Troceado en varias escenas de “French Kiss”, Larry Kasdan simbolizó el destino, uno de los principales mandamientos del catecismo de la comedia romántica, al impedir a Meg Ryan ver la torre Eiffel durante su desdichada estancia parisina. No era la capital francesa su destino, por ello sólo pudo contemplar a la principal seña de identidad de la ciudad de la luz por la ventanilla de un tren que se alejaba de ella. Todo lo contrario de lo que le ocurrirá al pequeño Remy, ratón de campo obligado a abandonar su hogar, cuya primera visión de la gran ciudad que le acogerá en su huida (su destino) será esta…

Mucho se ha hablado de que el refinamiento técnico de la Pixar corría una suerte inversamente proporcional a su fondo artístico. Y es cierto. “Cars” fue el colofón que terminó por confirmar tales sospechas. A todo esto, Brad Bird, director de “Los Imposibles”, última propuesta Pixar interesante que no brillante, apareció con la modesta historia de un ratón rural deseoso de hacer realidad su sueño de ser un gran chef, ignorante de su condición de ratón en un mundo propiedad de los humanos.

Y la propuesta no puede ser más clásica, más sobada: Un protagonista animal de aspecto adorable y nobles, además de utópicas, intenciones, un protagonista torpe y sin talento alguno cuya mayor virtud reposa en su pavorosa bondad, una chica a juego, osease, todo lo contrario de lo que él es (lo de la atracción de los opuestos y eso…), un maloso tan torpe como cabría esperar… Y como cabría esperar, la calidad técnica de la película es tan asombrosa como la habilidad del director a la hora de filmar elípticas escenas de acción (por una vez) nítidas. Para no ser menos, la historia, ciertamente bien escrita, recurre a cada tópico puntualmente, sin renunciar a la inevitable historia de amor, eficazmente virada a un segundo plano en esta ocasión. Esos son los mimbres. Tan habituales, tan erosionados por la sobreexplotación Disney de tantas décadas.

Pero para calificar la película, y la reacción que causó en mí, tendré que recurrir a uno de los personajes tapados de la cinta: el envarado crítico gastronómico, Anton Ego. Porque su largo monólogo final es lo que permite entender qué separa “Ratatouille” de lo convencional.

“En cualquier modo, el ejercicio de la crítica es fácil. Nuestro riesgo es muy pequeño en relación a todos aquellos que exponen su trabajo a nuestro juicio. Disfrutamos de las críticas negativas, tan divertidas de leer y escribir. Pero la amarga realidad es que nosotros, los críticos, debemos aceptar que en el gran esquema de las cosas, el trabajo más mediocre es más significativo que cualquiera de nuestros juicios de valor. Pero, en ocasiones, un crítico se arriesga sinceramente. Y ahí reside el valor del descubrimiento y la defensa de lo nuevo”.

Insisto, una vez más, en que el cine es sentimiento, no son claves aritméticas que cuadrar en balances. Es así y así será siempre, por muchas zancadillas que tenga que sortear. Lo que ocurre cuando una historia proyectada en una pantalla te impide levantarte de la butaca durante los minutos posteriores al prendido de las luces de la sala, no puede definirse con estrellitas ni pomposas palabras desgastadas gratuitamente.  Y es por eso que yo, que no pertenezco a ninguno de los gremios, pues no soy crítico ni soy artísta, tan sólo puedo recurrir a lo gastado (pese a la pérdida de valor que conllevan esas dos, por el uso, apaleadas palabras) para describir algo que va más allá de mis habilidades. Y es que, “Ratatouille” es una enorme Obra Maestra.

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