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Los Red Sox de Boston son especiales. Lo es su estadio, Fenway Park, que contradice cualquier norma estética al tener aserrado su flanco izquierdo, lo que le proporciona una belleza asimétrica que suma magia al aura del equipo. Ésa zona, que en cualquier otro estadio se cubre con gradas, es ocupada por un enorme muro verde, el green monster, testigo de las continuas decepciones sufridas por el equipo bostoniano a lo largo de éstos últimos 70 años. Los fans de los Sox lo califican como el lugar en el que se estrellan nuestros sueños.

La madrugada del pasado domingo, los Red Sox de Boston ganaron las series mundiales de baseball. Me alegro, y no debería que soy fan de los Yankees de Nueva York, pero no puedo evitar sentir simpatía por los malditos. La rivalidad entre unos y otros llega al punto de que en sus respectivos estadios se venden rollos de papel higienico con el escudo del rival. Odio que nació en 1919, cuando el propietario de los Sox decidió vender a Babe Ruth, su jugador icono, a los Yankees, para financiar el montaje en Broadway de la obra de teatro “No, no, Nanette” en la que intervenía su amante. Desde aquel instante se convirtieron en un equipo perdedor. Nació entonces la maldición del Bambino, según la cual los Red Sox jamás volverían a ganar las series mundiales.

Hay muchas formas de ganar y ninguna puede compararse con lo ocurrido el mes de octubre de 2004, cuando, 75 años después, la maldición se rompió. Los Sox se enfrentaban en la final de la conferencia Americana contra los Yankees. Éstos eran favoritos en todas las apuestas. Contaban con un invicto equipo de bombarderos capitaneado por Álex Rodriguez cuya sola visión causaba pavor en sus rivales. Frente a ellos, el pitcher dominicano Pedro Martínez abanderando a un equipo con la tradición y la suerte en contra. El mejor de siete partidos jugaría la final contra los Cardinals de Saint Louis. Los pronosticos se cumplieron y antes de comenzar el cuarto partido los yankees dominaban la serie por 3 a 0. El cuarto partido se celebró en un repleto Yankee Stadium bajo un ambiente infernal. Los bostonianos aparecieron en el campo asustados por los gritos insultantes de un público que jaleaba la presencia de un tipo disfrazado de fantasma (simulando ser el espectro de Babe Ruth) que correteaba de un lado a otro de las gradas. Cinco horas y media de calvario más tarde, David Ortiz daba la victoria a los Sox gracias a un home run en la duodécima entrada. Dos entradas menos de las que necesitarian para conseguir la victoria en el heroico quinto partido. Con 3 a 2 en el global de la serie, los Sox visitaron de nuevo el Yankee Stadium con la cabeza alta pero con el equipo diezmado. Como pitcher de apertura se recurrió al veterano Curt Schilling. Cerca de la cuarentena y con el tobillo seriamente lastimado, Schilling insistió en jugar interpretando el partido como la última oportunidad de abrillantar su carrera con un título. Sus gestos de dolor fueron palpables desde la primera bola lanzada. Cada movimiento realizado culminaba con las manos de Schilling en su pie en un vano intento por aliviar el dolor. En la segunda entrada su tobillo comenzó a sangrar. El público neoyorkino (famoso por su irreverencia) consciente de la situación inició una serie de crueles cánticos dirigidos al pitcher. Muerete, viejo, debió ser el que más dolió. Pero él continuó con su rutina a duras penas: lanzamientos de ballesta y manos al tobillo, una y otra vez hasta que se rompió. A pesar de ello, y desoyendo a los médicos del club y a sus propios compañeros, continuó en el juego hasta que la sangre tiñó de rojo la totalidad de la media.

Mediado el partido, y con cuatro carreras a dos en contra, la inspiración del sacrifico de Schilling enrabietó a su compañeros. Aquella noche los Sox ganaron algo más que un partido, restituyeron el orgullo perdido siete décadas atrás. Dos días más tarde, unos anonadados Yankees eran rematados en Fenway Park por 10 a 3. Así nacen las leyendas.

