Hay una película del año 1993 titulada “En el filo de la duda” (And the band played on), en la que se narra la aparición y los primeros años de lucha contra el SIDA. En esta irregular cinta dirigida por Roger Spottiswoode realizada originalmente para la televisión, hay una escena, la final, en la que una serie de imagenes desfilan a modo de homenaje acompañadas por la canción “The last song” de Elton John.

Este tonto recuerdo y el hecho de estar inmerso en plena celebración del gay pride me han recordado a los muchos hombres y mujeres que se vieron forzados a ocultar su condición homosexual durante toda su vida. Estas son algunas de sus historias…  

Cuando, el 13 de febrero de 1939, David O. Selznick anunció el despido de George Cukor como director de “Lo que el viento se llevó”, se escribió una nueva página en el (grueso) libro negro de la homofóbia. Así fue, pues aunque la versión oficial esgrimida por el mítico productor fue la de incompatibilidad de caracteres entre el director y Clark Gable, estrella de la película que jugó la carta de saberse pieza imprescindible del proyecto, la autentica razón fue el pánico de Gable por que su turbio pasado como gigolo saliese a la luz. Al parecer, El Rey sobrevivió durante largos periodos de su temprana juventud prestando sus “servicios” a maduras damas a cambio de favores económicos. Durante aquellos tumultuosos años, Gable tampoco dudó a la hora practicar y recibir sexo oral de otros hombres. Uno de aquellos fue William Haines, quien, durante el rodaje de la famosa película de la Metro, solía dejarse ver por los sets como acompañante de Cukor, con quien mantenía una discreta relación desde hacía tiempo. Ante las tortuosa posibilidad de tener que soportar tal presión durante el año largo de rodaje previsto, Gable recurrió a Selznick, quien, pese a la profunda amistad que le unía con Cukor, no tuvo más remedio que aceptar su petición a riesgo de perder a la estrella.

George Cukor, por cierto, tardaría aún más de dos décadas en ser reconocido por la Academia pese a los numerosos méritos adquiridos. A pesar de lo discreto de su vida privada, todo el mundo en Tinseltown sabía de sus tendencias sexuales, lo que le costó el ostracismo por parte de la Academia que finalmente se rompió en 1964 al ser galardonado con el Oscar al mejor director por “My Fair Lady”.

Los casos de homosexualidad reprimida en la época dorada de Hollywood son numerosos: James Whale, Sal Mineo (busquen en archivos si desean conocer detalles de su muerte a manos de un tarado homófobo), Rodolfo Valentino… Rudy tuvo la “suerte” de morir joven y así evitar la criba del sonoro y los presumibles escándalos que habrían barrido su imagen de latin lover. Casado en dos ocasiones, sus dos esposas le repudiaron alegando “incumplimiento de los deberes matrimoniales” en las demandas de divorcio. Lo que no contaron, ambas, es el gusto que profesaban por las orgías organizadas por su amiga común Alla Nazimova en su lujuriosa mansión bautizada “El Jardín de Alá”; orgías aquellas en las que se prohibia taxativamente la presencia de hombres.

Y si paradojico resulta que el hombre más deseado por las mujeres de su tiempo fuese homosexual, no lo es menos que uno de sus amantes, la megaestrella Ramón Novarro, también fuese deseado por el contingente femenino. Novarro, encumbrado por la colosal primera versión de “Ben-Hur” dirigida por Fred Niblo, compartió cama y desayuno con Valentino en más de una ocasión. De hecho, Valentino, pese a llevar muerto décadas, fue “responsable” de su muerte de algún modo. La noche de Halloween de 1968, dos ladrones se introdujeron en su casa con intención de desvalijarla. Tras encontrarse con el actor cara a cara, le sometieron a truculentas torturas durante una interminable noche que fue coronada con la introducción de un consolador de gráfito de descomunal tamaño, regalado por Rudy, en la garganta de la vieja estrella, lo que le causó la muerte por asfixia. Durante el juicio que condenó a los dos hermanos que cometieron tal salvajada, se demostró que su muerte no tenía que ver con el robo sino con la homofóbia. Según el testimonio de uno de ellos, deslizar aquel consolador en su garganta fue una expresión del odio que suscitaba en ellos las prácticas íntimas del actor.

