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Estoy igual que él entonces… con la vista desencajada. Estuve ayer todo el día en el Hospital (Dios, que paradoja) y hoy toda la tarde en el oftalmólogo. Un inesperado accidente ha tenido la culpa.

En fin… Nos leeremos pronto. Cuídense, Mel también lo haría.

Que unos vayan preparando la cubertería buena, los adornos cursis y las tarjetas de crédito mientras los otros hacen acopio de kleneex para soportar la época del año más empalagosa y más agria. Y es que… hoy (ayer) es el día de Acción de Gracias.

A parecer, en Yankeelandia este día es más importante que el de navidad. La familia se reune, les guste o no, se come pavo a espuertas y se acaba la velada empinando el codo, ya sea en el bar de al lado o añadiendo hábilmente una dosis extra de ron a la ponchera de la abuela. Este entrañable día es además, según se cuenta en los States, el pistoletazo inicial que abre la veda navideña. Y llegan tarde, porque en Madrid los adornos navideños lucen desde hace un par de semanas.

Y toda esta tontería sin cuento, me da pie para realizar un pequeño top five de las, a mi juicio, mejores películas enmarcadas en Acción de Gracias jamás filmadas… nada menos. Así pues, empecemos…

A CASA POR VACACIONES. Jodie Foster (1995)

La irregular película dirigida por Jodie Foster cuenta la historia de Claudia (Holly Hunter) durante la visita que realiza al hogar familiar el fin de semana de acción de gracias. Fatídica fecha en la que tanto ella como su hermano gay (Robert Downey Jr.) sufrirán la revisión paterna anual. La Foster lo cuenta con acidez pero con un cuchillo no lo suficientemente afilado como para hacer de su película algo más que un mero artificio con más pretensiones que logros. Lo mejor, un sólido reparto en el que destaca un David Strathaim pre-oscar que aprovecha su poco minutaje en la cinta para quedarse con las mejores escenas, como esta en la que, no tan sutilmente, sugiere a Claudia que ésa será la última vez que se verán…

Claudia: “Quizás el año que viene sea mejor para ti”

Russell: “Claro. Será mejor… o peor. Bueno, amigos, el deber me llama. Feliz Navidad, y si no vuelvo a verte, que tengas una vida feliz, Claudia”.

VOLVIENDO A CASA. Brad Freundlich (1997)

La ambiciosa cinta que narra el complicado fin de semana de acción de gracias de una disfuncional familia americana, supuso el debut de guionista Brad Freundlich en la dirección. El desatado reencuentro de cuatro hermanos en la casa familiar generará un torrente de pasiones motivado por sus problemas y difíciles caracteres. La hermana mayor, Mia (Julianne Moore), es una casquivana editora de éxito que afronta sus problemas emocionales engañando constantemente a su marido; Jake (Michael Vartan) pone la nota de cordura en vidas ajenas olvidando en el proceso colorear la suya propia; Leigh (Laurel Holloman) es la hedonista hermana pequeña y Warren (Noah Wyle) un depresivo inseguro que trata de superar la ruptura de una larga relación. Si añadimos a tan explosivo cocktail a un padre dominante con un pasado brumoso y a una madre sumisa, tendremos los elementos necesarios para un drama que Freundlich nunca consigue hacer despegar. Mucho pretende abarcar para tan poco bagaje previo. Tal vez por ello, la brillante media hora inicial termina difuminada en una historia costumbrista de poco calado pese a lo angustioso de su fondo. La frase de la película se la queda Jake…

Jake (a su novia): “Conozco tu teoría de la pasión sobre dos personas destinadas a estar juntas, pero no podemos cubrirlo todo sólo con fe, confianza y emoción. Todo es tan fácil como el saber que si tienes a alguien no estarás sola. No encontrarás romances de cuento de hadas. A veces debes aguantar momentos malos, donde no sentirás intensamente amor todo el tiempo. Debes recordar las cosas buenas. Ellas te recordarán quién eres tú realmente”.