Es así, los Sox son especiales. Su hinchada lo es, no se parece a ninguna otra. Fieles hasta el tuetano, los abonos se traspasan de padres a hijos, de tal modo que la asistencia al campo se convierte en una especie de reunión familiar.

La victoria del pasado domingo por la noche supone su segundo título tras romper la maldición del Bambino hace tres años. Derrotaron a los Rookies de Colorado por 4 a 0, si bien el título lo ganaron realmente tras una nueva remontada heroica, en la final de la liga Americana, frente a otro equipo con maldición a cuestas, los Indians de Cleveland. Y sí, soy fan de los Yankees desde que vi a Gary Cooper en la piel de Lou Gehrig proclamar que se sentía el hombre más feliz en la faz de la tierra en el clásico de Sam Wood, “El Orgullo de los Yankees”, pero me alegró sinceramente el triunfo del más querido enemigo. Los malditos pueden ganar, y además repetir. Quién lo diría.

Y aquella noche, y fue casualidad, llevaba puesta una camiseta de los Yankees; Dorsal número 3, el número que lució Babe Ruth y que nadie más volverá llevar a su espalda en el equipo neoyorkino. El azar es caprichoso.

Tan difícil de construir es un buen biopic como complicado es armar una película partiendo de lo anecdótico, y la indiferencia con la que ha sido recibida “La Joven Jane Austen” (Becoming Jane) podría servir para confirmar el odioso tópico. Los defectos parten de su propia base, lo que aboca a la cinta dirigida por Julian Jarrold al desastre con tan sólo unos minutos de metraje consumidos. Sus pecados son legión, facílmente localizables y dolorosamente (para los que amamos la figura de la escritora inglesa) enumerables. Por ello, es una tarea complicada no hacer demasiada sangre con una película que tiene más vida interior de la que su mejorable director es capaz de extraer. “Becoming Jane” peca por exceso, que no por defecto. La excesiva ligereza de su primera y confusa media hora retrotraen inevitablemente a identificar la propuesta con “Shakespeare in Love”, en lo que aparenta ser un vano intento de repetir la éxitosa jugada de la película dirigida por John Madden. Sin embargo, carece de entidad para equipararse con su antecesora. Al igual que ésta, utiliza anacronísmos, más gestuales que materiales, que apestan a dictado de alumno de primaria. Su aliento, que se supone fresco, apenas puede insuflar vida al relato. Sus personajes, por arquetípicos, tienen tanta vida como un teleñeco sin marionetista que enrede en sus hilos. Finalmente, su estética es más propia de una envarada teleserie de “prestigio” producida por la BBC que de un producto cinematográfico, defecto en el que el cine de época tiende a incurrir. Sin embargo, el tiempo juega a su favor y el transcurso de los minutos le proporciona densidad suficiente para regalar una modélica media hora final que permite reconciliarse con una película que mereció mejores manos y una mirada más aguda detrás de las cámaras.

Atacar a “Becoming Jane” es tan fácil como difícil resulta el destacar sus virtudes. Tal vez por la neglicencia de su director, incapaz de insinuar aquello que no se debe señalar. Y no son pocas las sutilezas del guión que la torpeza de Jarrold no ha conseguido mutilar. Per example (si lo desean, pinchen en los enlaces que ilustran las escenas)…

– No es casualidad el hecho de que el hermano de varón de Jane (eran seis) con el que mantiene una relación más estrecha sea sordomudo (1). La metáfora, que hace alusión a la soledad e incomprensión en la que vive la escritora, es obvia para todos menos para Jarrold, quien considera superfluo el detalle y apenas concede minutos al personaje secundario, consiguiendo que nunca lleguemos a comprender la intención de lo sugerido.

