Juan Antonio Cebrián era el “El Cebri”. El colega, el amigo. Desde que le encontré por casualidad, hará unos diez años, nunca me faltó. El día en que mi hermana pequeña se sometió a una delicada operación, allí estaba él, compañero de insomnio, hablando de los bimanas, de invasiones godas o de casas encantadas. Y entonces, al escucharle, me sentía aliviado, todo iba bien. No era un amigo, era más. Era el consuelo que seguía al dolor de los días. El mismo consuelo que debe necesitar Silvia, su esposa. No sé por qué, pero el primer pensamiento que me llegó a la cabeza tras escuchar que él ya no estaba, fue para ella. Recordé aquel retrato que le dedicó el diario El Mundo en la que la definía como su mujer, su confidente, su amante, su productora, su chófer, sus ojos. No imaginaba la vida sin ella, decía. Me pregunto ahora cómo podrá ella imaginar la vida sin él.

Y tal vez la cuestión sea otra. Para C.S. Lewis la solución al dolor era sencilla: nunca debes encariñarte con nadie. Si no hay amor no hay dolor. Pero no querele a él era tan difícil. Transmitía la inocencia y la capacidad de asombro de un niño. En su voz, las invasiones napoleónicas perdían su componente cruel para convertirse en parte de una novela de aventuras de Jack London o Salgari. Al sonar la melodía del programa, la misma que acompañó a Hugh Grant cuando subió una colina y bajó de una montaña, el mundo se detenía y todo parecía tener solución. Pintores, escritores, soldados de guerras olvidadas. Recuerdo que tras su retrato de los últimos días de vida de Edgar Allan Poe se adivinaban sus lágrimas. Las mismas que derramamos, todos los que formamos la logia rosaventera, ayer noche. Porque fue anoche, cuando subí al coche de J. e inicié el ritual de cada sábado en busca de su voz, que encontré otra, quejosa, anunciando la muerte de Juan Antonio Cebrián esa misma tarde a los 41 años de edad. Y el mundo, mi mundo, se vinó abajo en aquel momento porque el Cebri era uno de sus pilares más sólidos. Ha muerto un hombre bueno, dijo un lloroso Iker Jiménez, a la misma hora en otro lugar. La balanza se ha desestabilizado un poco más desde esta noche.

Anuncios