Fui una de las primeras personas de este país en descubrir a la familia Simpson, y no lo digo por presunción, más bien al contrario teniendo en cuenta cómo sucedió… 

Un verano de finales de la década de los ochenta o principios de los noventa (mi memoria es senil, excuses), Televisión Española programó de madrugada el Show de Tracy Ullman, cómica norteamericana escasamente graciosa pero resultona que por aquel entonces saboreaba un breve momento de gloria. El programa, que combinaba bloques de sketches protagonizados por la propia Ullman con entrevistas a personajes famosos, era flojo del copón. Poco apto para mi paladar de amianto de no ser por las cortinillas del show, pequeñas cápsulas pensadas como transición entre bloques, que estaban protagonizadas por una grotesca familia amarilla dibujada al más puro estilo underground. Fue ésa la razón de que soportase cada uno de los programas emitidos hasta que la llegada de septiembre acabó con la fiesta.

James L. Brooks, productor del show de la Ullman, fue el primero en darse cuenta de que con los debidos retoques los personajes creados por Matt Groening presentaban unas posibilidades infinitas. Así, tras convencer a la Fox de las bondades de la serie, nacieron “Los Simpson”. Lo que ocurrió después es sobradamente conocido…

El éxito brutal conocido por la serie no podía terminar de otro modo que en la pantalla grande. Muchos meses lleva Matt Groening y su equipo de marketing vendiendo la idea de que los Simpson de cine iban a ser todo un acontecimiento. Con la habilidad del trilero, han conseguido vender la idea del concepto diferenciador. Pero no, no ha sido así. Y es que salvo un par de movimientos de eje de la cámara y la fugaz visión de los genitales de Bart, todo lo que ocurre en “Los Simpson: La Película” lo hemos visto en televisión, con la notable diferencia de que los comprimidos episodios televisivos son mejores.

Ni un ápice de riesgo han corrido los guionistas. El argumento no es más que una amalgama de situaciones ya explotadas en la serie correctamente remendadas entre sí. Desde el cariño de Burt robado por Flanders a Hommer, hasta la catastofre ecológica sufrida por Springfield han sido ya tratadas, con mayor fortuna, en la pequeña pantalla. Lo que no significa que la película no funcione. Lo hace. Va bien. Más si se es fan de serie. Por mucho que se eche en falta la participación efectiva de los imprescindibles secundarios (todos ellos tratados como fugaces espectros) que han servido para levantar el mito amarillo. Así es, funciona, no entusiasma, pero se deja ver.

Al final, el cacareado acontecimiento prometido por Groening no fue. En realidad, la olvidable experiencia que viví el pasado viernes en una sala repleta se asemejó más al visionado de un especial navideño acompañado por una familia numerosa y aderezado por los llantos de un bebé situado detrás de mí, por las carcajadas histéricas del inevitable bocazas propio de toda sesión masiva y por la sensación de que, como dice Homer al principio de la película, hay que ser idiota para pagar por algo que se puede ver gratis. En fin…

Por otra parte, les recomiendo que si disponen de diez minutos se simpsonicen introduciendo una foto suya en esta page:

Simpsonizate

Es divertido (más o menos) y sobre todo… gratis. Advierto, eso sí, que cualquier parecido con la realidad del resultado es pura coincidencia, a juzgar por los conseguidos por mí…

Como un huevo a una castaña. Ese tío no soy yo, es Enriquito Iglesias… Joder…

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