– El vouyerismo de Jane es usado como modo de mostrar su cuarteada visión del mundo al carecer de experiencia (2). Detalle fundamental que terminará siendo reducido a dos únicas escenas. Jane observa la vida desde su ventana y la que le proporcionan los libros, llegando a interactuar con ella únicamente cuando hay libros de por medio. Un ejemplo textual sería su primer encuentro con Tom Lefroy, el cual se produce en una biblioteca (3), tras ser consciente él de estar siendo espiado. Los libros sirven como primer nexo de unión y seguirán cumpliendo su cometido cuando Tom le ceda un ejemplar de “Tom Jones” para calibrar la candidez de Jane. Su respuesta será dual; no sólo no se escandalizará sino que denunciará la inmoralidad del libro, obviando su alto componente sexual y picaresco, e insistiendo en su falta de verdad: “En el libro los malvados pagan su pena y los bondadosos triunfan, pero la vida no es así. En la realidad los malvados disfrutan y los bondadosos sufren”.

Si bien el primer encuentro real de Jane y Tom se produce en el bosque, lugar que ella ama y él, como animal de ciudad, odia. De nuevo lo obvio torpemente expresado: Ella pasea por un sendero rodeada por un entorno de cuento mientras él se topa con cada rama caída y barrizal del camino. Sólo al encontrarse con ella, él hallará su rumbo.

– Las estampas del día de campo que comparten los Austen con sus vecinos están planificados para ser algo más que vacuos planos esteticistas. El modo en el que Jane es rodeada por sus dos pretendientes (4) mientras ella les ignora para dirigir la mirada al campo de juego donde se halla Tom, son equiparables a la escena de baile en la que su mirada se mantiene fija en él (5) pese a ser pareja de baile del Sr. Wisley. La complicidad de Tom y Jane se manifiesta en sonrisas que aparecen y desaparecen al ritmo de sus encuentros como las nubes en un día de primavera londinense (12). Intenciones que son nuevamente desaprovechadas para reinterpretar estéticamente el universo creado por Austen en sus novelas adaptándolo para mentes adolescentes: los bucólicos arrumacos de los protagonistas (7) y prescindibles estampas bajo la lluvia (8), parecen interesar más a Jarrold que las sutiles ironías presentes en la obra de la autora inglesa.

Son muchos más los detalles aparentemente nímios que consiguen dotar de gravedad a la película. El hecho de que Jane siempre se acompañe de un libro (9), o el que sea mostrada leyendo o escribiendo continuamente (10). La escena en la que ella, incapaz de dormir, se levanta para escribir de madrugada, presa de la excitación por lo que le deparará al día siguiente, es especialmente hermosa. Como lo es la despedida definitiva de los amantes que transcurre en una posada, entre el ruidoso trasiego constante de carros y personas. Por una vez, la cámara en mano consigue transmitir la sensación de confusión sentida por Jane, cuya mirada rastrea sin éxito en busca de un último vistazo del que fue y será su primer y último amor. No conseguirá encontrarle entre el bullicio. Resignada, ocupa su asiento en el carruaje para toparse de refilón con la imagen buscada, la de un atolondrado Tom. El enfoque final, con su rostro encuadrado por la ventanilla trasera del compartimento se convertirá en el retrato que ella mantendrá grabado en su memoria el resto de su corta vida.

La escena final, por una vez serena, contiene la emoción de un improbable encuentro entre unos ya maduros Jane y Tom. Él, le presentará a su hija con la amargura que produce aquello que no fue consumado: “Ella es mi hija, su nombre es Jane”… pero Jarrold aprendió demasiado tarde los mecanismos que hacen funcionar el difícil arte del melodrama. De lo social, mejor no hablar. Una sarta de tópicos que incluyen un padre bondadoso y una madre arpía, pequeños retales reivindicativos que esbozan el sometimiento de la mujer (la visita a la escritora socialmente marginada), y un par de enfáticas soflamas impropias de una mente tan brillante como fue la de la homenajeada. El cartel de la película bien podría servir como perfecta guinda de lo bochornoso que resulta lo pretendidamente ingenioso: Jane posa su mano en el pecho de Tom mientras sujeta una pluma (11). Sí, al parecer Jane Austen era escritora. Propongo que en un probable futuro biopic de Maradona, le situen sentado sobre un balón con la pechera cubierta de polvo blanco.

