No, Émile Michel Cioran no terminó su vida como todos esperaban, balanceandose de un árbol o por sobredosis de plomo ingerido por vía craneal, murió de viejo porque, en sus propias palabras, era demasiado cobarde para quitarse de enmedio, si bien sus allegados aseguraron que la autentica razón de su longevidad fue la esperanza que Cioran, de algún modo, nunca perdió.

De él se recuerdan más sus sombríos aforismos que sus libros. Pequeñas píldoras recubiertas de ira y desesperanza…

Aquí dejo unas cuantas:

“De los hombres me separan todos los hombres”

“En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a escupir y los lírios abrirían un burdel”

“Lo equívoco del amor parte del hecho de que se es feliz y desgracaido a un tiempo, que el sufrimiento y el placer se igualan en un único torbellino. Por ello, la desdicha amorosa crece conforme la mujer más nos comprende y nos ama. Una pasión sin límites nos lleva a lamentar que los mares tengan fondo, y el deseo de sumergirnos en lo ilimitado aplacamos zambulléndonos en la infinitud del azul celeste (…) El amor nos induce a ahogarnos, provoca el anhelo de las profundidades. En eso se parece a la muerte. Así se explica por qué la sensación del fin la tienen sólo las naturalezas eróticas. Al amar se desciende hasta las raíces de la vida, hasta la lozanía fatal de la muerte. No hay rayos que te fulminen como un abrazo, y las ventanas se abren al espacio para que puedas arrojarte por ellas. Hay mucha felicidad y mucha desgracia en los altibajos del amor, y el corazón es demasiado estrecho para sus dimensiones”

“Sólo una cosa dolorosa hay en la tristeza: la imposibilidad de ser superficial”

“El conocimiento mata el error vital del amor, mientras la razón construye la vida sobre las ruinas del corazón”

“Quisiera que, a mi muerte, fantasmas de ángeles caídos entonaran plañideros cánticos con fragmentos de melodías recopiladas en mi corazón, un corazón afinado desde su nacimiento para acompasar su coro”

Sus letras fueron a la literatura lo que las pinceladas de Munch a la pintura. La constatación de que lo trágico siempre termina imponiendose. Por mucho empeño que se muestre, para Cioran la fatalidad siempre jugará la última carta.

Pero hay otro Cioran, completamente distinto pero complementario con el filósofo fatalista. Émile poseía una extraordinaria sensibilidad que le permitía reconocer a la persona oculta tras las múltiples máscaras y corazas sociales. Poco tiempo antes de morir, Cioran mantuvo extensas charlas con el periodista rumano Gabriel Liiceanu en las que mostró tanto su pensamiento como una inusitada humanidad que siempre trató de ocultar. Su forma de contar cómo se desarrolló su encuentro con Samuel Beckett, uno de los pocos escritores con los que llegó a congeniar, revela un entusiasmo y un candor difíciles de localizar en el conjunto de su obra…

Liiceanu: A Sartre no quiso conocerle, o no trató de conocerle; con Camus tuvo usted un encuentro fallido. ¿Cuáles son los escritores con los que estableció auténticos lazos?

Cioran: No he conocido a grandes escritores

Liiceanu: ¿Y qué me dice de Beckett? ¿En qué plano se situó su encuentro con Beckett? ¿Se encontraron por casualidad o les acercó una admiración reciproca?

Cioran: Sí, había leído algo mío. Nos conocimos con ocasión de una cena, y después nos hicimos amigos. Me resulta muy difícil definir a Beckett. Todo el mundo se equivoca en lo que se refiere a él, en particular los franceses. Todos se creían obligados a ser brillantes delante de él, y Beckett era un hombre muy sencillo, que no esperaba que le lanzasen paradojas continuamente. Había que ser muy directo; sobre todo, nada pretencioso… Yo adoraba en Beckett ese aire que tenía siempre de haber llegado a París el día anterior, aunque vivía en Francia desde hacía 25 años. No había nada de parisiense en él. Los franceses no le contaminaron con absoluto, ni en el buen sentido ni en el malo. Siempre daba la impresión de estar en la luna. Él pensaba que se había afrancesado un poco, pero no era así en absoluto. Seguía siendo integramente anglosajón, y aquello me gustaba tremendamente. No frecuentaba mucho los cócteles, se sentía incómodo en sociedad; no tenía conversación, como se suele decir. Sólo le gustaba hablar con uno a solas, y entonces tenía un encanto extraordinario. Pero eso los demás no supieron verlo. Le quería muchísimo.

Émile Cioran murió en 1995, en París, otra de esas ciudades de las que él decía sentirse aburrido tras un par de días de estancia. El autor de “En las cimas de la desesperación”, el hombre que dijo sentir asco por todo lo humano (especialmente por él mismo), murió como dije, de viejo. Tal vez la luz le alumbró con más fuerza de la que él nunca pensó.

  

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