En realidad pensé en titular esta reseña: “Bajo las estrellas… nada”, pero sería cruel y no del todo justo con la ópera prima del novel director navarro Félix Viscarret.

Injusto porque la última media hora de la película salva del desastre la atonal hora y cuarto anterior. Demasiado tiempo para no contar apenas nada y limitarse a esbozar el repleto de tópicos perfil del omnipresente protagonista de la cinta, Benito Lacunza, personaje esforzadamente interpretado por Alberto San Juan. Para el resto del reparto no hay material ni tiempo, la materia prima es pobre en contenido y nula en desarrollo. De tal modo, el empático hermano de Benito, Lalo (Julián Villagrán), carece de matices ya que nos es presentado tan atropelladamente que en lugar de encontrarnos con un alma pura parecemos hallarnos frente a un retrasado (y qué diálogos los suyos, ¡¡Dios!!). Las otras dos piedras angulares de la trama sufrirán la misma suerte: Nines (Emma Suarez), la novia de Lalo, ni sugiere ni transmite, mientras que el personaje de su hija Ainara (Violeta Rodriguez) resulta sorprendentemente desaprovechado pese a ser su relación con Benito lo más interesante (sino lo único) de la función.

“Bajo las Estrellas” cuenta la historia de un trompetista fracasado que regresa a su localidad natal de Estella a causa de la muerte de su padre. Allí se reencontrará con su hermano Lalo quien ahora comparte su vida con Nines, una antigua conocida de su infancia. Ainara, la hija de ésta, completa su paisaje vital compuesto por un fondo (la vida rural) del que Benito creyó huir cuando escapó a Madrid años atrás.

Ésa es la trama y aquellos algunos de sus errores, pero también hay virtudes. Pequeños destellos tan aislados como lo está su protagonista. Escenas como la del reencuentro entre Benito y Nines mientras los demás asisten al funeral de su padre. Momentos como el llanto sin lágrimas que confirma la deshumanización del protagonista y que enlazará, una larga hora después, con un bergmaniano lamento rescostado en la cama tras reencontrarse con el dolor del que él creía estar inmunizado.

La relación entre Benito y Ainara supone un punto y aparte, y así es tratada por el director: desgajándola de la endeble trama principal para darle entidad propia en un esquema que no le pertenece. Craso error, como lo es la poca sutileza del director a la hora de mostrar el detalle (lo del pomo de la caravana se “cae” solo) y esos elementos del absurdo (tan susteptibles de generar el efecto boomerang sobre quien los lanza), incluidos para dar sensación de gravedad que al no ser bien manejados terminan por resultar pretenciosos e inútiles (el tipo que busca metales, evidente metáfora a propósito de las esculturas metálicas campestres creadas por Lalo, ejerce a modo de elitista etiqueta insustancial).

La previsible media hora final, potable que no brillante, nos regala suficiente luz para alcanzar la puerta de salida sin extraviarnos entre bostezo y bostezo. La duda llegará entonces ¿Acaso ese forzado final feliz pretende indicarnos que las piezas asimétricas también pueden encajar en el puzzle? ¿O por el contrario pretende hacernos saber lo contrario: que lo que no cabe sobra? Decidan ustedes, porque el voluntarioso Viscarret no supo o no quiso hacerlo.

La única certeza es que fuera, en la ciudad marrón, las estrellas eran de mentira, como siempre…

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