la que también renegó) ese sátiro entre sátiros que es Tinto Brass.

Esta larga introducción (excuses) viene a cuento de la batalla entablada (años después del estreno de la peli) tanto por Gerard Depardieu como por Bobby de Niro a la hora de tratar de retirar una escena de masturbación dual que una meretriz epiléptica (y me ahorraré el chiste) les ejecuta en el monumental fresco historico dirigido por Bernardo Bertolucci  “Novecento”.

No se pierdan el contraste entre la expresión de gilipollas feliz de Bobby…

… y la de monaguillo en éxtasis de Depardieu…

Finalmente, el asunto se resolvió en nada, que Bertulucci tiene espaldas para soportar mucha más presión de la que pueda ser ejercida tanto por la superestrella hollywoodiense como por el compulsivo comedor de queso nacido para interpretar a Obelix

Y LOS ORGULLOSOS…

Se necesitaría todo el espacio virtual para recoger el bando de los felices y contentos con sus escenas en bolas pues, afortunadamente, la mojigatería siempre perderá la batalla de la carne. Entre los más activos a la hora de mostrar sus atributos a todo aquel que quiera verlos se halla Harvey Keitel. De hecho, he perdido la cuenta de las ocasiones en las que ha paseado su desnudez por la pantalla plateada. Pero como tengo que elegir una y no pienso recurrir a la manida escena de “El Piano” (sí, ya sé que es pura poesía y sexo metafórico pero a mí me aburre tanto como la película) les muestro la terrible escena de “Teniente Corrupto”, dirigida por Abel Ferrara, en la que muestra toda la envilecida miseria de su personaje despojada de cualquier tipo de máscara…

 

Tan degradado como Keitel se presentó el hoy estelar Viggo Mortensen en “Extraño Vínculo de Sangre” (The Indian Runner) ópera prima como director de Sean Penn en la que se echó mano de una canción del Boss (“Highway Patrolman”) para construir la historia de un inadaptado incapaz de asumir su rol de oveja negra social.

Curioso es que una película que en su día pasó desapercibida sea, desde el estreno de la saga del anillo, una de las más solicitadas en videoclubs y televisiones por cable de los States.

Otro sex symbol, más joven y morboso, es Jonathan Rhys-Meyers. El que fuese votado hombre más sexy del Reino Unido (pese a ser irlandés) el pasado año, junto con Robbie Williams, también se desnudó en los albores de su carrera artística. Ocurrió en “La Institutriz”, inocuo folletón de época cuyo único legado para el recuerdo me temo será esta gratuita exhibición del actor…

Y si nada aporta el generoso gesto de Rhys-Meyer a tan fofa película, menos aún ofreció la imagen del veterano Richard Harris y sus gayumbos a “Your Ticket is not Longer Valid”, extraño melodrama con tintes sexuales en el que Harris no se cortó a la hora de mostrar su aún robusto cuerpo pese a lo incipiente de su senectud…

Otro que carece de prejuicios es Leo DiCaprio. Según chismorreos varios, al actor le encanta pasearse desnudo por casa… ajena en muchas ocasiones. En su faceta artística, enfocada a convertirle en estrella desde que era un crío, le resulta más complicado mostrar esa vena exhibicionista. Tuvo que ser Martin Scorsese el que, amparado por la penumbra eso sí, mostrase a sus legiones de fans las suaves formas de su cuerpo cuasi femenino en “El Aviador”

Sí, imagino lo que cualquier fémina (y no pocos varones) estarán pensando al ver esta escena: culo veo, culo quiero…. Pues no deberían expresar su deseo hasta haber visto a el gran Sean Connery…

Agudicen la vista y diríjanla hacia la zona inginal…

Así, armado cual periscopio de submarino nuclear, fue filmado Sean Connery en “Sólo se vive dos veces”, una entrega más de las aventuras de 007 ambientada esta vez en Japón. Ahora ya saben de dónde sacó Spielberg el eslogan publicitario de “Tiburón”: La amenaza acecha bajo el agua… 

Al parecer en la versión de celuloide la imagen es inapreciable gracias a las turbulencias del agua, pero ahí estaba la tecnología digital para alegrar el día a millones de fans que seguro ahora entenderán el porqué de su bien ganada fama como semental.

Para finalizar les dejo con el desnudo de uno de los hombres más bellos (a juicio de ellas y ellos) que ha asomado su rostro por una pantalla: Helmut Berger.

