Cuando el cine se adentra en las resbaladizas laderas de la religión sólo tiene dos opciones: claudicar ante el dogma de fe o cargar con el estigma de lo herético, con todas las consecuencias que ello pueda acarrear a ojos de fanáticos y portadores de “la verdad”. Porque es así, la iglesia, cada día más enrocada en sí misma, no concibe la autocrítica y se limita a proponer que toda mirada enfocada sobre sus iconos sea cribada dentro de los estrictos márgenes de lo oficial. En otras palabras, “Jesús de Nazareth”, esa colección de insulsas postales dirigida por Franco Zefirelli sería aquello considerado apto por la iglesia mientras que “La Última Tentación de Cristo” de Scorsese llevaría a todo aquel incauto que la visionase a una segura condenación eterna.

La relación entre la iglesia y el cine nunca conoció término medio desde que en 1897 el Papa León XIII fuese el primer pontífice en ser grabado por una cámara. Por supuesto, la figura de Cristo no tardó en hacerlo. Ocurrió aquel mismo año y fueron los hermanos Lumière quienes infringieron la línea por vez primera al reconstruir pasajes de la pasión en una pequeña película (de apenas una bobina) que conoció gran repercusión. No tardó en llegar la réplica norteamericana del asunto cuando un tal Richard Holloman, hombre de negocios de profundas convicciones cristianas, propuso filmar una versión más fiel del asunto. Entusiasmado con el proyecto, consiguió reunir 10.000 dólares en pocas semanas que invirtió en la contratación de un equipo técnico poco habituado a la modernidad de la fotografía en movimiento (se cuenta que el director, habituado a la foto fija, les gritaba ¡quietos! a sus actores cuando la cámara comenzaba a rodar). El resultado se mostró al mundo en Nueva York, un tardío día de enero de 1898 acompañado de una gran coral que amenizó la epopeya. Las demandas por “irreverencia” (pese a lo respetuoso de la cinta) aparecieron pocos días después, como era de esperar. Dos años más tarde un juez neoyorkino exculpaba a Holloman de todos los cargos presentados contra él. Se abría así el camino a la representación de lo sagrado en imagenes.

HEREJES

En 1972 se estrenó la ópera-rock “Jesucristo Superstar”, adaptación llevada a cabo por Norman Jewison sobre la obra teatral escrita por Tim Rice y Andrew Lloyd Weber en la que se narran los últimos diez días de la vida de Jesús. Lo equívoco de algunas de las letras de las canciones y la evidente similitud estética y filosófica con el movimiento hippy provocó un estallido de ira por parte de grupos tradicionalistas que cargaron contra la película sin piedad olvidando aquello de ofrecer la otra mejilla. Las protestas callejeras unidas a las amenazas lanzadas contra los exhibidores que osasen a proyectar la cinta provocaron que las recaudaciones no fuesen todo lo espectaculares que los productores esperaban. Todo lo contrario que le ocurrió a “El Exorcista”. La extraordinaria película de Friedkin también sufrió las críticas de la Iglesia al considerar ésta que presentaba una imagen sacerdotal poco agradable, por no citar lo herético de imagenes como la de la niña poseída masturbándose con un crucifijo. Aquella denuncia y las presiones que le siguienron (por parte de lobbies ultraconservadores) apenas influyeron en una recaudación sobresaliente que situó a la película como una de las más taquilleras del año.

Pero lo realmente duro estaba por llegar. Y el primero en sentir la presión de la espada fue Jean-Luc Goddard al estrenar “Yo te Saludo, Marie”. La historia de una joven llamada Marie que se queda embaraza sin haber mantenido relación sexual alguna suscitó las más feroces reacciones de la comunidad católica. La película fue prohibida en varios países (Chile, Argentina…) e incluso en una primera instancia, también lo fue en determinadas zonas de Francia, como ocurrió en Versalles, en donde la alcaldía denegó el permiso de exhibición acogiendose a los hipotéticos desórdenes públicos motivados que la particular recreación de la inmaculada concepción filmada por Goddard podría provocar entre los creyentes. El hecho de que el personaje de Marie mantuviese relaciones sexuales tampoco ayudó precisamente a rebajar el crispado ambiente.

En España, para variar, la iglesia no supo mantenerse al margen. El arzobispo de Madrid, monseñor Suquía, recomendó a las parroquias que realizaran actos de desagravio a la Virgen por la proyección de la película. Miles de personas se manifestaron en las puertas de los cines que la proyectaron. Se produjeron altercados como el lanzamiento de objetos contra aquellos que osaban comprar una entrada, incluso algún defensor de la fe fue detenido tras intentar prender fuego a una de las salas en donde se había proyectado. Se rezaron rosarios, se escribieron cartas de protesta al entonces gobierno socialista de Felipe González e incluso la conferencia episcopal llegó a distribuir una nota entre sus fieles en la que se indicaba que ver la película significa un grave pecado contra la iglesia.

Menudencias, todo aquello, comparado con lo que ocurrió cuando Martin Scorsese (aka El Atormentado Marty) se empeñó en adaptar al cine la polémica novela de Nikos Kazantzakis “La Última Tentación de Cristo”.