En fin. Cantaba Joel Grey que el dinero es lo que hace girar al mundo. El dinero y el sexo, así lo daba a entender en aquel famoso número musical incluido en la película “Cabaret”. Del mismo modo, Tim Burton aseguró en “Big Fish” que el amor le hace detenerse. “La Joven Jane Austen” confirma la regla y la corrige. Si el dinero y sexo consiguen que el mundo gire, sólo el amor es capaz de detenerlo. ¿O era el desamor?…

¿Y por qué eres un borracho? -pregunta Sera.

¿Es eso lo que querías preguntarme? -tantea él.

Bueno, entonces supongo que ésta será nuestra primera cita y la última. Hasta ahora, no estaba seguro de si era una cosa o la otra.

Muy listo. De acuerdo. La primera. Es la primera -admite ella-. Estoy preparada. ¿Por qué te matas así?

No lo recuerdo. Sólo sé que quiero hacerlo.

Leaving Las Vegas. John O’Brien.

Mediado el año 1978, un joven escritor de Brecksville (Ohio) llamado John O’Brien prometia hacer feliz a Lisa, su novia del instituto desde años atrás. Meses más tarde, John y Lisa se casaban en la pequeña iglesia metodista del pueblo…

Andaba la productora Annie Stewart trasteando por la sección de saldos de una librería de Los Angeles cuando le llamó la atención un libro pésimamente editado en rústica titulado “Leaving Las Vegas”. Tras devorarlo en una sóla noche, se planteó la posibilidad de convertirlo en celuloide. El primer paso consistia en lograr los derechos de la novela, algo que en principio no parecía demasiado complicado…

Consumidos tres años de matrimonio, John había incumplido su parte del trato: hacer feliz a Lisa. Bebía continuamente debido a la angustia de presenciar cómo sus planes de éxito no terminaban de fraguar. Sus escritos eran rechazados sistemáticamente al tiempo que la desazón corría dentro de él. Un día, creyó dar con la solución a sus problemas, mudarse al lugar donde está la acción: la ciudad de Los Angeles…

Encontrar a John O’Brien fue difícil. Sin un hogar definido, su rastro sólo podía seguirse gracias a las deudas que iba dejando allí por donde pasaba. Una vez localizado, un alcoholizado tipo de voz cazallera no puso ningún reparo en vender su novela. Tan sólo impuso una condición: no cambiar el final…

Una vez instalados en Los Angeles, todo fue a peor. John escribía sin parar noche y día. Guiones, cuentos cortos, artículos. Empezó a escribir una novela, pero nadie parecía interesado en su trabajo. Llegaron los niños y se acabó el dinero. Para mantener a su familia, John inició una rueda de trabajos basura de la que ya no podría escapar. Fue cobrador de gas, mozo de almacén y cargó camiones en el puerto. Y la desazón volvió. Un día, de vuelta a casa, se detuvo frente a la puerta de un bar…

Finalizado el primer paso, se contactó con el director britanico Mike Figgis para dirigir la película. Su implicación con el proyecto fue tal que escribió el guión y compuso la banda sonora además de dirigir la cinta. Todo marchaba razonablemente bien, la United Artist parecía interesada en distribuir la película. Su matriz, la MGM, se encargaría de la producción. John O’Brien se mantenía al margen del proceso creativo. Su única obsesión era el dinero. Pedía más una y otra vez. Éso y que el final fuese respetado, lo demás no parecía importarle…

