O, parafraseando y corrigiendo a Winston Churchill: Sangre, sudor y semen.

Más salvaje y desencorsetado que nunca. Verhoven se pone la careta de Rutger Hauer y se larga a devorar kilómetros sin destino fijo, coleccionando broncas, amantes de una noche y vello púbico (como hizo el marqués de Leguineche Berlanguiano en “La Escopeta Nacional”). Follar, beber cerveza y pasar la resaca en la furgoneta ¿puede haber vida mejor?…

Después apareció ella. Una de esas anomalías que ocultan los planes de viaje. Una tarada tan obsesionada con el sexo como él. Tan loca como él. Y ella trajo consigo la imagen de la muerte. Justo aquello que él siempre trató de evitar en su continua huida.

Al final quedó el doloroso recuerdo, los amaneceres en la playa y un excelente remake francés inconfeso de poético título, “37º 2 Le Matin” que un distribuidor español tocapelotas interpretó más vendible si la rebautizaba con el gilipollas título de “Betty Blue”.

Después, Verhoven saltó el charco y se olvidó del amour fou. Daba igual, aquello nunca podría superarse…

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