La Historia de un Cristo crucificado que fantasea con la posibilidad de abandonar su destino para fundar una familia junto a María Magdalena encolerizó, como era de esperar, a los sectores más reaccionarios de la sociedad yankee. No tan conocido es el dato que indica dónde se prendió la chispa que dio origen a todo aquello… y sí, fue en España, más concretamente en Navarra. El plan inicial de Marty pasaba por realizar el rodaje en tierras valencianas, con lo que durante el proceso de preproducción, un equipo se desplazó hasta Valencia con intención de realizar localizaciones. La noticia de que un grupo de gringos pensaba rodar la apóstata novela del escritor griego en las santas tierras hispanas debió revolver el estómago de los obipos patrios que se apresuraron a escribir al Papa solicitando su intervención para prohibir la filmación de semejante herejía. Extendido el escándalo en pocas semanas, las deserciones no tardaron en llegar al proyecto. Así, Katheleen Turner, la María Magdalena que soñó Marty, se bajó del carro en marcha alegando problemas de agenda, su papel recayó finalmente en Barbara Hershey. Por su parte, Robert De Niro, elección inicial para el papel de Cristo, renunció al papel poco más tarde en favor de Willen Defoe. Paul Schrader, torturado calvinista (¿hay algún calvinista que no lo sea?) se encargó del guión, se contrató a David Bowie para dar vida a Poncio Pilatos y a Harvey Keitel para encarnar el goloso papel del traidor por antonomasia, Judas Iscariote.

Lista para el estreno, la filtración de que la película contenía imagenes como la de Cristo haciendo el amor con María Magdalena, el embarazo de ésta o insinuaciones sexuales (aceptadas) de Marta y María, hermanas de Lázaro, a un Cristo ya viudo, provocaron que la productora decidiese estrenar la película tres semanas antes de lo previsto para evitar presumibles incidentes. La iniciativa no tuvo éxito como no es difícil de imaginar: Manifestaciones masivas, amenazas de bomba, exhibidores tiroteados… Un destacado miembro de la iglesia norteamericana llegó a exigir que las copias de la película fuesen retiradas y quemadas públicamente, como en los buenos tiempos de la Inquisición. La presión fue tal que Marty reconoció públicamente sentirse superado por los acontecimientos. Lo que nadie le puede negar es que consiguió un ecunémico hito al conseguir aunar a judíos, ortodoxos, católicos, musulmanes y protestantes en una única causa: defenestrarle a él y a su película. Afortunadamente no fue así, y ni siquiera los insultos que alguno de sus propios compañeros de gremio le dedicaron (Zefirelli, quién si no), Marty sobrevivió apoyado, entre otros, por la Academia de Hollywood, quien en un gesto que le honra premió a Scorsese con una candidatura al mejor director del año en la única nominación recibida por la película. Un gesto que él nunca olvidó.

Hubo otros escándalos. Visiones terrenales de los divino hoy casi olvidadas. Y es que el sacerdocio, en su vertiente más casquivana, siempre dio juego al traducirse a celuloide.

Y SOTANAS…

Por supuesto, tampoco clero escapó a las miradas críticas. Para disgusto de la altas instancias vaticanas, el cine no se limitó a loar las bondades de los hombres y mujeres con hábito, como ocurriera en “El Cardenal” de Preminger, “Historia de una monja” de Zinneman o “Las Campanas de Santa María” de Leo McCarey…

En “El Pájaro Espino”, un cura mundano, interpretado por Richard Chamberlain, pecaba repetidamente con Rachel Ward. Una tentación difícil de superar, justo es reconocerlo.

En “El Sacerdote” del siempre extremo Eloy de la Iglesia, un cura (Simón Andreu) atormentado por la carne de Esperanza Roy soluciona drásticamente sus problemas de conciencia al castrarse con una tijeras de podar (inolvidable aquel tremebundo fotograma final que sólo de la Iglesia podría haber filmado).

En “Confesiones Verdaderas” de Ulu Grosbard, una primeriza versión del caso de la Dalia Negra, no es la carne sino la culpa lo que atormenta al sacerdote, encubridor de un asesino, que interpretó Bobby de Niro.

“Monseñor” de Frank Perry, narró la arribista trayectoria de un sacerdote empeñado en alcanzar la cima de la iglesia a cualquier precio. Dinero, sexo, corrupción, culpa… todos estos elementos y alguno más sirven para trenzar la historia que protagonizó Christopher Reeve.

“Padre Nuestro” del nunca suficientemente reconocido Francisco Regueiro, tomó a un exitoso príncipe de la iglesia (Fernándo Rey) para mostrar toda la humana gloria y miseria oculta tras el rojo y el negro que bien podrían simbolizarse en dos escenas concretas: la final, con esa extrema unción vía telefónica administrada por el Papa y aquella en la que Rey da consejos para evitar la eyaculación precoz a su inexperto hermano (Paco Rabal).

Poco se podría añadir a la explendida disección que Charles Laughton hizo del siniestro predicador interpretado por Robert Michum en la obra mayor “La Noche del Cazador”. Interpretación superior, incluso, a la soberbia recreación que brindó Richard Burton del torturado ex-sacerdote, borracho y más interesado en la entrepierna de sus feligresas que en salvar sus almas, de “La Noche de la Iguana”, excelente película dirigida por John Huston.

Más reciente es “El Crimen del Padre Amaro”, cinta méxicana dirigida por Carlos Carrera que narra el proceso de destrucción ideológica de un sacerdote recién ordenado, víctima tanto de la tentación de la carne como del descreimiento de sus colegas con alzacuellos.

Finalmente, y a modo de flash, una de mis debilidades, “El Último Valle”, cínica película dirigida por el britanico James Clavell, es la que la inquisión es la que toma las riéndas, del mismo modo que sucede en “Akelarre” de Pedro Olea o en “El Nombre de la Rosa” de Jean-Jacques Annaud. Pero esa ya es otra historia, y este posteo largo de la hostia…

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