Al despertar, una nueva mañana de resaca, Lisa no estaba. John la buscó por toda la casa pero no encontró más que una nota en la que le anunciaba que su paciencia se había agotado. Podría encontrarla en la casa de sus padres, en Ohio. El golpe no pareció afectarle en un principio. De hecho, pareció espolearle. Consiguió acabar su novela; La historia de un borracho autodestructivo que planea suicidarse bebiendo en la ciudad de Las Vegas. La tituló “Leaving las La Vegas”. En la tercera página aparece una breve dedicatoria: “A Lisa, testigo privilegiado”…

Todo estaba listo para comenzar. Unos pequeños detalles y en pocas semanas el rodaje podría iniciarse. Figgis quería que John O’Brien estuviese presente durante el proceso de producción para que pudiese comprobar en primera persona cómo sus palabras se convertían en imagenes. No pudo ser. Una mañana recibió la noticia vía telefónica. John O’Brien se había volado la cabeza aquella misma noche. Superada la primera impresión, se le consideró una víctima colateral y el equipo se conjuró para dedicarle la película. Se consideró que el gesto sería más que suficiente…

En 1990 la suerte pareció cambiar para John. Una pequeña editorial aceptó su manuscrito y lanzó una edición de mil ejemplares. Le enviaron uno de ellos. La edición era pésima. El papel tenía una apariencia sucia, casi grasienta. La impresión no era uniforme, de tal manera que había páginas en las que la tinta parecía desvanecerse. La cubierta era tan frágil que él rompió su ejemplar al abrir el paquete en el que le fue enviado. Pero estaba satisfecho. Lo consideró un primer paso hacia la normalización de su vida. El primer paso para recuperar a Lisa. Poco después, uno de los guiones que envió a la productora de la serie de animación “Rugrats”, era aceptado. Todo iba bien. Todo iría bien desde entonces…

El estreno de “Leaving Las Vegas” fue apoteósico. Las críticas ensalzaron una película en verdad mediocre, y señalaron en particular la intensa interpretación de su duo protagonista: Nicholas Cage y Elisabeth Shue. Recibió cuatro nominaciones a los premios de la Academia, incluido mejor director para Figgis y mejor actriz para Shue. Nicholas Cage recogió su premio el último lunes de marzo de 1996. En su discurso de aceptación, recordó brevemente a John O’Brien

Corría el año 1993 cuando un tipo con aspecto de homeless recibió la visita de dos productores de Hollywood. Le dijeron que llevaban semanas buscándole, querían producir su novela. Él los recibió en una habitación desastrada que olía a orina y vodka. Aceptó la propuesta. Sólo les pidió que respetasen el final, con el resto podían hacer lo que quisieran. También les pidió dinero. Todo el que le pudieran conseguir. Los tipos de Hollywood le prometieron entre cincuenta y cien mil dólares. Debía hacerse cargo de que se trataba de una producción independiente con un presupuesto limitado. Debieron pensar que con lo que le daban podría comprar suficientes botellas de bourbon para un década. Cuando descubrieron su cadáver se creyó que llevaba varios días muerto debido al mal olor. En realidad apretó el gatillo aquella misma noche. No encontraron nota de suicidio, pero las circunstancias no dejaban lugar a la duda. Días más tarde, Lisa O’Brien recibió una carta de John fechada dos días antes. Dentro del sobre, un cheque de cien mil dólares y una escueta nota escrita con pulso tembloroso que contenía sólo dos palabras: Forgive me

Al notar un repentino vacío en la habitación, petrificada por el alivio y la pena, agotada por la realidad, Sera sabe, incluso antes de volverse y mirar el cuerpo quieto, que Ben a muerto.

(…)

Y ese cuerpo sin vida se enfría en la cama del hotel, ajeno al beso que se desgaja del alma de Sera y que desde ahí se transmite como una orden a sus labios en un acto final, para dar por concluidas las horas que ha pasado ante la ventana, contemplando esos ojos muertos que miran el techo, y para darle una ocasión de tocarlo además de cerrarle los ojos; ajeno a los ojos de Sera, húmedos al principio, pero que luego se han secado y siguen secos, incluso cuando los gemidos empiezan a subir por su garganta, sólo para perderse luego en el estrépito del casino mientras sale del hotel; ajeno a su cama; ajeno a la verdad de la vida de Sera, que serpentea de vuelta a casa. Sera se desnuda, se cepilla los dientes y yace despierta en la oscuridad.

