Al presionar el bolígrafo contra la demanda de divorcio que les separaría para siempre, Antoine imaginaba en cada trazo a Christine. La curva superior de la A mayúscula por todas aquellas mañanas de domingo en que ella le impidió abandonar la cama antes del mediodía. La franja intermedia de la T por cada una las conversaciones a través de las ventanas del patio interior que a él tanto le gustaban. El punto sobre la I latina por aquella ocasión en que él la llamó repetidas veces por teléfono, mientras cenaba con otra mujer, porque no soportaba la idea de perderla. 

La H partida por aquella ocasión en la que Antoine compró una escalera para estanterías pese a no tener ningún mueble al que poder llamar de ese modo. La R plana por una televisión rota adrede y un desayuno en compañía inesperada. La enérgica E final por los besos robados a oscuras en una bodega.

Antoine deseaba a todas las mujeres pero amaba a Christine. Christine odiaba al Antoine disperso, infantil e irresponsable pero le llevaba insertado dentro de sí de un modo que no podía controlar, ella que todo lo mantenía bajo control.

Christine era todas las mujeres para él. Antoine fue la espina que una vez te hiere nunca dejará de sangrar.

Antoine: “Eres mi hermanita, mi hija, mi madre…”

Christine: “Ojalá hubiera sido tu mujer…”

  

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