Los Red Sox de Boston son especiales. Lo es su estadio, Fenway Park, que contradice cualquier norma estética al tener aserrado su flanco izquierdo, lo que le proporciona una belleza asimétrica que suma magia al aura del equipo. Ésa zona, que en cualquier otro estadio se cubre con gradas, es ocupada por un enorme muro verde, el green monster, testigo de las continuas decepciones sufridas por el equipo bostoniano a lo largo de éstos últimos 70 años. Los fans de los Sox lo califican como el lugar en el que se estrellan nuestros sueños.

La madrugada del pasado domingo, los Red Sox de Boston ganaron las series mundiales de baseball. Me alegro, y no debería que soy fan de los Yankees de Nueva York, pero no puedo evitar sentir simpatía por los malditos. La rivalidad entre unos y otros llega al punto de que en sus respectivos estadios se venden rollos de papel higienico con el escudo del rival. Odio que nació en 1919, cuando el propietario de los Sox decidió vender a Babe Ruth, su jugador icono, a los Yankees, para financiar el montaje en Broadway de la obra de teatro “No, no, Nanette” en la que intervenía su amante. Desde aquel instante se convirtieron en un equipo perdedor. Nació entonces la maldición del Bambino, según la cual los Red Sox jamás volverían a ganar las series mundiales.

Hay muchas formas de ganar y ninguna puede compararse con lo ocurrido el mes de octubre de 2004, cuando, 75 años después, la maldición se rompió. Los Sox se enfrentaban en la final de la conferencia Americana contra los Yankees. Éstos eran favoritos en todas las apuestas. Contaban con un invicto equipo de bombarderos capitaneado por Álex Rodriguez cuya sola visión causaba pavor en sus rivales. Frente a ellos, el pitcher dominicano Pedro Martínez abanderando a un equipo con la tradición y la suerte en contra. El mejor de siete partidos jugaría la final contra los Cardinals de Saint Louis. Los pronosticos se cumplieron y antes de comenzar el cuarto partido los yankees dominaban la serie por 3 a 0. El cuarto partido se celebró en un repleto Yankee Stadium bajo un ambiente infernal. Los bostonianos aparecieron en el campo asustados por los gritos insultantes de un público que jaleaba la presencia de un tipo disfrazado de fantasma (simulando ser el espectro de Babe Ruth) que correteaba de un lado a otro de las gradas. Cinco horas y media de calvario más tarde, David Ortiz daba la victoria a los Sox gracias a un home run en la duodécima entrada. Dos entradas menos de las que necesitarian para conseguir la victoria en el heroico quinto partido. Con 3 a 2 en el global de la serie, los Sox visitaron de nuevo el Yankee Stadium con la cabeza alta pero con el equipo diezmado. Como pitcher de apertura se recurrió al veterano Curt Schilling. Cerca de la cuarentena y con el tobillo seriamente lastimado, Schilling insistió en jugar interpretando el partido como la última oportunidad de abrillantar su carrera con un título. Sus gestos de dolor fueron palpables desde la primera bola lanzada. Cada movimiento realizado culminaba con las manos de Schilling en su pie en un vano intento por aliviar el dolor. En la segunda entrada su tobillo comenzó a sangrar. El público neoyorkino (famoso por su irreverencia) consciente de la situación inició una serie de crueles cánticos dirigidos al pitcher. Muerete, viejo, debió ser el que más dolió. Pero él continuó con su rutina a duras penas: lanzamientos de ballesta y manos al tobillo, una y otra vez hasta que se rompió. A pesar de ello, y desoyendo a los médicos del club y a sus propios compañeros, continuó en el juego hasta que la sangre tiñó de rojo la totalidad de la media.

Mediado el partido, y con cuatro carreras a dos en contra, la inspiración del sacrifico de Schilling enrabietó a su compañeros. Aquella noche los Sox ganaron algo más que un partido, restituyeron el orgullo perdido siete décadas atrás. Dos días más tarde, unos anonadados Yankees eran rematados en Fenway Park por 10 a 3. Así nacen las leyendas.

Es así, los Sox son especiales. Su hinchada lo es, no se parece a ninguna otra. Fieles hasta el tuetano, los abonos se traspasan de padres a hijos, de tal modo que la asistencia al campo se convierte en una especie de reunión familiar.

La victoria del pasado domingo por la noche supone su segundo título tras romper la maldición del Bambino hace tres años. Derrotaron a los Rookies de Colorado por 4 a 0, si bien el título lo ganaron realmente tras una nueva remontada heroica, en la final de la liga Americana, frente a otro equipo con maldición a cuestas, los Indians de Cleveland. Y sí, soy fan de los Yankees desde que vi a Gary Cooper en la piel de Lou Gehrig proclamar que se sentía el hombre más feliz en la faz de la tierra en el clásico de Sam Wood, “El Orgullo de los Yankees”, pero me alegró sinceramente el triunfo del más querido enemigo. Los malditos pueden ganar, y además repetir. Quién lo diría.

Y aquella noche, y fue casualidad, llevaba puesta una camiseta de los Yankees; Dorsal número 3, el número que lució Babe Ruth y que nadie más volverá llevar a su espalda en el equipo neoyorkino. El azar es caprichoso.

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