Solitaria ducha del actor austriaco, inspiración y amante del gran Luchino Visconti, que sirvió como regalo postumo hacia su mentor…

Sin embargo, una consulta efectuada a finales del pasado siglo entre mujeres de toda edad y nacionalidad demostró que a ellas la desnudez no les inspira tanto como el juego de la seducción. La escena considerada más sensual por el género femenino fue el baile de Kim Novak y William Holden en un embarcadero bajo las notas de “Moonglow”…

La versión opuesta, la masculina, se decantó por la sirenida imagen de Ursula Andress emergiendo cual Venus de las aguas en “Agente 007 contra el Dr. No”, primera entrega de la serie Bond.

Ninguna de las dos escenas contiene desnudos. Curioso. Y es que a veces la distancia que nos separa es menor de la que imaginamos.

Desde que era un crío suelo castigar a mi entorno con absurdos juegos. Uno de ellos, juego de bares, consiste en bautizar e imaginar la vida de los desconocidos que pululan por el local en cuestión. Sólo se precisan dos requisitos que en realidad son tres: No conocer el nombre real del objetivo. Que dicho nombre y la vida inventada sea lo más esperpéntica posible. Y, el tercero y no oficial, que el alcohol haya fluido con generosidad antes de darse por comenzada la tontería. Sólo de ese modo un juego tan bobo tiene sentido. Qué original ¿verdad? Parecido a lo que hacía Michael Douglas en “Wonder Boys”… Pues sí, doy fe de que nosotros lo hacíamos antes y de un modo más beodo, añado.

En fin. Otro de esos juegos consiste en adivinar el momento en el que los protagonistas de una película reciben la información

Para Martin Amis la información consiste en la revelación de aquello que ya sabemos pero somos incapaces de ver. Amis contó cómo la conciencia de la proximidad de la muerte hizo cambiar el modo de ver la realidad del maduro protagonista de aquella novela que comparte título con este posteo.

En el año 2000, Juan José Campanella, director argentino que por entonces ya había dirigido películas tan notables como “El Niño que Gritó Puta”, presentó “El Hijo de la Novia”. Historia de un desorientado tipo, Rafael, que a sus 42 años descubre cómo el vacío se ha convertido en el denominador común de su vida.

Secuestrado por un trabajo que roba todo su tiempo, sin amigos, divorciado y padre de una hija a la que no ha visto crecer y con una madre, enferma de Alzheimer, internada en un geriatrico a la que nunca visita, descubre que su pánico a afrontar los problemas cotidianos, o cualquier tipo de compromiso, le han convertido en un fugitivo constante. Y es su inconsciente huida la que ahora amenaza con tomarse una nueva víctima: su novia, Naty, quien ha decidido alejarse de él ante sus constantes indecisiones.

Sumido en una profunda crisis, todos los esquemas de Rafael se desmoronarán al recibir la noticia de la intención de su padre de cumplir el viejo sueño de su esposa: casarse por la iglesia.

Será entonces cuando Rafael reciba la información y los acontecimientos se desboquen…

Cerca de su final blogero, el Sr. Harris (se le añora, que lo sepa) recreó aquel momento en su desaparecido blog. Con su permiso (del que carezco, excuses) y mis disculpas por olvidar incluirle en la sección partners con antelación, le robo el desenlace de tan maravillosa película explendidamente recogido por él en su día…

Rafael: ¿Qué te dije? ¿Qué te dije? Es mi novia… Oíme. Abrime la puerta, necesito que me escuches…

Nati (Off): No, ¿qué querés?

Rafael: Necesito hablar con vos, a solas.

Osvaldo: Eh, no sé que hacer con este tipo, Natalia.

Rafael: Bueno, quedate, qué carajo me importa. Oíme, correte. Escuchame, por favor, Nati. Escuchame. Necesito que me escuches. Bueno… Hice todo mal, todo mal. Nunca te escuché, nunca te dí bola en todo lo que me dijiste. Pero… parece que lo vi, el problema, y dicen que… que si lo ves, eso es parte de la solución. La cagada es que no te dicen qué parte es. ¿El cincuenta por ciento, el dos por ciento? No, no sé. Pero… yo creo que me hizo bien la terapia… la intensiva, digo. Eh… qué más… ¡Ah, sí! Que… bueno, no es verdad que no quiero tener más problemas, lo que yo no quiero son los problemas con las cuentas, los proveedores, todo eso. Pero… quiero los tuyos, quiero los de Vicki, los de mis viejos, te lo juro. Son mi familia, yo los… los quiero ayudar, ¿me entendés? Eh… ¡Ah! Y que… mirá, yo quiero… vivir toda una vida con vos, llena de problemas. Los tuyos y los míos, porque… porque esos son problemas, esos son. Y el que no tiene… esos problemas… bueno, ése es el problema más grande que puede tener. Y… que aunque no sea, no sé, Bill Gates, Einstein o el… el Dick Watson, yo quiero vivir toda mi vida con vos, este… llena de problemas, y te voy a cuidar, te voy a… te voy a cuidar, por más problemas que tengas. ¡Que tenga! ¡Que tengamos! ¡Que tengamos! Y… No sé qué más decirte… eh… Decime algo vos, por favor… No contesta.

