Se ha escrito y hablando tanto de ella y la mayoría ignora que su autentico nombre se corona con una e final y el Baker materno enmascara a un padre nunca conocido apellidado Mortensen.

A la hora de hablar de Marilyn Monroe todo vale. Inventense cualquier cosa que será dada por buena y seguramente publicada sin necesidad de ser contrastada. Desde la afirmación de Anthony Summers de que su destino estaba marcado al heredar el camerino que perteneció a Marlene Dietrich en los estudios de la Fox (cosa difícil, pues Marlene jamás trabajo para la Fox), hasta romances otoñales (lo contó Luis Gasca) con Errol Flynn que nunca ocurrieron. Al fin y al cabo todo en su vida fue falso: Falsa rubia con nombre falso que utilizó su cuerpo para medrar en la industria durante sus primeros e inseguros pasos. La lista de productores, agentes, fotógrafos y personalidades varias de la industria a los que se entregó es interminable. Para ella el sexo era a la vez un arma y un juego divertido exento de cualquier connotación negativa. En una ocasión, cuestionada por Truman Capote acerca del quién había sido su mejor amante, confesó: “Conocí a un tipo que estaba emparentado con Gary Cooper. Un corredor de bolsa, nada atractivo; tiene sesenta y cinco años y lleva unas gafas de cristales muy gruesos. Gordo como una medusa. No sé qué paso, pero…”

Falsa pues, es la vieja afirmacion de que fue una víctima usada por todos. Ella se prestó al juego de Hollywood y sacó mayor tajada que los 10 minutos de placer físico que lograron la mayoría de sus amantes a cambio. Pero, por supuesto, a efectos populistas siempre fue más atractivo enfatizar la tragedia y más rentable víctimizar las muertes tempranas.

En las cientos, puede que miles, de biografías que se han escrito sobre su vida se ha dicho de todo y casi todo es falso. Entre las más delirantes se encuentra la escrita por Luis Gasca en 1987 bajo el paradójico (irónico, más bien) título de “Marilyn Monroe: Toda la verdad”. El libro, repleto de datos sin confirmar, medias verdades y hechos directamente inventados por terceros que Gasca se limitó a transcribir sin comprobación previa, sería incluso divertido de no ser por lo escabroso de algunos de sus pasajes. Entre ellos se narra un supuesto abuso sexual sufrido por Norma Jeane a la edad de 11 años por parte de un tal señor Kimmel, supuesto vecino de la familia con quien vivía por entonces. En el grueso de biografías más rigurosas y documentadas sobre la vida de la Monroe no se hace referencia alguna a ese sujeto ni a dicho incidente. Es más, Gasca se basa en la confidencia que Marilyn le habría contado al periodista danés, Hans Jörgen Lembourn, quien, según afirma él mismo, mantuvo una relación con la reina platino. No hay constancia sólida de que esa relación traspasase alguna vez los límites de la imaginación del nórdico. Por otra parte, si en algo se distingía la actriz era en su poca discrección a la hora de guardar secretos a sus más íntimos. Ninguna de las personas cercanas a ella tiene constancia de aquel hipotético suceso.

Pero el que fuera director del festival de cine de San Sebastian no se corta y echa más leña al fuego al afirmar que Marilyn fue violada siendo adolescente por Erwin Goddard, compañero sentimental de la mujer que la acojía en aquella época. Y como resultado de aquel asalto sexual, Gasca se basa en los difusos relatos de dos amigas de Marilyn para afirmar que ella quedó embarazada, dió a luz y entregó su hijo en adopción en un hospital local. Ya que nos tiramos de cabeza que sea de un puente alto, digo yo. En realidad, y según afirma Donald Spoto (apoyado por testimonios y datos irrefutables) en su monumental biografía de la Monroe, la agresión no se llegó a consumar y por lo tanto, el embarazo debió ser psicológico, porque lo que es físico parece que no…

Todo vale, insisto, cuando se trata de ella. Pueden inventarle amantes que ni siquiera existieron, embarazos, conspiraciones presidenciales para acabar con su vida… e incluso maridos. Un cuarto marido, en su caso. En esta ocasión fue Anthony Summers (el hombre que popularizó el apelativo de “la diosa”) el que picó el anzuelo como un pardillo al dar veracidad al cuento chino inventado por un buscavidas llamado Robert Slatzer, quien aseguró haberse casado con Marilyn Monroe en Tijuana un 4 de octubre de 1952, en plena relación de la Monroe con Joe DiMaggio. Ni que decir tiene que Slatzer no dispone de ningún documento ni testigos que corroboren su historia. Ni falta que le hace, su palabra es suficiente… y Summers lo dio por bueno sin necesidad de otra cosa que el testimonio de un actor de tercera llamado Kid Chisell, que afirmó haberse encontrado por casualidad con su viejo amigo Slatzer mirando escaparates en Tijuana, y, “ya que estaba allí”, no tuvo inconveniente en ser testigo de su boda. Al margen de lo hilarante de ese cojonudo “ya que estoy aquí, voy a tu boda”, está demostrado que el fin de semana del 3 al 6 de octubre de 1952, Marilyn lo pasó en Los Angeles.

Tan ridícula historia no pudo tener mejor colofón que un divorcio (de nuevo, sin papeles ni registro alguno que lo atestigue) a los tres días de haberse celebrado la boda. Y es que, al parecer, Darryl Zanuck (mandamás de la Fox) mantuvo una fuerte discusión con Slatzer en la que le comunicó que el estudio había invertido demasiado dinero en Marilyn como para echar a perder su inversión por una locura de fin de semana. Nada menos que Zanuck, el hombre que no se dignaba a dirigirse a la pleve a no ser que tuviesen tetas y estuviesen situadas debajo suyo en el cuarto contiguo a su despacho, aquel que usaba para cepillarse a las starlets.

Para desmontar esta absurda historia basta, de nuevo, con leer los pasajes que le dedica Spoto al asunto. Al parecer, el escritor preguntó a Kay Eicher (ex-esposa de Slatzer) acerca del tema recibiendo las carcajadas de ella a cambio. Es ella, de hecho, quien conserva las únicas fotografías que muestran juntos a Marilyn y a Slatzer. Fueron tomadas en el set de rodaje de “Niágara” cuando un joven turista de Ohio (Slatzer) le solicitó a la estrella unas fotos como recuerdo. Acción que Marilyn (pocas veces una estrella fue tan generosa en ese aspecto con sus fans) repetía cientos de veces cada día. Ésa fue la primera y única vez en la que existe certeza de que sus caminos se cruzaran, pese a la afirmación de Slatzer de haber estado durante toda su vida, incluidos sus últimos días, en contacto permanente con Marilyn. Afirmación, ésta última, fácilmente desbaratable, pues ninguna de las personas del entorno de la Monroe dijo haber visto a Slatzer cerca de ella jamás.

Fue precisamente el insistente Slatzer el coautor de otra teoría disparatada: el supuesto romance en Marilyn y Robert Kennedy. Absurda afirmación, sin prueba alguna que la sustente, que casi todo el mundo da por buena. Pavorosa desinformación la que rodea al mito.

El escritor Norman Mailer le dedicó un sentido homenaje en “Marilyn”, para el que optó por la leyenda veraz sin prestar atención a las falacias que crecieron en su entorno. Para él fue la Príncesa Judía. La conversa que renunció a su fe por amor a un tipo, Arthur Miller, que escribió el mejor epitafio para una vida sometida a la impostura constante: “No fui a su funeral. ¿Por qué debía hacerlo? Ella no estaba allí”.

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