Se hizo una lista, hace bastantes años, de las mejores historias de amor enmarcadas en el aspero género del western. Un territorio tan hostil para la exhibición de cualquier tipo de sentimiento explicito requirió siempre de una sutileza extrema a la hora de mostrar tan delicado tema. 

Éstos fueron algunos de los momentos que formaron parte de aquella lista: Las miradas fugaces cruzadas por Alan Ladd y Jean Arthur en “Shane”, la melancolia gestual de Vera Miles al doblar la capa de John Wayne en “Centauros del Desierto”, el modo en que James Stewart roza las manos de Vera Miles en “El Hombre que Mató a Liberty Valance” mientras la enseña a leer. Pero seguramente la sutileza alcanzó su grado máximo en la reciente “Sin Perdón”

“Era una joven atractiva y no sin oportunidades matrimoniales. Por consiguiente a su madre le partía el corazón que se casara con William Munny, un conocido ladrón y asesino, un hombre de cáracter notoriamente inmoral y violento. Cuándo ella murió no fue a manos de él, como había esperado su madre, sino de la viruela. Eso ocurría en 1878”

Clint Eastwood echó mano de la elipsis narrativa para mostrar una historia de amor que no se ve pero que está presente en cada instante de la cinta. La película se abre y se cierra con el recuerdo de Claudia Munny, esposa del poco recomendable ladrón y asesino William Munny. El epílogo final, acompañado de las suaves notas del “Claudia’s Theme”, dice así…

“Algunos años más tarde la señora Ansonia Feathers efectuó el arduo viaje al condado de Hodgemon para visitar el último lugar de descanso de su única hija. Hacía mucho tiempo que William Munny había desaparecido con sus hijos. Unos dicen que se fue a San Francisco, donde se rumoreaba que había prosperado comerciando con mercancías en general. Y en la lápida no había nada que explicara a la señora Feathers por qué su hija se había casado con un conocido ladrón y asesino, un hombre de carácter notoriamente inmoral y violento.”

Pues bien, la redención de Kevin Costner como director pasó por la ruptura del más sagrado dogma del western. Olviden la admirable contención narrativa de la que hace gala “Open Range”. Ignoren también (si pueden) el estruendoso tiroteo final, claramente deudor del famoso duelo en O.K. Corral, en el los colts resuenan como si fuesen los mismísimos cañones de Navarone. Porque es la crepuscular historia de amor entre un maduro vaquero de oscuro pasado y una solterona resignada a la monotonía de una vida solitaria, lo que la distingue definitivamente como una obra mayor pese a las no pocas voces que tienden a infravalorarla. Costner se inclinó por la contención explícita. Las palabras muestran y los gestos esconden. Primero, el director opta por seguir el manual que regula al género, al filmar mediante sutiles miradas el momento en el que Sue se reconoce en los silencios del errático Charley. Después, tornará hacia lo elocuente cuando ella le pida que no abandone el pueblo porque “tengo planes para nosotros, Charley”. Finalmente, se expodrá por completo a través de metáforas reconocibles e infinidad de detalles. Porque son muchos los detalles que enriquecen la escena y que pocos vieron o quisieron ver. El más llamativo tal vez sea el lugar en el que se produce el reencuentro de Charley y Sue; el pequeño jardín “amurallado” en el que ella trabaja muestra el pequeño universo en el que Sue ha confinado su vida. Su soledad es comparable a las lejanas montañas azules que se contraponen al fondo, hogar del desarraigado Charley. La fusión de ambas imagenes, con la cámara alejada púdicamente, confirman al mejor Costner.  

