Madrugada de viernes. Interior de un coche. Sobre la una y media de la madrugada.

J: “El final es esperanzador. Él se afeita…”

Myself: “Joder, se afeita media cara…”

J: “Pero lo hace. Eso debe significar algo. Además limpia la casa, prepara el desayuno para él y la niña”

Myself: “Un puto vaso de zumo. Menudo desayuno”

J: “Pero lo hace… El final es abierto. Es positivo”

Myself: “No lo es”

J: “Qué negativo, joder Álex. Te pareces a ese tío”

Conversación literal, grabada accidentalmente por un móvil (lo acabo de escuchar y continuo asombrado por el pedazo de acento suburbio que tengo; raru, pero divertido, es eso de escuchar la propia voz) que demuestra que ni la empatía que siento por el prota de esta cinta alterará la línea de esta reseña…

Y es que, “Half Nelson” es floja. Mucho, mucho, mucho…

Heredera directa del cine útopico-social de los setenta y finales de los sesenta (la sombra de “Mi vida es mi vida” de Bob Rafelson es patente y alargada), “Half Nelson” nace tan decaida y apática como el sombrío ánimo de su protagonista, Dan Dunne.

No es fácil narrar los estados de ánimo terminales de modo creible, nunca lo fue. La tendencia general suele inclinar este tipo de historias hacia el exceso, influenciados, tal vez, por los desordenados actos que provoca el hastío vital.

Dan Dunne es un profesor de secundaria encostrado en una escuela pública neoyorkina. Sin motivaciones, extraño para una familia con arquetipico padre reaccionario, con una vida sentimental marcada por el fracaso y (ahora) reducida a ocasionales encuentros de barra de bar, Dan recarga su alma con diarias dosis de crack que le permitan quemar una noche más. Todo cambiará el día en el que una alumna, Drey, le encuentre colocado en los servicios del instituto. Comenzará entonces una relación marcada por el empeño: el de Dan por autodestruirse y el de Drey por tratar de rescatarle del inevitable naufragio.

Dirigida con torpeza por el novato Ryan Fleck, “Half Nelson” se pierde en los primeros cinco y bamboleantes minutos en los que la nerviosa cámara trata de establecer un evidente pastiche como realidad. Cansa, aburre, desconcierta. Dibuja con precisión el mundo que envuelve a los protagonistas pero no se preocupa en colorearlos. Marca los bordes de modo tan débil que se borran casi de inmediato. Emulando a su protagonista, nada parece importar a Fleck más allá del supuesto atractivo que persigue al perdedor resignado a su suerte.

Poco se puede salvar en este trabajo a medio trazar. Tal vez la relación entre Dan y Drey; socorrido recurso mil veces explotado que conoció mejores interpretaciones que la que le da Fleck. Tal vez las buenas intenciones que muestra, tan evidentes, tan torpes. Aunque su gran baza sea la actuación de su protagonista, Ryan Gosling. Todo un catálogo completo de las virtudes del “método”, muecas constantes, mohínes ocasionales y gestos manieristas premiados con una inconcebible (y sin embargo previsible) nominación al Oscar que viene a demostrar lo que ya nadie ignora: el regusto de la Academia por lo aparente en detrimento de lo contenido. Y es que lo que brilla, aunque sea iluminado por una luz negra, atrae como farola a polilla.

“Half Nelson” esconde, sin embargo, un fragmento de gran cine. Sólo una vez la línea del encefalograma alteró su recta línea. Y ocurrió así…

Un apesadumbrado Dan, convencido de que su trabajo siempre ha sido en vano, se halla sentado en la barra de un bar. Es saludado, entonces, por el padre de una antigua alumna…

Hombre: “Eh… Es usted el Sr. Dunne. Usted enseñó historia a mi hija”

Dan: “¿A quién?”

Hombre: “Paula Dickson ¿la recuerda?”

Dan: “No”

Hombre: “Ella siempre le tuvo en gran estima”

Dan: “¿Qué hace ahora?”

Hombre: “Estudia historia. Acaba de comenzar el semestre en la Universidad de Georgetown”

La magia aparece en momentos y lugares inesperados.  

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