No, no voy a despotricar contra los Weinstein por el imperdonable crimen artístico cometido al dividir “Grindhouse” en dos películas independientes. El mejor castigo para ellos ha sido la catastrófica taquilla cosechada en los States, lugar privilegiado en el que han podido ver la película completa, curiosamente. Tampoco contra un público visualmente viciado tan acostumbrado a la violencia real/irreal y a la estética playstation que es incapaz de encontrarle sentido a algo que no pretende tenerlo. Por ese lado, algunos críticos han demostrado un triste bagaje cinéfilo al dudar de si Robert Rodriguez ha dirigido adrede bien o mal su troceada “Planet Terror”.  

Que no. Que “Planet Terror” no es una yuxtaposición, ni una hiperbolización, ni una metáfora por descrifrar. Es tan sencillo como un argumento sin historia poblado por zombies que devoran cerebros, chicas malas con actitud, tipos duros con muchas hostias y chulería por repartir y olor a palomitas rancias en la platea. Sin más. Un entretenimiento tan simple que hace lo imposible por eludir los diálogos graves y la vergüenza; Que un zombie te ha rebanado un dedo de un mordisco, pues ponte una tirita, joder. Que le han devorado una pierna a la go-go que no stripper, pues colocadle una ametralladora en su lugar, le será más util que la pata de madera de una mesa. Es todo. Para el director texano es más importante recrear las butacas viejas de tijera, las coca-colas de cristal sin pajita y las palomitas siempre frías de las sesiones de los años setenta y ochenta que explicar por qué un tipo lidera un improvisado éxodo a lomos de una minimoto. Es la complicidad el objetivo y son quinceañeros los que están frente a la pantalla. He ahí el problema.

Tarantino y Rodriguez contra el mundo. El lema que adorna el anillo que El Wray nunca pudo entregar a Cherry. Y en medio, los Weinstein practicando terrorismo artístico y un público que considera la saga “Matrix” como una referencia generacional. Estamos jodidos.

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