El Barrio es igual en todas partes. Poco importa que se localice en Queens o en Budapest. Funciona como un ecosistema, obedeciendo sus propias leyes nunca escritas pero por todos conocidas. Todo el que conoce el Barrio sabrá de lo que hablo.

Las múltiples miradas que el cine a dedicado al Barrio y sus moradores han sido siempre irregulares. Las ha habido grotescas como “Yo soy la Juani”, insultante arrebato dirigido por Bigas Luna que propuso una mirada exterior de Suburbia en la que lo grotesco, eso que tanto complece al  director catalán, servía para dar a entender la visión de la periferia que tienen los que ni la conocen ni les importa, más allá de lo folklórico.

Otras, como “Barrio” de Fernándo León de Aranoa, apostaron por lo social desde un supuesto punto de vista comprometido que no esconde más que el mesianismo de un director que optó por echar mano del manual a la hora de retratar lo que se conoce bajo idealizados prismas.

Afortunadamente, más allá de las miradas (entre la pandereta y el compromiso de escaparate) ejercitadas por la industria patria, el Barrio ha sido retratado con fidelidad en numerosas ocasiones por otras filmografías. Tal es el caso de “Rosetta” de los hermanos Dardenne, “Ciudad de Dios” de Fernando Meirelles y Katia Lundi, “Haz lo que debas” de Spike Lee o, tirando de clásicos “Rocco y sus Hermanos” de Luchino Visconti. Pero fue Martin Scorsese (un tipo de barrio) el que mejores resultados obtuvo en “Malas Calles” o “Goodfellas”.

Ahora es otro tipo de barrio, Dito Montiel, quien toca el tema en primera persona al adaptar su propia novela y dirigir la película que supone su debut en el mundo del cine: “A Guide to Recognizing Your Saints” (definitivamente me niego a reproducir el anodino título que algún descebrado decidió que era el adecuado para su distribución en España).

Y como le ocurre a todo debutante, su mayor pecado es el ansia. Ansia por demostrar que tiene algo nuevo que ofrecer. Ansia por mostrar todo el dolor que lleva dentro, al tratarse de una historia personal. Ansia por escapar de las miradas que otros dirigieron hacia el mismo lugar que él señala. Todo ello da como resultado que lo sublime se aparezca ocasionalmente pero sea dificíl de identificar en tan atropellado relato.

Así, la película se desarrolla entre paradojas. Montiel abusa de situaciones dramáticas que no sabe resolver pero encandila a la hora de retratar metáforas (el trayecto en tren hacia Connie Island). Recurre al tópico más atroz cuando la situación le supera pero introduce elementos que elevan el poder de sugestión de la cinta (la yuxtaposición de un diálogo actual con una imagen pretérita para demostrar que en el barrio “las cosas nunca cambian”).  Se deja llevar por la autocomplacencia propia del auteaur novato más pedante (esas absurdas inclusiones de texto) pero es capaz de (re)crear escenas de belleza tan cruda como la del balcón entre unos adolescentes Dito y Laurie.

Estimablemente imperfecta, la película de Dito Montiel aporta más de lo que parece y menos de lo que él piensa (siguen las paradojas y no se detienen). Su puesta en escena es ejemplar, casi se puede oler el aire podrido del Queens de los ochenta, en el que pandilleros portoriqueños escuchan a Journey antes de ir a romper cabezas con bates de baseball y los adolescentes procedentes de familias desestructuradas se reunen en parques, piscinas municipales o azoteas en las que jugar a lanzarse cuchillos. Es, tal vez, el mayor logro del director, la atención por el detalle que no se ve. Pues mientras la mayoría se dejará llevar por un adolescente que se presenta ante la pantalla como “Yo soy un mierda” pocos repararán en sus ojeras. Las mismas que adornan las cuencas oculares de la cría que pronostica que será abandonada por todos o de aquella que mirando a su alrededor afirma que en el Barrio “todos son unos inútiles”. Porque si hay una marca de Caín que identifique a los habitantes de las Suburbias de todo el mundo son las ojeras. Por encima de las cadenas de oro, la ropa hortera y la actitud desafiante que en realidad sólo oculta miedo. 

A pesar de que ni encabrona, ni consigue emocionar como debiera, la película funciona, pese a la sensación de que el cuentakilometros no se mueve. A ello ayuda un reparto modélico en el que destaca (y no por los minutos en lo que aparece, precisamente) Dianne Wiest. Es ella quien protagoniza el momento estelar oculto de la cinta en la escena en la que sube una cuesta para reencontrarse con su hijo, al que su padre (Chazz Palmintieri, quien repite papel y repite como el ajo) acaba de echar de casa tras veinte años sin verse. Momento que me hizo apartar la vista de la pantalla. Qué grande es la Wiest y qué lección para amantes de mohínes y muecas.

“A Guide to Recognizing Your Saints” es un diamante falso pulido en exceso, sí. Montiel abre puertas continuamente sin tener claro su objetivo. Y sabido es que a veces la puerta de salida puede llevarte al punto en el que todo comenzó.

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