Charley: Estoy enamorado de ti. Lo he estado desde el día en que te conocí, pero he tardado en comprenderlo. Sé que no soy el hombre que esperabas apareciera en tu vida. Y sé que tu hermano no me escogería para ti

Sue: Charley, ¿sabes qué edad tengo?

Charley: Eso me da igual

Sue: Ya no soy un muchacha

Charley: Eres al mujer más guapa que he conocido

Sue: He tenido mis decepciones, Charley

Charley: Yo no voy a ser una de ellas… Jamás pensé que viviría tanto, Sue. Con la vida que he llevado no me importaba mucho. Cuando me alejaba, al pensar que no volvería a verte, fue la sensación más horrible que he tenido en mi vida. Sé que puedo ser un buen marido. Y sé que no te lo he pedido, pero te lo pido ahora… ¿Quieres casarte conmigo?

Sue: Charley… Sí. Me casaré contigo.

Charley: ¿Puedo besarte?

Sue asiente

Charley: Pienso darte mil como éste antes de morir

Juan Antonio Cebrián era el “El Cebri”. El colega, el amigo. Desde que le encontré por casualidad, hará unos diez años, nunca me faltó. El día en que mi hermana pequeña se sometió a una delicada operación, allí estaba él, compañero de insomnio, hablando de los bimanas, de invasiones godas o de casas encantadas. Y entonces, al escucharle, me sentía aliviado, todo iba bien. No era un amigo, era más. Era el consuelo que seguía al dolor de los días. El mismo consuelo que debe necesitar Silvia, su esposa. No sé por qué, pero el primer pensamiento que me llegó a la cabeza tras escuchar que él ya no estaba, fue para ella. Recordé aquel retrato que le dedicó el diario El Mundo en la que la definía como su mujer, su confidente, su amante, su productora, su chófer, sus ojos. No imaginaba la vida sin ella, decía. Me pregunto ahora cómo podrá ella imaginar la vida sin él.

Y tal vez la cuestión sea otra. Para C.S. Lewis la solución al dolor era sencilla: nunca debes encariñarte con nadie. Si no hay amor no hay dolor. Pero no querele a él era tan difícil. Transmitía la inocencia y la capacidad de asombro de un niño. En su voz, las invasiones napoleónicas perdían su componente cruel para convertirse en parte de una novela de aventuras de Jack London o Salgari. Al sonar la melodía del programa, la misma que acompañó a Hugh Grant cuando subió una colina y bajó de una montaña, el mundo se detenía y todo parecía tener solución. Pintores, escritores, soldados de guerras olvidadas. Recuerdo que tras su retrato de los últimos días de vida de Edgar Allan Poe se adivinaban sus lágrimas. Las mismas que derramamos, todos los que formamos la logia rosaventera, ayer noche. Porque fue anoche, cuando subí al coche de J. e inicié el ritual de cada sábado en busca de su voz, que encontré otra, quejosa, anunciando la muerte de Juan Antonio Cebrián esa misma tarde a los 41 años de edad. Y el mundo, mi mundo, se vinó abajo en aquel momento porque el Cebri era uno de sus pilares más sólidos. Ha muerto un hombre bueno, dijo un lloroso Iker Jiménez, a la misma hora en otro lugar. La balanza se ha desestabilizado un poco más desde esta noche.

John Huston llevaba semanas tratando de convencer a Tennessee Williams de cambiar el enfoque original de su obra, “La Noche de la Iguana”, cuando surgió el tema de la misoginia del escritor. Huston pretendía dar mayor relevancia a las dos mujeres de la función en detrimento del protagonista masculino. Williams no soportaba tal idea. Para Huston, el personaje del reverendo Shannon era plano, a pesar de su gran complejidad. Le resultaba más atractivo el contraste entablecido entre la casquivana Maxine y la puritana Hannah. Sobre la elaboración del raparto apenas hubo discrepancias. No podía haber mejor reverendo Shannon que Richard Burton. El papel de la tentadora adolescente Charlotte parecía haber sido escrito para Sue Lyon. Ava Gardner era Maxine. La única duda del dramaturgo se depositaba sobre Deborah Kerr, encargada de dar vida a la predicadora baptista Hannah Jelkes. Las dudas de Williams fueron cortadas de inmediato por Huston: “Hay algo en ella muy complejo y muy profundo que contradice su apariencia y el tipo de papeles que la ofrecen a menudo”. El genio aspero siempre tuvo la habilidad de apreciar lo que esconden las apariencias.