MEJOR SOLO QUE MAL ACOMPAÑADO. John Hughes (1987)

El título original, “Aviones, trenes, automóviles” hace mayor justicia a la odisea de un hombre de negocios a la hora de regresar a tiempo a casa ante la amenaza de un fuerte temporal y, sobre todo, de un vendedor de platos de ducha (además de pelma profesional), del que no conseguirá librarse. Brillante comedia familiar de Hughes que utiliza una historia convencional para sublimarla hacia lo sentimental con la ayuda de un inofensivo humor gamberro. Neal (Steve Martin) utilizará todos los medios para llegar a tiempo a la cena de acción de gracias junto a su esposa e hijos. Como aliado inesperado se encontrará con Del (John Candy) grotesco personaje de entrañable fondo y espíritu cabrón a su pesar. Juntos cruzarán el país un traspiés tras otro hasta lograr su objetivo. Su patético final, adecuadamente endulzado por Hughes, revelará la triste realidad de Del. Prueba de ello la frase de la película, que esconde mucho más de lo que aparenta…

Del: “No he estado en casa en años”

LA TORMENTA DE HIELO. Ang Lee (1997)

La extraordinaria novela de Rick Moody no pudo tener mejor traslación a imagenes de la que realizó Ang Lee. El director chino, dotado de una especial sensibilidad para con temáticas ajenas a su cultura, interpretó a la perfección el dilema existencial de una pareja de mediana edad y la de sus hijos adolescentes, escenificada durante el día de acción de gracias de 1973. Ben y Elena Hood (Kevin Kline y Joan Allen) son un aparentemente modélico matrimonio que oculta una relación muerta. Sus hijos, Paul y Wendy (Tobey Maguire y Christina Ricci) participan del caos familiar aportando su propia desorientación. Una fuerte tormenta actuará como detonante del drama durante una interminable noche…

Paul: Para encontrarte a ti mismo en la zona negativa, como hacen a menudo los Cuatro Fantásticos, debes comprender que las suposiciones diarias se invierten. Como cuando la chica invisible se hace visible y es consciente de que al hacerlo pierde su poder. Creo que cada uno existe parcialmente sobre un nivel negativo de la zona, algunas personas más que otras. En tu vida, bajas y te adentras en ella, en una zona que no precisa que las cosas se resuelvan como debieran. Pero a algunos, la zona negativa les tienta, y terminan entrando.

NI UN PELO DE TONTO. Robert Benton (1994)

La obra maestra de Robert Benton llegó cuándo nadie lo esperaba. Basada en una novela de Richard Russo, narra la historia de un perdedor nato, Sully Sullivan (Paul Newman), y del grupo de personas que conforman su pequeño universo. Un sentido de humor agudo, una fluidez de guión asombrosa y Newman en estado de gracia son suficientes motivos para declarar la película como indispensable. Si a ello le añadimos un manejo ejemplar del drama, no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que se trata de una obra mayor ninguneada en su día por su presunto conformismo costumbrista. Ni siquiera el hecho de que a Benton se le vaya la mano un par de veces arruina la función. A destacar, entre su modélico reparto, al director Gene Sacks (“La Extraña Pareja”) en el papel del infeliz abogado de Sully.

El encuentro de Sully con su hijo Peter, tras pasar muchos años alejados, dejó frases memorables como la que sigue…

Peter: El mayor temor de mamá es que tu vida sea feliz.

Sully: Cuéntale que no tiene de qué preocuparse.

En fin, es todo. Sólo espero que al tipo de Philly le sea leve su presumible reunión familiar. Por si acaso, he incluido en el mail un par de canciones de Bisbal. Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte… pues eso.

