Tan difícil de construir es un buen biopic como complicado es armar una película partiendo de lo anecdótico, y la indiferencia con la que ha sido recibida “La Joven Jane Austen” (Becoming Jane) podría servir para confirmar el odioso tópico. Los defectos parten de su propia base, lo que aboca a la cinta dirigida por Julian Jarrold al desastre con tan sólo unos minutos de metraje consumidos. Sus pecados son legión, facílmente localizables y dolorosamente (para los que amamos la figura de la escritora inglesa) enumerables. Por ello, es una tarea complicada no hacer demasiada sangre con una película que tiene más vida interior de la que su mejorable director es capaz de extraer. “Becoming Jane” peca por exceso, que no por defecto. La excesiva ligereza de su primera y confusa media hora retrotraen inevitablemente a identificar la propuesta con “Shakespeare in Love”, en lo que aparenta ser un vano intento de repetir la éxitosa jugada de la película dirigida por John Madden. Sin embargo, carece de entidad para equipararse con su antecesora. Al igual que ésta, utiliza anacronísmos, más gestuales que materiales, que apestan a dictado de alumno de primaria. Su aliento, que se supone fresco, apenas puede insuflar vida al relato. Sus personajes, por arquetípicos, tienen tanta vida como un teleñeco sin marionetista que enrede en sus hilos. Finalmente, su estética es más propia de una envarada teleserie de “prestigio” producida por la BBC que de un producto cinematográfico, defecto en el que el cine de época tiende a incurrir. Sin embargo, el tiempo juega a su favor y el transcurso de los minutos le proporciona densidad suficiente para regalar una modélica media hora final que permite reconciliarse con una película que mereció mejores manos y una mirada más aguda detrás de las cámaras.

Atacar a “Becoming Jane” es tan fácil como difícil resulta el destacar sus virtudes. Tal vez por la neglicencia de su director, incapaz de insinuar aquello que no se debe señalar. Y no son pocas las sutilezas del guión que la torpeza de Jarrold no ha conseguido mutilar. Per example (si lo desean, pinchen en los enlaces que ilustran las escenas)…

– No es casualidad el hecho de que el hermano de varón de Jane (eran seis) con el que mantiene una relación más estrecha sea sordomudo (1). La metáfora, que hace alusión a la soledad e incomprensión en la que vive la escritora, es obvia para todos menos para Jarrold, quien considera superfluo el detalle y apenas concede minutos al personaje secundario, consiguiendo que nunca lleguemos a comprender la intención de lo sugerido.

– El vouyerismo de Jane es usado como modo de mostrar su cuarteada visión del mundo al carecer de experiencia (2). Detalle fundamental que terminará siendo reducido a dos únicas escenas. Jane observa la vida desde su ventana y la que le proporcionan los libros, llegando a interactuar con ella únicamente cuando hay libros de por medio. Un ejemplo textual sería su primer encuentro con Tom Lefroy, el cual se produce en una biblioteca (3), tras ser consciente él de estar siendo espiado. Los libros sirven como primer nexo de unión y seguirán cumpliendo su cometido cuando Tom le ceda un ejemplar de “Tom Jones” para calibrar la candidez de Jane. Su respuesta será dual; no sólo no se escandalizará sino que denunciará la inmoralidad del libro, obviando su alto componente sexual y picaresco, e insistiendo en su falta de verdad: “En el libro los malvados pagan su pena y los bondadosos triunfan, pero la vida no es así. En la realidad los malvados disfrutan y los bondadosos sufren”.

Si bien el primer encuentro real de Jane y Tom se produce en el bosque, lugar que ella ama y él, como animal de ciudad, odia. De nuevo lo obvio torpemente expresado: Ella pasea por un sendero rodeada por un entorno de cuento mientras él se topa con cada rama caída y barrizal del camino. Sólo al encontrarse con ella, él hallará su rumbo.

– Las estampas del día de campo que comparten los Austen con sus vecinos están planificados para ser algo más que vacuos planos esteticistas. El modo en el que Jane es rodeada por sus dos pretendientes (4) mientras ella les ignora para dirigir la mirada al campo de juego donde se halla Tom, son equiparables a la escena de baile en la que su mirada se mantiene fija en él (5) pese a ser pareja de baile del Sr. Wisley. La complicidad de Tom y Jane se manifiesta en sonrisas que aparecen y desaparecen al ritmo de sus encuentros como las nubes en un día de primavera londinense (12). Intenciones que son nuevamente desaprovechadas para reinterpretar estéticamente el universo creado por Austen en sus novelas adaptándolo para mentes adolescentes: los bucólicos arrumacos de los protagonistas (7) y prescindibles estampas bajo la lluvia (8), parecen interesar más a Jarrold que las sutiles ironías presentes en la obra de la autora inglesa.

Son muchos más los detalles aparentemente nímios que consiguen dotar de gravedad a la película. El hecho de que Jane siempre se acompañe de un libro (9), o el que sea mostrada leyendo o escribiendo continuamente (10). La escena en la que ella, incapaz de dormir, se levanta para escribir de madrugada, presa de la excitación por lo que le deparará al día siguiente, es especialmente hermosa. Como lo es la despedida definitiva de los amantes que transcurre en una posada, entre el ruidoso trasiego constante de carros y personas. Por una vez, la cámara en mano consigue transmitir la sensación de confusión sentida por Jane, cuya mirada rastrea sin éxito en busca de un último vistazo del que fue y será su primer y último amor. No conseguirá encontrarle entre el bullicio. Resignada, ocupa su asiento en el carruaje para toparse de refilón con la imagen buscada, la de un atolondrado Tom. El enfoque final, con su rostro encuadrado por la ventanilla trasera del compartimento se convertirá en el retrato que ella mantendrá grabado en su memoria el resto de su corta vida.

La escena final, por una vez serena, contiene la emoción de un improbable encuentro entre unos ya maduros Jane y Tom. Él, le presentará a su hija con la amargura que produce aquello que no fue consumado: “Ella es mi hija, su nombre es Jane”… pero Jarrold aprendió demasiado tarde los mecanismos que hacen funcionar el difícil arte del melodrama. De lo social, mejor no hablar. Una sarta de tópicos que incluyen un padre bondadoso y una madre arpía, pequeños retales reivindicativos que esbozan el sometimiento de la mujer (la visita a la escritora socialmente marginada), y un par de enfáticas soflamas impropias de una mente tan brillante como fue la de la homenajeada. El cartel de la película bien podría servir como perfecta guinda de lo bochornoso que resulta lo pretendidamente ingenioso: Jane posa su mano en el pecho de Tom mientras sujeta una pluma (11). Sí, al parecer Jane Austen era escritora. Propongo que en un probable futuro biopic de Maradona, le situen sentado sobre un balón con la pechera cubierta de polvo blanco.

En fin. Cantaba Joel Grey que el dinero es lo que hace girar al mundo. El dinero y el sexo, así lo daba a entender en aquel famoso número musical incluido en la película “Cabaret”. Del mismo modo, Tim Burton aseguró en “Big Fish” que el amor le hace detenerse. “La Joven Jane Austen” confirma la regla y la corrige. Si el dinero y sexo consiguen que el mundo gire, sólo el amor es capaz de detenerlo. ¿O era el desamor?…

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