… que diría el protagonista de “Las Mejores Intenciones”.  

Desde que Pedro el Ermitaño decidió salir de su cueva (y más le hubiese valido quedarse dentro) para predicar la cruzada contra los infieles, los ascetas, anacoretas o ermitaños han dado mucho más juego del presumible dado lo limitado de su repertorio. Y por supuesto, el cine lo ha recogido de modo desigual desde sus inicios.

Pues bien, dedicado a Emilio, ermitaño ocasional, acosado por la polución primaveral, que ya ha sido liberado de su cautiverio, he compuesto esta selección de exiliados de sí mismos.

Escuché una anécdota, hace tiempo, en la que se recogía el especial caracter del director danés, Lars Von Trier. Al parecer, en una ocasión no acudió al festivalero pase de una de sus películas seleccionada por los mandamases de Cannes. Si bien la ausencia había sido anunciada, muchos fueron los que se preguntaron qué sería más importante para el director de frágil equilibrio emocional que una recepción de ese calibre. La respuesta la dio uno de sus colaboradores, quien aseguró haber hablado con él por teléfono aquella misma tarde. Según contó, Lars tenía instalada una canoa en una habitación de su casa en la que solía introducirse y tardaba en abandonar cuando sentía miedo, lo cual ocurría (y ocurre) con cierta frecuencia. Y así, mientras sus actores saludaban los aplausos del entregado público que asistió al pase de su película, Von Trier se encontraba acurrucado en una canoa de secano.

Es difícil comprender las razones que llevan a una persona a autoexiliarse. Emily Dickinson subió un día la escalera de su casa, rumbo a su habitación, y no volvió a bajarla. Los últimos años de H.P. Lovecraft estuvieron marcados por sus excusiones nocturnas (siempre evitando la presencia de otros) que se iniciaron cuando rompió su breve y desgraciado matrimonio para regresar a su localidad natal de Providence. Son sólo algunos casos conocidos, una gota en el océano.

El cine se acercó al tema de modos variados. En “El Anacoreta” de Juan Estelrich, se narra la historia de Fernándo, maduro descreido que un día decide encerrarse en su cuarto de baño para huir de la mediocridad que le rodea. Durante su cautiverio se dedicará a escribir personales reflexiones y misivas que lanzará al mundo exterior a través del inodoro con la esperanza de que alguien las reciba y sepa de su existencia. Será entonces cuando aparezca Arabel Lee, joven fascinada por el moderno anacoreta, con quien mantendrá una relación que ambos saben fuera de su refugio resultaría imposible.

Excelente película del director catalán, con diálogos memorables como aquel: “Soy anacoreta, sí, pero laico”, además de todo un adelanto en el tiempo (la película se rodó en 1976) de lo que hoy se conoce como blogosfera.

Más salvaje en su contenido y filosofía, “Themroc” cuenta la historia de un obrero que hastiado de una vida rutinara y carente de objetivos, decide iniciar un proceso de “liberación cavernaria” consistente en abandonar su trabajo, renunciar a su identidad, derribar las paredes del piso que habita y fornicar con su propia hermana. Delirante apología del anarquísmo más radical, la película de Claude Faraldo consiguió su objetivo de escandalizar a las mentes más cerradas y a los espíritus más pobres con una irregular narración que el tiempo engulló como suele ocurrir con toda provocación coyuntural.

 

Magnifico Michel Piccoli en el papel de salvaje y destacable la aparición de Beatrice Romand, la Claire y su rodilla de aquella hermosa fabula rohmeriana.

Otro tipo de ermitaño fue el diseñado por Alan Moore (ermitaño exiliado en la isla de Mann, por cierto) en su fastuoso cómic “V de Vendetta”: Un libertador asocial (y valga la paradoja) que sobrevive en el subsuelo a la espera de devolver la esperanza a un mundo que tal vez no la merezca y que sólo actua en la superficie ataviado con una máscara del sedicioso inglés Guy Fawkes con la que oculta la deformidad de sus rasgos.

En 2005, los hermanos Wachowski, a través de James McTeigue, llevaron la obra de culto a la pantalla con resultados discutibles. En cualquier caso, la esencia del personaje y su humanidad, ciertamente misántropa, fue aceptablemente reflejada.

En clave de humor, los Monty Python se burlaron del tema al incluir a un malhablado asceta en su delirante “La Vida de Brian”. Tantos años guardando silencio para que un “narizotas” saltase en su hoyo, le destrozara un pie y pusiese fin al voto de silencio que con tanto celo había conseguido guardar durante décadas.

Y encima se lo cargan por hereje, haciendo realidad la mítica frase de la vida es una mierda y después… te mueres. En fin.

Mucha más gravedad contenía la película de Roman Polanski “Repulsión”. La cinta recoge la historia de Carol, una esteticien patológicamente tímida que siente pavor hacia todos aquellos gestos interpretables como afectivos, especialmente si son dirigidos por hombres. El director polaco filmó una brillante disección del temor al rechazo social y sentimental que termina convirtiendo al que lo padece en prisionero de su propio miedo. 

Una casa que se agrieta constantemente, espejos rotos y un conejo que se pudre encima de una mesa (sutil Polanski) actuan como barómetro de la inevitable caida en los infiernos de Carol.