Y si quieren ver (o guardarse) la versión gorda, aquí dejo un enlace…

STAR WARS 

A lo largo de su breve filmografía, el director y guionista Robert Benton ha demostrado sobradamente su debilidad por hurgar en los callejones del corazón humano. La mirada de Benton suele ser complice con las historias que relata. Así ocurrió en “Kramer contra Kramer”, “En un Lugar del Corazón” y “Ni un Pelo de Tonto”. Y así ha vuelto a ocurrir en su reciente “El Juego del Amor”.

Planteada como una historia coral con pocas ramificaciones, “El Juego del Amor” cuenta la historia de Bradley (Greg Kinnear), poco afortunado en el amor propietario de la pequeña cafetería que sirve de eje para el desarrollo del resto de tramas. Harry (Morgan Freeman), un viejo profesor universitario jubilado, ejerce el difícil de papel vertebrador del pequeño universo que se desarrolla entre sus paredes. La segunda historia la componen el joven camarero Oscar (Toby Hemingway) y su novia Chloe (Alexa Dávalos). Tres líneas divergentes que se cruzaran con otras para formar el nuevo festín de amor fraguado por Robert Benton.

La ambiciosa propuesta funciona correctamente sin llegar a enganchar durante el primer tercio de la cinta. Una vez establecidas las pautas, la endeblez del material le pasa factura paulatinamente con la aquiescencia de Benton, quien, al ser incapaz de encontrar salientes en tan plana exposición, se deja llevar por un proyecto de melodrama que parece únicamente preocupado por engarzar frases solemnes una detrás de otra a modo fórmula infalible que dote de gravedad a un conjunto que bien podría confundirse con un artificioso telefilm de no mediar tan sonoros nombres en su reparto.

Sin embargo, una visión menos técnica de la fallida película revela sus no demasiadas bondades. Benton se implica directamente con sus personajes adoptado la visión de Harry. El viejo catedrático, poseedor de la poco habitual cualidad de saber mirar, observa la vida que se desarrolla a su alrededor tratando de equilibrar errores ajenos sin intervenir de modo directo. Difícil malabarismo para alguien que soporta su propia cruz en forma de un único hijo recientemente fallecido. Harry evalúa con atención los continuos fracasos amorosos de Bradley, tratando de corregir su camino a modo de rendención personal, ya que se considera responsable de la muerte de su hijo. Así pues, será testigo mudo de sus enamoramientos y rupturas, siendo su esposa, Esther (Jane Alexander), la destinataria de sus confidencias:

Harry: “He visto a dos mujeres enamorándose. Una de ellas está casada”

Esther: “¿Lo sabe su marido?”

Harry: “Estaba sentado con ellas”

Así presenta a su esposa el principio de la quiebra del matrimonio de Bradley. Y así lo hace con las historias que nacen…

Harry: “Una chica entró en la cafetería a solicitar un trabajo. Miró a los ojos del camarero y se enamoraron. Su vida no volverá a ser igual”

El director dibuja a los personajes según la perspectiva de Harry. Los muestra haciendo el amor constantemente; en campos de fútbol o en dormitorios cochambrosos, pero siempre a escondidas. Oscar y Chloe se ocultan de la brutalidad del padre de él (Fred Ward). Por su parte, Diana (Radha Mitchell), el segundo cartucho de Bradley, se oculta de éste al mantener una apasionada relación con un hombre casado. Aquí nacen gran parte de los errores que distancian al espectador: la nula capacidad de Benton para dar carnalidad a sus personajes más allá de lo explicito. La primera esposa de Bradley, Kathryn (Selma Blair), sería el perfecto ejemplo de cómo no debe desarrollarse un personaje cinematográfico. Y el violento padre de Oscar, convertiría en axioma la primera afirmación. Pareciera que Benton, al no sentirse cómodo con determinados personajes, se limitase a eliminarles sin haberles llegado a exponer.

