Desde que era un crío suelo castigar a mi entorno con absurdos juegos. Uno de ellos, juego de bares, consiste en bautizar e imaginar la vida de los desconocidos que pululan por el local en cuestión. Sólo se precisan dos requisitos que en realidad son tres: No conocer el nombre real del objetivo. Que dicho nombre y la vida inventada sea lo más esperpéntica posible. Y, el tercero y no oficial, que el alcohol haya fluido con generosidad antes de darse por comenzada la tontería. Sólo de ese modo un juego tan bobo tiene sentido. Qué original ¿verdad? Parecido a lo que hacía Michael Douglas en “Wonder Boys”… Pues sí, doy fe de que nosotros lo hacíamos antes y de un modo más beodo, añado.

En fin. Otro de esos juegos consiste en adivinar el momento en el que los protagonistas de una película reciben la información

Para Martin Amis la información consiste en la revelación de aquello que ya sabemos pero somos incapaces de ver. Amis contó cómo la conciencia de la proximidad de la muerte hizo cambiar el modo de ver la realidad del maduro protagonista de aquella novela que comparte título con este posteo.

En el año 2000, Juan José Campanella, director argentino que por entonces ya había dirigido películas tan notables como “El Niño que Gritó Puta”, presentó “El Hijo de la Novia”. Historia de un desorientado tipo, Rafael, que a sus 42 años descubre cómo el vacío se ha convertido en el denominador común de su vida.

Secuestrado por un trabajo que roba todo su tiempo, sin amigos, divorciado y padre de una hija a la que no ha visto crecer y con una madre, enferma de Alzheimer, internada en un geriatrico a la que nunca visita, descubre que su pánico a afrontar los problemas cotidianos, o cualquier tipo de compromiso, le han convertido en un fugitivo constante. Y es su inconsciente huida la que ahora amenaza con tomarse una nueva víctima: su novia, Naty, quien ha decidido alejarse de él ante sus constantes indecisiones.

Sumido en una profunda crisis, todos los esquemas de Rafael se desmoronarán al recibir la noticia de la intención de su padre de cumplir el viejo sueño de su esposa: casarse por la iglesia.

Será entonces cuando Rafael reciba la información y los acontecimientos se desboquen…

Cerca de su final blogero, el Sr. Harris (se le añora, que lo sepa) recreó aquel momento en su desaparecido blog. Con su permiso (del que carezco, excuses) y mis disculpas por olvidar incluirle en la sección partners con antelación, le robo el desenlace de tan maravillosa película explendidamente recogido por él en su día…

Rafael: ¿Qué te dije? ¿Qué te dije? Es mi novia… Oíme. Abrime la puerta, necesito que me escuches…

Nati (Off): No, ¿qué querés?

Rafael: Necesito hablar con vos, a solas.

Osvaldo: Eh, no sé que hacer con este tipo, Natalia.

Rafael: Bueno, quedate, qué carajo me importa. Oíme, correte. Escuchame, por favor, Nati. Escuchame. Necesito que me escuches. Bueno… Hice todo mal, todo mal. Nunca te escuché, nunca te dí bola en todo lo que me dijiste. Pero… parece que lo vi, el problema, y dicen que… que si lo ves, eso es parte de la solución. La cagada es que no te dicen qué parte es. ¿El cincuenta por ciento, el dos por ciento? No, no sé. Pero… yo creo que me hizo bien la terapia… la intensiva, digo. Eh… qué más… ¡Ah, sí! Que… bueno, no es verdad que no quiero tener más problemas, lo que yo no quiero son los problemas con las cuentas, los proveedores, todo eso. Pero… quiero los tuyos, quiero los de Vicki, los de mis viejos, te lo juro. Son mi familia, yo los… los quiero ayudar, ¿me entendés? Eh… ¡Ah! Y que… mirá, yo quiero… vivir toda una vida con vos, llena de problemas. Los tuyos y los míos, porque… porque esos son problemas, esos son. Y el que no tiene… esos problemas… bueno, ése es el problema más grande que puede tener. Y… que aunque no sea, no sé, Bill Gates, Einstein o el… el Dick Watson, yo quiero vivir toda mi vida con vos, este… llena de problemas, y te voy a cuidar, te voy a… te voy a cuidar, por más problemas que tengas. ¡Que tenga! ¡Que tengamos! ¡Que tengamos! Y… No sé qué más decirte… eh… Decime algo vos, por favor… No contesta.

Osvaldo: Y, las minas son un problema, hermano… ¿Quién es Rick Watson?

Rafael: Qué se yo…

Osvaldo: Eh, yo, al muchacho, lo veo sincero, Natalia.

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