Pero la lista no se detiene ahí: Gary Cooper tuvo escarceos homosexuales en su juventud, se cuenta que Murnau murió mientras practicaba una felación a su adolescente chófer filipino (no, no es un gag de “Family Guy”),  Joan Crawford, Douglas Sirk, Cary Grant mantuvo una sonada relación de “amistad” con Randolph Scott que hizo tambalear los sólidos cimientos de sus carreras, Errol Flynn (lo que no haya probado éste), Robert Taylor, Monty Clift, Brando…

Una de las relaciones más curiosas tal vez sea la que mantuvieron Hattie McDaniel (la mammy de “Lo que el viento se llevó”) y la diosa rubia Tallulah Bankhead (espíritu libre y versión femenina de Errol Flynn), quien precisamente sonó con fuerza (con puntos extra dada su calidad de sureña autentica) para el papel de Scarlett O’Hara. No se tiene constancia de que ninguna de las dos fuese lesbiana, simplemente ocurrió. Ya saben, aquello de los barcos que se cruzan en la noche.

Se sospecha que otras dos diosas platino, Marlene Dietrich y Greta Garbo, también tuvieron un romance durante su etapa berlinesa. Después, ya en Hollywood, las dos utilizaron la ambigüedad como seña de identidad. De hecho, ambas se convirtieron en pioneras al vestir ropas de hombre en el cine: Garbo en “La Reina Cristina de Suecia” y Dietrich en “El Ángel Azul” y en “Sahara”. La Garbo llevó esa ambigüedad a su vida privada al mantener una larga y tortuosa relación con  el actor John Gilbert, otro astro en la senda del “estilo Valentino” y más tarde con el oscarizado director de fotografía Cecil Beaton, con quien, pese a ser reconocido homosexual, estuvo a punto de casarse.

Los matrimonios de conveniencia eran habituales entre las estrellas de la época. Un modo de distraer la atención y evitar de ese modo caer en desgracia cara al público. Tal fue el caso de Charles Laughton o de Rock Hudson, superestrella en los años 50 – 60 que fue casado (por disipar los crecientes rumores sobre su homosexualidad) en una boda relámpago por los directivos de la Universal con una secretaria de los estudios llamada Phyllis Gates. Ella, inconsciente de la naturaleza sexual de su marido, vivió en una nube durante una luna de miel programada para las fans del actor, en la que cada lugar que visitaron (en una caravana) y cada acto que realizaron, fue inmortalizado por los fotógrafos que acompañaron a la pareja en cada momento. Por supuesto, el falso matrimonio apenas duró. Años más tarde, con un Hudson en total decadencia y ya enfermo de SIDA, la industria le dio la espalda cuando decidió salir del armario. Tuvo que ser Doris Day, vieja camarada y amiga, la única que le tendió la mano en los momentos más duros.

En el viejo continente las circunstancias no han sido demasiado distintas a las sufridas por los homosexuales del otro lado del Atlántico. No son pocos los nombres de aquellos que se vieron obligados a ocultar públicamente sus tendencias sexuales: Jean Cocteau, Franco Zeffirelli (fervoroso católico, por cierto), Jean Marais, Dirk Bogarde, Helmut Berger, Luchino Visconti… Posiblemente el más beligerante en su reivindicación del amor como elemento universal sin distinciones de sexo sea Pier Paolo Pasolini. El renacentísta director italiano nunca ocultó su condición homosexual lo que unido a sus convicciones marxistas le proporcionaron una gran cantidad de enemigos y rencillas que desembocaron con el hallazgo de cuerpo del director en una playa de Ostia, masacrado a palos por un chapero local. El odio, otra vez.