Osvaldo: Y, las minas son un problema, hermano… ¿Quién es Rick Watson?

Rafael: Qué se yo…

Osvaldo: Eh, yo, al muchacho, lo veo sincero, Natalia.

Se definía a sí mismo del mismo modo en que lo hizo el Doctor Polidori (“hablo siete lenguas y ninguna bien”)… Soñé con convertirme en estrella de rock o en líder revolucionario, fracasando en ambos campos por mi corta estatura, mi voz repugnante y mi imagen francamente doméstica…

Y así era en realidad. Era menudo a pesar de la embergadura extra que le otorgaban los sombreros de fieltro que solía usar. Su voz era aspera y quebradiza, desagradable al oído sino fuese porque escucharle resultaba fascinante. Su aspecto era frágil y triste, como si la añoranza de un destino mejor se hubiese adosado a su espalda al nacer. Todo ello no supuso ningún impedimento para que lograse seducir a una de las mujeres más bellas de la época, de todas las épocas: Jean Seberg. Mala combinación, pues al caracter volatil de ella se sumó el apasionado de él. En una ocasión, en París, Jean le esperó en una habitación durante horas, en penumbra, antes de lanzarse por los pasillos desnuda gritando su nombre. Él, mientras, se desesperaba atrapado en un roñoso tren paralizado por las averías y la miseria.

Amó siempre con intensidad y siempre le salió mal… Desengaños amorosos me llevan a tierras lejanas como África Occidental y a arriesgadas aventuras como cazar ballenas en la isla de Madeira. Naderías comparadas con el oficio de director al que accedió con la ayuda de su tío Jesús, maldito como él pero superviviente, eso que él siempre supo que no sería. Fue actor y escribió para otros, un modo como otro cualquiera de salir adelante. Dirigió películas que nadie vio (“El Sueño de Tánger”, “El Desastre de Annual”) víctimas de la tiranía de la taquilla cuando no de la censura. Se ganó el pan con encargos para televisión, pero aun en tan hostil medio logro filtrar poesía (la escena final del capítulo que dirigió para la serie “La Mujer de tu Vida”… Aquel día nevó en el trópico). Se estrelló al hacer imagen su pasión por la música (Berlín Blues”), se atrevió a filmar la continuación de “El Desencanto”, con resultados más que notables y se autoinmoló al radiografiar su alma para darla a conocer a un público poco interesado en el trueque (“Los Restos del Naufragio”). Pero sobrevivió, a las decepciones y a las dentelladas de una crítica que siempre consideró su éxitosa “Pascual Duarte” como la confirmación de que la flauta puede sonar si un asno se halla del otro lado.

También escribió, como lo hizo Polidori. “Los Restos del Naufragio” fue su primer y único libro de poesía… He escrito estos poemas en el breve espacio de diez años y son todos los que he escrito en mi vida. También soy vago como poeta, si es que acaso lo soy. En ellos he tratado de contar partes de mi vida de esos diez años, pero no tal como fueron, sino como me habría gustado que fueran… Así era él, la clase de persona que añadiría dos pingüinos a una historia desarrollada en el desierto sólo por hacerla más interesante. Pero sus fantasiosas historias reales no interesaron a nadie y su libro se cargó de polvo en alguna biblioteca de Argel.

Siempre convaleciente, su débil corazón pareció absorver cada una de las frustraciones que siempre cargó a sus espaldas, pues su virulencia tan sólo se expresaba a través de su pluma. Odiaba al Brando hombre y adoraba al Hitchcock director. No perdonaba la crueldad que esgrimía el americano en su vida privada pero adoraba la exposición de ella que revelaba el inglés en la ficción. Contradictorio, sí. Otra de sus facetas que él asumió como defecto.