Deborah Kerr fue una de las seis rosas inglesas. Aquella lista que encabezaba Elizabeth Taylor y cerraba Patricia Roc. Ella estaba en medio, sin hacer ruido. La delicada rotundidad de sus rasgos le proporcionaba una elegante serenidad innata imposible de impostar. Junto a otra de las rosas, Jean Simmons, saltó a al estrellato intrepretando a una monja en “Narciso Negro” de Michael Powel y Emeric Pressburger. Comenzó entonces una inmaculada carrera que incluyó clásicos como “De Aquí a la Eternidad”, “Las Minas del Rey Salomón”, “¿Quo Vadis?” y “El Rey y yo”. Siempre en papeles de perfil apenas oscilante. Pero lo mejor estaba por llegar. Protagonizó el cuento cruel “Suspense”, otra vez en el papel de institutriz, fue una treinteañera reprimida por su madre en “Mesas Separadas” y compartió un desesperanzado verano en la costa azul con David Niven y Jean Seberg en “Buenos Días Tristeza”. Todos la recordarán siempre como la Terry McKay de “An Affair to Remember”, y por haber portado con dignidad el estima de haber sido seis veces nominada al Oscar, sin conseguir ganar ninguno, aquella noche de 1994 en la que recogió su premio de la academia honorifico en la que fue su última aparición pública.

Su vida ha sido un regalo para los que amamos el cine. No imagino mejor epílogo que recordar uno de los muchos buenos diálogos que pronunció bajo la piel de Hannah Jelkes.

“Nada de lo humano me repugna, Sr. Shannon, a menos que sea poco amable o violento”

Dios, esto parece la mansión de Miss Havisham, aquella vieja loca de “Grandes Esperanzas”

Pues sí, en dos meses pueden ocurrir muchas cosas. Per example, pueden borrar tu cuenta de Youtube por infringir los sacrosantos derechos de autor. Sin duda, los dos minutos de “El Paciente Inglés” que colgé debieron saciar de tal manera a las mil personas que lo vieron que decidieron que no necesitaban ver la película después de tal atracón. Una pena esta nueva forma de fascio que algunos pretenden imponer para justificar su propio fracaso. Puede ocurrir que el posteo de las estrellas porno muertas que durante meses reinó en las ruinas antárticas haya sido ampliamente rebasado por los falos, enhiestos o no. Pueden haber ocurrido montones de circunstancias personales que no hayan servido para modificar situaciones, pero sí para dañar y desgastar. Y puede aparecer un pequeño grupo de canas que ha brotado por sorpresa en las últimas semanas fruto del estrés, según algún médico. La pérdida de peso y la caída masiva de cabello, al parecer también. Igualmente, puede ocurrir que un par de personas que se dejaban caer en la vieja Antártida siguiesen visitándola con frecuencia, a pesar de que lo único que podían encontrar por allí eran esas balas de paja que cruzan las calles vacías de un poblado del oeste. Para ellas, y todos aquellos que lo hicieron en alguna ocasión, va dirigido este tributo pequeño pero sincero.

Vale, ¿quieren saber cómo acaba la obra? Pues bien, adelante. Acabará mal, seguro, que uno es pesimista/realista y los milagros son cosa de las pelis de Capra o Sturges. Aquí estoy y aquí seguiré hasta que se deshiele lo que sustenta el tenderete. A ver si dura, como mínimo, tanto como el encayamiento del Endurance.