Más suerte tuvo Rainer Werner Fassbinder quien a pesar de colgar con los mismos carteles que Pasolini (rojo y homosexual) pudo contarlo, al menos hasta que decidió quitarse de en medio. De caracter apasionado, el considerado maestro del melodráma europeo (sucesor directo de Sirk) siempre vivió sumido en su propio drama vital. Obsesionado por su aspecto físico: feo, bajito y con tendencia a la obesidad, Fassbinder sublimó toda su vida en su arte. Incapaz de aceptar el rechazo al que se vio sometido desde que era un crío dedicó gran parte de su obra a tratar de “justificarlo”, sin ser consciente de que no era necesario hacerlo. Su caracter se cegó con el tiempo, convirtiéndose en un hombre celoso, vengativo e irascible que sólo encontraba la paz cuando se hallaba rodando (rodó 42 películas a lo largo de su corta vida). Su tormento interior le hizo casarse con una mujer, Ingrid Graven, matrimonio condenado a morir que apenas sobrevivió seis meses. Antes y después de su boda, todo un rosario de amantes desfiló por su vida: Daniel Schmid (director suizo), el actor de origen africano Gunter Kaufman, Kurt Raab, Harry Baer, Hedi Ben Salem, Armin Meyer. La mayoría de ellos ni siquiera era homosexual, se limitaron a utilizarle para medrar profesionalmente. De hecho, la mayor parte de ellos terminó por participar en algunas de sus películas. Las decepciones y la cocaína aumentaron su delirio paulatinamente hasta que la aciaga noche del 10 de junio de 1982 decidió acabar con todo. Tenía 37 años.

Volviendo a los States y para finalizar este tostón, convendría recuperar la figura de los homosexuales coyunturales. Aquellas víctimas de las modas que se arrepintieron del paso dado recayendo de nuevo en los mullidos brazos de la heterosexualidad. De entre ellos se podrían destacar dos nombres: Anne Heche y Don Johnson.

Muy conocida es la peripecia de la actriz Anne Heche. Mujer de caracter inestable (provocado por los abusos que sufrió por parte de su padre siendo niña) que tras vivir un discreto romance con el cómico Steve Martin, se embarco en una estruendosa relación con la también cómica Ellen DeGeneres que acabó de forma abrupta tres años más tarde. Hoy, madre y casada con un hombre (aunque en trámites de divorcio) no reniega de su pasado pero prefiere evitar el tema al que considera una etapa vital más.

Bastante menos conocido es el caso de Don Johnson. El conocido actor que saltara a la fama gracias a “Corrupción en Miami”, vivió una irregular juventud en la que se le registran al menos dos episodios homosexuales. El primero de ellos saltó a la luz cuando una revista italiana de caracter homosexual sacó a la luz unas fotografías del actor en poses de naturaleza “inequívocamente homosexual” y completamente desnudo. Al parecer, las fotos fueron tomadas cuando Johnson tenía 17 años y publicadas en la revista de ambiente “Climax”.

El segundo episodio envuelve a Johnson con Sal Mineo, con quien participó en la obra de teatro “Fortune and Men Eyes” donde ambos interpretaban la relación homosexual de los dos protagonistas. Obra reivindicativa que se representó en Los Angeles ante un público mayoritariamente gay. Interrogado sobre esta cuestión, a principio de los noventa, Johnson declaró: “Las estadisticas muestran que el 90 % de los hombres de este planeta ha tenido relaciones homosexuales en su adolescencia”. Dura aseveración ésta que confirma el pobre futuro de Don en caso de haberse decantado por el oficio de estadista.

Es todo, y es una pena. Una gran pena el que se siga condenando a muerte a cientos de personas por su tendencia sexual. Una pena que se discrimine a millones, sobre todo en países en vías de desarrollo. Una pena que una organización religiosa (nuestra bendita iglesia) pretenda legislar una ley (la del matrimonio homosexual) promulgada por un estado laico. Una pena, como dije en el blog de Emilio, que hayamos olvidado la esencia del mensaje original, aquello de que lo importante era amar.

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