¿Y por qué eres un borracho? -pregunta Sera.

¿Es eso lo que querías preguntarme? -tantea él.

Bueno, entonces supongo que ésta será nuestra primera cita y la última. Hasta ahora, no estaba seguro de si era una cosa o la otra.

Muy listo. De acuerdo. La primera. Es la primera -admite ella-. Estoy preparada. ¿Por qué te matas así?

No lo recuerdo. Sólo sé que quiero hacerlo.

Leaving Las Vegas. John O’Brien.

Mediado el año 1978, un joven escritor de Brecksville (Ohio) llamado John O’Brien prometia hacer feliz a Lisa, su novia del instituto desde años atrás. Meses más tarde, John y Lisa se casaban en la pequeña iglesia metodista del pueblo…

Andaba la productora Annie Stewart trasteando por la sección de saldos de una librería de Los Angeles cuando le llamó la atención un libro pésimamente editado en rústica titulado “Leaving Las Vegas”. Tras devorarlo en una sóla noche, se planteó la posibilidad de convertirlo en celuloide. El primer paso consistia en lograr los derechos de la novela, algo que en principio no parecía demasiado complicado…

Consumidos tres años de matrimonio, John había incumplido su parte del trato: hacer feliz a Lisa. Bebía continuamente debido a la angustia de presenciar cómo sus planes de éxito no terminaban de fraguar. Sus escritos eran rechazados sistemáticamente al tiempo que la desazón corría dentro de él. Un día, creyó dar con la solución a sus problemas, mudarse al lugar donde está la acción: la ciudad de Los Angeles…

Encontrar a John O’Brien fue difícil. Sin un hogar definido, su rastro sólo podía seguirse gracias a las deudas que iba dejando allí por donde pasaba. Una vez localizado, un alcoholizado tipo de voz cazallera no puso ningún reparo en vender su novela. Tan sólo impuso una condición: no cambiar el final…

Una vez instalados en Los Angeles, todo fue a peor. John escribía sin parar noche y día. Guiones, cuentos cortos, artículos. Empezó a escribir una novela, pero nadie parecía interesado en su trabajo. Llegaron los niños y se acabó el dinero. Para mantener a su familia, John inició una rueda de trabajos basura de la que ya no podría escapar. Fue cobrador de gas, mozo de almacén y cargó camiones en el puerto. Y la desazón volvió. Un día, de vuelta a casa, se detuvo frente a la puerta de un bar…

Finalizado el primer paso, se contactó con el director britanico Mike Figgis para dirigir la película. Su implicación con el proyecto fue tal que escribió el guión y compuso la banda sonora además de dirigir la cinta. Todo marchaba razonablemente bien, la United Artist parecía interesada en distribuir la película. Su matriz, la MGM, se encargaría de la producción. John O’Brien se mantenía al margen del proceso creativo. Su única obsesión era el dinero. Pedía más una y otra vez. Éso y que el final fuese respetado, lo demás no parecía importarle…

Al despertar, una nueva mañana de resaca, Lisa no estaba. John la buscó por toda la casa pero no encontró más que una nota en la que le anunciaba que su paciencia se había agotado. Podría encontrarla en la casa de sus padres, en Ohio. El golpe no pareció afectarle en un principio. De hecho, pareció espolearle. Consiguió acabar su novela; La historia de un borracho autodestructivo que planea suicidarse bebiendo en la ciudad de Las Vegas. La tituló “Leaving las La Vegas”. En la tercera página aparece una breve dedicatoria: “A Lisa, testigo privilegiado”…

Todo estaba listo para comenzar. Unos pequeños detalles y en pocas semanas el rodaje podría iniciarse. Figgis quería que John O’Brien estuviese presente durante el proceso de producción para que pudiese comprobar en primera persona cómo sus palabras se convertían en imagenes. No pudo ser. Una mañana recibió la noticia vía telefónica. John O’Brien se había volado la cabeza aquella misma noche. Superada la primera impresión, se le consideró una víctima colateral y el equipo se conjuró para dedicarle la película. Se consideró que el gesto sería más que suficiente…

En 1990 la suerte pareció cambiar para John. Una pequeña editorial aceptó su manuscrito y lanzó una edición de mil ejemplares. Le enviaron uno de ellos. La edición era pésima. El papel tenía una apariencia sucia, casi grasienta. La impresión no era uniforme, de tal manera que había páginas en las que la tinta parecía desvanecerse. La cubierta era tan frágil que él rompió su ejemplar al abrir el paquete en el que le fue enviado. Pero estaba satisfecho. Lo consideró un primer paso hacia la normalización de su vida. El primer paso para recuperar a Lisa. Poco después, uno de los guiones que envió a la productora de la serie de animación “Rugrats”, era aceptado. Todo iba bien. Todo iría bien desde entonces…

El estreno de “Leaving Las Vegas” fue apoteósico. Las críticas ensalzaron una película en verdad mediocre, y señalaron en particular la intensa interpretación de su duo protagonista: Nicholas Cage y Elisabeth Shue. Recibió cuatro nominaciones a los premios de la Academia, incluido mejor director para Figgis y mejor actriz para Shue. Nicholas Cage recogió su premio el último lunes de marzo de 1996. En su discurso de aceptación, recordó brevemente a John O’Brien

Corría el año 1993 cuando un tipo con aspecto de homeless recibió la visita de dos productores de Hollywood. Le dijeron que llevaban semanas buscándole, querían producir su novela. Él los recibió en una habitación desastrada que olía a orina y vodka. Aceptó la propuesta. Sólo les pidió que respetasen el final, con el resto podían hacer lo que quisieran. También les pidió dinero. Todo el que le pudieran conseguir. Los tipos de Hollywood le prometieron entre cincuenta y cien mil dólares. Debía hacerse cargo de que se trataba de una producción independiente con un presupuesto limitado. Debieron pensar que con lo que le daban podría comprar suficientes botellas de bourbon para un década. Cuando descubrieron su cadáver se creyó que llevaba varios días muerto debido al mal olor. En realidad apretó el gatillo aquella misma noche. No encontraron nota de suicidio, pero las circunstancias no dejaban lugar a la duda. Días más tarde, Lisa O’Brien recibió una carta de John fechada dos días antes. Dentro del sobre, un cheque de cien mil dólares y una escueta nota escrita con pulso tembloroso que contenía sólo dos palabras: Forgive me

Al notar un repentino vacío en la habitación, petrificada por el alivio y la pena, agotada por la realidad, Sera sabe, incluso antes de volverse y mirar el cuerpo quieto, que Ben a muerto.

(…)

Y ese cuerpo sin vida se enfría en la cama del hotel, ajeno al beso que se desgaja del alma de Sera y que desde ahí se transmite como una orden a sus labios en un acto final, para dar por concluidas las horas que ha pasado ante la ventana, contemplando esos ojos muertos que miran el techo, y para darle una ocasión de tocarlo además de cerrarle los ojos; ajeno a los ojos de Sera, húmedos al principio, pero que luego se han secado y siguen secos, incluso cuando los gemidos empiezan a subir por su garganta, sólo para perderse luego en el estrépito del casino mientras sale del hotel; ajeno a su cama; ajeno a la verdad de la vida de Sera, que serpentea de vuelta a casa. Sera se desnuda, se cepilla los dientes y yace despierta en la oscuridad.

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