Y dijo Charlie Watts (único miembro del grupo que parece mantener cierta lucidez y dignidad) que el único motivo por el que seguía tocando con los Rolling Stones era el dinero.

“Tengo una familia que mantener y una colección de discos de jazz antiguos que deseo aumentar”

Watts es el único miembro del club que no se avergüenza de sus canas, ni intenta camuflar que ya es sexagenario. Es el único que ha admitido sin reparos lo poco que se identifica con la música producida por el grupo desde que Brian Jones fue expulsado de la banda. Dice que su pasión es el jazz y su mayor hobbie tocar en pequeños clubs piezas de Herbie Handcock o Charlie Parker.

Watts va por un lado, los Stones por otro. Charlie tiene esposa, Shirley Ann, con quien se casó en 1964. Aún siguen juntos. La vida sentimental del resto del grupo es tan tumultuosa como cabe imaginar. Charlie llama a su mujer cada noche mientras se encuentra de gira, se acuesta temprano en la víspera de un concierto y rehuye los saraos (groupies incluidas) propios de todo grupo de rock que se precie de serlo. Todo lo contrario que el resto de la banda. Charlie se define como un músico profesional, Jagger se autoproclama estrella del rock.  

Tal vez la mejor manera de comprender el profundo surco que separa a Watts de sus colegas de grupo sea a través de esta anécdota relatada por Keith Richards al periodista Stanley Booth en una entrevista concedida en 1989…

Sé que Charlie endosó un buen paquete a Mick en una ocasión, como diciendo -tú y yo, hasta aquí hemos llegado. Se acabó- Debía ser el año 84 u 85, y Mick llevaba puesta una chaqueta mía en aquella ocasión. Charlie le pegó un puñetazo metiéndole la cara dentro de un plato de salmón ahumado; casi lo echó por la ventana para que fuera a parar dentro de uno de esos canales de Amsterdam. Logré agarrarlo por una pierna y evitar que cayera al agua.

¿Y por qué se peleaban?

Por nada en absoluto. Había llevado a Mick a tomar algo en Amsterdam y a las cinco de la mañana volvimos a mi habitación. Mick estaba borracho y Mick borracho es un espectáculo digno de verse. Charles estaba profundamente dormido, entonces Mick comenzó a bacilarle “¿Dónde está mi batería? ¿Por qué no bajas tu precioso culo hasta aquí?” A Mick le gustaba hacer ese tipo de cosas. Charlie se cabreó y actuó como él solía hacerlo: se vistió de punta en blanco, con traje, corbata, zapatos, incluso se afeitó, entonces bajó, agarró a Mick por el cuello y le atizó. “Nunca vuelvas a llamarme tu batería. Tú eres mi cantante”. A partir de aquel día todo fue cuesta abajo. Charlie no hablaba con Mick a pesar de que éste cometió el error de perdonarle. Coño, no había nada que perdonar, se supone que éramos jodidos amigos. El problema de Mick es que da por sentado que a la gente le encanta la mierda que sale de su culo…

Así fue como Charlie Watts comenzó su deriva particular al margen del grupo con quienes mantiene una relación estrictamente profesional. Con todos ellos salvo con Keith, a quien le une una ferrea amistad no desgastada por el paso de los años. Keith es el único con quien bromea y habla. Keith es el que siempre se situa a su lado en la fotografías. Su confidente, el parapeto en territorio hostil.

Otro modo de entender lo que son los Rolling Stones S.A. la dio el escritor David Torres el pasado domingo en una columna de opinión publicada en el diario El Mundo. Lean sólo si no son fans acérrimos del grupo.

¿Son los Rolling Stones la mejor banda de rock del mundo? La respuesta es sencilla. NO. Ni de coña. A ver si nos entendemos: no es cuestión de que estos ancianitos multimillonarios y patéticos me caigan como una patada en el culo. No es porque den a sus sufridos fans una y otra vez con la puerta del geriátrico en la boca. Tampoco porque sean feos como ellos solos, porque Keith Richards tenga la cara operada de fimosis y varices o que Mick Jagger parezca hecho con los restos de una liposucción. Que no. Tampoco importa el hecho de que Jagger cante por la nariz o de que Richards sea un guitarrista tan limitadito que dé la impresión de ser manco. Se hace las guitarras a medida, de cinco cuerdas (quizás con seis el muñón se le atasque). Es una Telecaster, pero en sus manos suena más a teletubbie.

Tampoco se trata de gustos ni de simpatías personales. Los U2, por ejemplo, me caen más gordos todavía y, sinceramente, creo que son una de las grandes bandas de rock. Los AC/DC, repetitivos hasta la náusea, nunca me entusiasmaron, pero cualquiera de sus riffs vale por las obras completas de los Rolling. Y al lado de los Led Zeppelin, los Stones suenan como un palomar de tortolitas sin desflorar. Cualquiera de las bandas que he mencionado, y otras muchas más (Jethro Tull, Police, Yes, Cream) merecerían figurar en el listado mucho antes que estos vejetes en leotardos. Sinceramente, no creo que los Rolling hayan acumulado más méritos a lo largo de su interminable y soporífera carrera que los debidos a una espectacular campaña de marketing.

Martin Amis siguió a los Stones en una gira mundial y se aburrió como una ostra. Escribió que en cada uno de sus conciertos todo está calculado al milímetro, desde el primer desplante de chulería hasta el último fruncimiento de morros.

La publicidad empezó muy pronto, cuando en 1969 Jagger anunció al grupo como “la banda de rock más grande del mundo”. Hombre, un respeto, que, para empezar, estaban los Beattles, de los que los Rolling no dejaban de chupar rueda (hasta en las portadas de los discos, tú). Los Beatles eran todo lo que lo Rolling soñaron con ser alguna vez y no van a lograr ni en sueños. Es decir, grandes músicos que venían del arroyo y que al final morían asesinados al pie de un edificio maldito. Comparar a los chavales de Liverpool con estos potentados que preparan sus canciones como los banqueros una OPA, daría risa si no diera pena. Porque hasta en su simbología asociada, sus Satánicas Majestades (hace falta ser imbécil) han resultado ser más falsos que un duro de madera. Mientras que Jimmi Hendrix se fue por el desagüe de la gloria, Keith Richards se baja los pantalones cada vez que lo pillan con la nariz a punto de nieve, y Mick Jagger, el rebelde, lleva a sus hijos a uno de esos colegios para pijos uniformados.

Dejando a parte las evidentes limitaciones éticas, estéticas, técnicas y musicales del grupo (…) Básicamente eso es lo que son los Stones: saltimbanquis muy bien pagados, cómicos de postín, y todo el mundo siente simpatía por los payasos. El diablo no, por favor. El diablo no les compró el alma ni a precio de saldo, ni siquiera la alquiló. A éstos, el diablo ni se lo han presentado.

David Torres.

Pero todo esto no son más que palabras. Los Stones tocarán el jueves en Madrid y con seguridad dejarán satisfechos a todos aquellos que acudan a verles cegados por la estela del mito muerto. Charlie, mientras, aumentará su colección de viejos discos de jazz. Todos ganan.

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