Se definía a sí mismo del mismo modo en que lo hizo el Doctor Polidori (“hablo siete lenguas y ninguna bien”)… Soñé con convertirme en estrella de rock o en líder revolucionario, fracasando en ambos campos por mi corta estatura, mi voz repugnante y mi imagen francamente doméstica…

Y así era en realidad. Era menudo a pesar de la embergadura extra que le otorgaban los sombreros de fieltro que solía usar. Su voz era aspera y quebradiza, desagradable al oído sino fuese porque escucharle resultaba fascinante. Su aspecto era frágil y triste, como si la añoranza de un destino mejor se hubiese adosado a su espalda al nacer. Todo ello no supuso ningún impedimento para que lograse seducir a una de las mujeres más bellas de la época, de todas las épocas: Jean Seberg. Mala combinación, pues al caracter volatil de ella se sumó el apasionado de él. En una ocasión, en París, Jean le esperó en una habitación durante horas, en penumbra, antes de lanzarse por los pasillos desnuda gritando su nombre. Él, mientras, se desesperaba atrapado en un roñoso tren paralizado por las averías y la miseria.

Amó siempre con intensidad y siempre le salió mal… Desengaños amorosos me llevan a tierras lejanas como África Occidental y a arriesgadas aventuras como cazar ballenas en la isla de Madeira. Naderías comparadas con el oficio de director al que accedió con la ayuda de su tío Jesús, maldito como él pero superviviente, eso que él siempre supo que no sería. Fue actor y escribió para otros, un modo como otro cualquiera de salir adelante. Dirigió películas que nadie vio (“El Sueño de Tánger”, “El Desastre de Annual”) víctimas de la tiranía de la taquilla cuando no de la censura. Se ganó el pan con encargos para televisión, pero aun en tan hostil medio logro filtrar poesía (la escena final del capítulo que dirigió para la serie “La Mujer de tu Vida”… Aquel día nevó en el trópico). Se estrelló al hacer imagen su pasión por la música (Berlín Blues”), se atrevió a filmar la continuación de “El Desencanto”, con resultados más que notables y se autoinmoló al radiografiar su alma para darla a conocer a un público poco interesado en el trueque (“Los Restos del Naufragio”). Pero sobrevivió, a las decepciones y a las dentelladas de una crítica que siempre consideró su éxitosa “Pascual Duarte” como la confirmación de que la flauta puede sonar si un asno se halla del otro lado.

También escribió, como lo hizo Polidori. “Los Restos del Naufragio” fue su primer y único libro de poesía… He escrito estos poemas en el breve espacio de diez años y son todos los que he escrito en mi vida. También soy vago como poeta, si es que acaso lo soy. En ellos he tratado de contar partes de mi vida de esos diez años, pero no tal como fueron, sino como me habría gustado que fueran… Así era él, la clase de persona que añadiría dos pingüinos a una historia desarrollada en el desierto sólo por hacerla más interesante. Pero sus fantasiosas historias reales no interesaron a nadie y su libro se cargó de polvo en alguna biblioteca de Argel.

Siempre convaleciente, su débil corazón pareció absorver cada una de las frustraciones que siempre cargó a sus espaldas, pues su virulencia tan sólo se expresaba a través de su pluma. Odiaba al Brando hombre y adoraba al Hitchcock director. No perdonaba la crueldad que esgrimía el americano en su vida privada pero adoraba la exposición de ella que revelaba el inglés en la ficción. Contradictorio, sí. Otra de sus facetas que él asumió como defecto.

Mil veces enterrado en vida, en 1997 Pedro Costa le propuso la dirección de una historia que él se veía incapaz de desarrollar. Se trataba de la peripecia real que unió a un tipo castrado (el manso), una prostituta apaleada (la tuerta) y a un quinqui drogadicto sin pasado ni futuro (el bonito de cara). Cuando se hizo público que sería él quien rodase finalmente la película, nadie apostó por ella ni por él. Se cuenta que durante el rodaje todos fueron conscientes de que ocurría algo extraordinario, esa sensación extraña que proporciona el estado de gracia cuando se posa en un lugar. Cuando se estrenó la vi en un pequeño cine de las afueras. Era miércoles, día del espectador, y fuera llovía. Ya cerca del final miré hacia atrás durante la proyeccón (cosa que, como a Amelie, me encanta) y pude ver una sala repleta de lagrimones brillantes como perlas reflejando la luz de la pantalla.

Conseguido su objetivo de hacer algo bien (él siempre se menospreció, incluso públicamente, sin recato) sin ser consciente de que nunca hizo nada mal, le llegó el turno de recordar a Jean. No hubo tiempo, la puta suerte otra vez. Murió joven, durante el rodaje de “Lágrimas Negras”, retrato esquizofrénico sobre la locura, el amor y la fatalidad que sin él ya no fue igual.

Dejó una hija, aún niña, a la que él adoraba, un montoncito de películas que casi nadie conoce, un libro de poemas que pocos han leído y un montón de historias que le encantaba contar siempre a media voz y que sólo disfrutaron unos pocos.

No sé si volveré a escribir, pero si lo hago pienso hacerlo desde Kingston, Jamaica. Dada mi irresponsabilidad, me temo que no llegaré a viejo, y bien que lo siento.

Ricardo Franco

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