Mil veces enterrado en vida, en 1997 Pedro Costa le propuso la dirección de una historia que él se veía incapaz de desarrollar. Se trataba de la peripecia real que unió a un tipo castrado (el manso), una prostituta apaleada (la tuerta) y a un quinqui drogadicto sin pasado ni futuro (el bonito de cara). Cuando se hizo público que sería él quien rodase finalmente la película, nadie apostó por ella ni por él. Se cuenta que durante el rodaje todos fueron conscientes de que ocurría algo extraordinario, esa sensación extraña que proporciona el estado de gracia cuando se posa en un lugar. Cuando se estrenó la vi en un pequeño cine de las afueras. Era miércoles, día del espectador, y fuera llovía. Ya cerca del final miré hacia atrás durante la proyeccón (cosa que, como a Amelie, me encanta) y pude ver una sala repleta de lagrimones brillantes como perlas reflejando la luz de la pantalla.

Conseguido su objetivo de hacer algo bien (él siempre se menospreció, incluso públicamente, sin recato) sin ser consciente de que nunca hizo nada mal, le llegó el turno de recordar a Jean. No hubo tiempo, la puta suerte otra vez. Murió joven, durante el rodaje de “Lágrimas Negras”, retrato esquizofrénico sobre la locura, el amor y la fatalidad que sin él ya no fue igual.

Dejó una hija, aún niña, a la que él adoraba, un montoncito de películas que casi nadie conoce, un libro de poemas que pocos han leído y un montón de historias que le encantaba contar siempre a media voz y que sólo disfrutaron unos pocos.

No sé si volveré a escribir, pero si lo hago pienso hacerlo desde Kingston, Jamaica. Dada mi irresponsabilidad, me temo que no llegaré a viejo, y bien que lo siento.

Ricardo Franco

Cuando un género se halla en plena decadencia suele ofrecer algunas de sus mejores piezas. La teoría del canto del cisne, ya saben. En ese aspecto es el cine francés el que parece haber tomado ventaja a la hora de enfrentarse al defenestrado subgenero de la comedia romántica. Frente al esquematísmo alicaído de la producción americana y britanica, son los galos quienes mayores esfuerzos dedican a innovar una clase de cine herida de muerte en unos tiempos poco favorables para su propuesta.

El último de esos esfuerzos es “Un Engaño de Lujo” (Hors de Prix), dirigida por Pierre Salvadori (siempre mediocre, siempre cumplidor) y protagonizada por Gad Elmaleh y una explosiva Audrey Tautou.

La historia, como requiere el género, es sencilla. Jean, un tipo anodino que trabaja en un hotel de lujo, verá cómo su rutina se disuelve tras conocer accidentalmente a la chica de alquiler de un potentado alojado allí. Tras un primer contacto, equívoco y fugaz, un año más tarde volverán a coincidir bajo la misma situación… pero esta vez todo será diferente.

Desgraciadamente, la ya de por sí pobre originalidad del punto de partida se tornará en convencional de un modo casi inmediato. De hecho, las intenciones del producto se delatan por sí solas al utilizar a un clon de Hugh Grant (tanto física como gestualmente) para dar vida al protagonista de la historia. Por su parte, Audrey Tautou se dedica a modular su expresiva mirada y a lucir turbadores modelitos que al menos sirven para justificar el abusivo precio de la entrada. Aparentemente no hay mucho más que contar, todo resulta tan previsible que la sensación de dejà vie parece venir impresa de fábrica en cada fotograma de la cinta.

Sin embargo no se trata de una película completamente desdeñable. Por supuesto está jalonada de todos y cada uno de los tópicos habituales, siguiendo el ritual de cuento de hadas de que es deudora toda comedia romántica: Así, nos encontraremos con un encantador chico demasiado bueno y una chica mala que esconde un noble corazón. Habrá ogros y brujas que pintarán la pantalla de negro en un par de ocasiones. Y, desde luego, tras el sacrificio de rigor, nos aguardará el inevitable happy end que sirva para lanzar un pequeño destello de felicidad y esperanza en todo espectador predispuesto a ello. Así debe ser…

Pero podría haber sido algo más que un pasatiempo ligero, adecuado para una noche de verano, si a la ecuación se le hubiese añadido una pizca de originalidad, un final quebrado y un toque de saludable mala leche. En tal caso, es posible que el resultado hubiese sido digno de guardar en algún ricón de la memoria. Porque escenas como la de Jean arañando sus bolsillos vacíos en busca de una moneda (tras agotar Irène su cuenta corriente en dos vertiginosos días) para contemplar por última vez a la chica que ama, merecía mejor envase que el recibido…

Irène: “Entonces ya está… Adiós”

Jean: “Espera… (mostrandole su último euro). ¿Diez segundos más…?”