Cuando un género se halla en plena decadencia suele ofrecer algunas de sus mejores piezas. La teoría del canto del cisne, ya saben. En ese aspecto es el cine francés el que parece haber tomado ventaja a la hora de enfrentarse al defenestrado subgenero de la comedia romántica. Frente al esquematísmo alicaído de la producción americana y britanica, son los galos quienes mayores esfuerzos dedican a innovar una clase de cine herida de muerte en unos tiempos poco favorables para su propuesta.

El último de esos esfuerzos es “Un Engaño de Lujo” (Hors de Prix), dirigida por Pierre Salvadori (siempre mediocre, siempre cumplidor) y protagonizada por Gad Elmaleh y una explosiva Audrey Tautou.

La historia, como requiere el género, es sencilla. Jean, un tipo anodino que trabaja en un hotel de lujo, verá cómo su rutina se disuelve tras conocer accidentalmente a la chica de alquiler de un potentado alojado allí. Tras un primer contacto, equívoco y fugaz, un año más tarde volverán a coincidir bajo la misma situación… pero esta vez todo será diferente.

Desgraciadamente, la ya de por sí pobre originalidad del punto de partida se tornará en convencional de un modo casi inmediato. De hecho, las intenciones del producto se delatan por sí solas al utilizar a un clon de Hugh Grant (tanto física como gestualmente) para dar vida al protagonista de la historia. Por su parte, Audrey Tautou se dedica a modular su expresiva mirada y a lucir turbadores modelitos que al menos sirven para justificar el abusivo precio de la entrada. Aparentemente no hay mucho más que contar, todo resulta tan previsible que la sensación de dejà vie parece venir impresa de fábrica en cada fotograma de la cinta.

Sin embargo no se trata de una película completamente desdeñable. Por supuesto está jalonada de todos y cada uno de los tópicos habituales, siguiendo el ritual de cuento de hadas de que es deudora toda comedia romántica: Así, nos encontraremos con un encantador chico demasiado bueno y una chica mala que esconde un noble corazón. Habrá ogros y brujas que pintarán la pantalla de negro en un par de ocasiones. Y, desde luego, tras el sacrificio de rigor, nos aguardará el inevitable happy end que sirva para lanzar un pequeño destello de felicidad y esperanza en todo espectador predispuesto a ello. Así debe ser…

Pero podría haber sido algo más que un pasatiempo ligero, adecuado para una noche de verano, si a la ecuación se le hubiese añadido una pizca de originalidad, un final quebrado y un toque de saludable mala leche. En tal caso, es posible que el resultado hubiese sido digno de guardar en algún ricón de la memoria. Porque escenas como la de Jean arañando sus bolsillos vacíos en busca de una moneda (tras agotar Irène su cuenta corriente en dos vertiginosos días) para contemplar por última vez a la chica que ama, merecía mejor envase que el recibido…

Irène: “Entonces ya está… Adiós”

Jean: “Espera… (mostrandole su último euro). ¿Diez segundos más…?”

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