Pero los prisioneros voluntarios no siempre tienen por qué acabar mal. El director Gus Van Sant lo demostró con su plumbea “Descubriendo a Forrester” en el año 2000. Inspirado libremente en la circunstacia del escritor J.D. Salinger (gran ermitaño, él), Van Sant narró la historia de un escritor de éxito temprano que abrumado por la situación decidirá enterrarse en vida en un apartamento neoyorkino desde el que poder observar al mundo sin peligro ni presiones. Un joven negro de gran talento le devolverá la confianza en sí mismo (qué edificante) y le ayudará a vencer sus miedos gracias a paseos en bicicleta y tortuosas visitas a campos de baseball repletos de gente.

Han leído bien, sí, esa es la trama de la película. Y no, no se trata de uno de esos telefilmes programados por Antena 3 en una sudorosa tarde de verano. De haber sido así, se incluiría la palabra “mortal” en su título.

En el mismo tono amable, pero con más tino y menos pretensiones, Steve Martin se atrevió a producir, escribir y protagonizar (malas lenguas aseguran que también a dirigir) la película “Un Golpe del Destino” (A Simple Twist of Fate), interesante fabula que narra la historia de Michael, profesor de instituto que es abandonado por su novia pocos días antes de su prevista boda. Abatido, en lugar de darle a la botella o lanzarse desde un puente (como haría cualquier ser humano normal), Michael se autoexiliará en un pueblecito montañés en el que apenas mantendrá contacto con nadie. Y así será hasta que un bebé abandonado en la puerta de su cabaña cambie su vida y el modo de afrontarla.

Demasiado blanda, pudo ser un melodrama digno pero se perdió por el exceso de celo mostrado por Martin, en aquel entonces embarcado en una personal cruzada “artística” con la que pretendió huir de la no siempre cómoda etiqueta de cómico.

Para mitómanos y fans histéricas se podría recordar brevemente el artefacto televisivo “El Chico de la Burbuja de Plástico”, inenarrable folletón destinado a adolescentes con exceso de acné y marginales varios que conocío gran repercusión en su día. Y no digo más que la caspa comienza a manifestarse.

Años más tarde, en 2001, se rodó un remake gamberro notablemente superior al original que incluía recodables momentos que incluían persecuciones amorosas con ángeles del infierno a modo de escolta y a Jake Gyllenhaal haciendo el gilipollas. Con dignidad, eso sí.

Pero si hay un asceta a recordar ése es “Simón del Desierto”, breve cinta satírica dirigida por ese ateo por la gracia de Dios llamado Luis Buñuel.

La conocida historia del Simón el estilita sirvió de excusa al director aragonés para cargar, una vez más, contra la religión, la iglesia y sus simbolos. Y ahí le tienen, sufriendo ante la tentación de la apetecible carne de la actriz mexicana Silvia Pinal pero sin perder la compostura. Bendito sea…

Más trascendente se puso el habitualmente burlón Paul Mazursky en “La Tempestad”.

Tomando como punto de partida la conocida pieza teatral de Shakespeare, el director neoyorkino retrató los devenires de un arquitecto hastiado de su vida en la gran ciudad que un día decide romper con todo y trasladar a su familia a una aislada isla griega en la que poder recuperar sus raíces.

Tremendamente pretenciosa, “Tempest” resulta fácil de odiar gracias al esfuerzo del director en demostrar lo muy profundo de su discurso. El resultado es tan amorfo que reconozco que me gustó. A alguien tenía que gustarle, digo yo.

Sin tantas pretensiones pero con resultados muy superiores, Mel Gibson debutó detrás de una cámara con la notable “El Hombre sin Rostro”. En este caso, el exilio fue forzado por la presión social ejercida sobre un maestro acusado de haber abusado y matado accidentalemente a uno de sus pupilos.

Contada con elegancia y sutileza, la paulativa redención de que será objeto su protagonista nunca será completa ni dejará de ser amarga. Dolorosamente memorable es la escena del triunfo final en la que el desfigurado profesor será testigo de su éxito en la soledad más absoluta.

Y un sonoro bravo para Mel.

Finalmente, y por cerrar con la mejor de las película aquí citadas, no se puede hablar de ermitaños de cine sin nombrar a “El Coleccionista”.

Canto del cisne rodado por William Wyler en un momento de su carrera en la que su declive era palpable, la película cuenta la historia de Freddie (Terence Stamp), inquietante empleado de banca azotado por una solitaria existencia que trata de amenizar con su pasión por coleccionar mariposas. Un día, Freddie decide mostrar el secreto amor que siente hacia una joven estudiante de arte del único modo que sabe: raptándola. Una vez en pleno cautiverio, el objetivo de Freddie consistirá en conseguir enamorar a la joven mediante juegos psicológicos que consigan derribar su barreras físicas y mentales.

Wyler evitó los juicios de valor y se limitó a narrar de modo cuasi documental la peripecia de dos personas aisladas en una campestre mansión inglesa. Las tretas ideadas por ambos actuan a modo de perfil psicológico en busca de la comprensión de las razones de los personajes sin pretender enjuiciar las motivaciones que expliquen sus actos. He ahí el amoral mérito de Wyler en ésta su última gran película. Sencillamente, una obra maestra.

Y ya está. Cierto que son muchas más, y algunas seguramente mejores, pero como muestra de agradecimiento pendiente por un favor amablemente satisfecho creo que ha sido suficiente.

Otro día más, que no mejor. Ahora tengo que desaparecer un par de días por cuestiones personales. Cuídense.

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