Abandonado por su segunda esposa pocas semanas después de su matrimonio, Bradley se autolesionará para “sentir en mi cuerpo el dolor que llevo en mi corazón”, sospechosa cita que bien podría haber salido de la pluma de Barbara Cartland. Llegados a ese punto, el desmadre emocional se torna incontenible: seremos testigos de la muerte accidental de unos de los protagonistas, de embarazos, de bodas, de revelaciones esotéricas y reconciliaciones masivas. Incluso el candoroso Bradley, enamorado del amor (no en vano es el único personaje que al que nunca vemos haciendo el amor) tendrá una tercera oportunidad de encontrar a alguien que le quiera en forma de doctora húngara especialista en arreglar dedos cortados y corazones rotos: “¿Qué ves en mí?” “Veo un hombre al que nunca ha querido nadie”. Todo ello llevado a cabo con una torpeza impropia de un director tres veces oscarizado.

Al final, Harry, se verá obligado a intervenir en la vida de los otros para evitar una tragedia. Punto de inflexión que precederá a su caída en el bando de los desencantados. “Dios está muerto o nos desprecia”. Pero Benton no está dispuesto a tirar la toalla y terminará por tejer un rebuscado happy end que satisfaga al espectador menos exigente y suma en la incredulidad a todos los que admiramos al hombre que dirigió ese prodigio titulado “Nobody’s Fool”.

Para Robert Benton amar duele, pero es lo único que da sentido al gran sinsentido. Sobre cuántos cigarritos de la risa se consumieron durante el rodaje, no hay datos. Pero no fueron pocos, me temo.

Las visitas en mute style dicen mucho más de que podría decir cualquier comentario cortés de compromiso, algo habitual en la burrosfera. Con frecuencia visito las páginas que ilustran este posteo. Siempre en silencio, regla que no voy a romper. De hacerlo, de comentar, en algunas de ellas me sentiría como un empresario honrado en Marbella. Fuera de lugar. Son irreverentes, divertidas, no tan divertidas, alguna muy oscura, pero todas me resultan interesantes. Además del blog de Penélope que ya cité, éstos son algunos de lugares apropiados para invertir ese tiempo que pocas veces sobra…








¡¡Qué bien!! Tengo una nueva amiga llamada Hope, un nuevo amigo nigeriano llamado Umusu y un montón de hackers rusos empeñados en que les dé mis datos bancarios para asegurarme de que las compras que hice en una tienda on line brasileña (algo de lo más lógico, compro en tiendas brasileñas por sistema) han sido tramitadas correctamente.

Me temía que al hacer público mi mail pasaría algo así. Los rastreadores de arrobas no me dan tregua desde entonces tratando de venderme viagra, cursos de chino y novias rusas contrareembolso. Y, por supuesto, también tratan de estafarme siguiendo métodos más clásicos. Hace pocos días tuve el honor de recibir un correo del mítico Sr. X nigeriano, aquél que proclama ser un diplomático con problemas financieros. Su propuesta es de lo más apetitosa: Préstame 5.000 euros que yo te devolveré 20.000 cuándo consiga sacar el dinero turbio que tengo en mi país; Sólo dame los datos bancarios que yo me ocuparé de todo. Lo peor es que son millares los hijos de la estampita que han picado en semejante anzuelo.

El pishing de los hackers rusos provoca vergüenza ajena por su ingenuidad. Ya que la falsa compra fue realizada en una tienda brasileña por un español, por lo menos podrían haber escrito el mail en portugués o en castellano, sería más creíble. Pero bueno, al menos el de la novia por correspondencia me servirá para ejercitar mi memoria cinéfila…

No creo que responda a la tal Vero que se declara como mi nueva gran amiga, básicamente porque con toda seguridad Vero es un hacker ruso gordo, con bigotón decimonónico y muchas ganas de vacíar una cuenta bancaria cuyo parco contenido me temo le desilusionaría. Y es que, sinceramente, no me gustaría acabar como Ben Chaplin en “Birthday Girl”, encargando novia del este vía Internet para terminar en manos de dos psicópatas rusos que utilizan a Nicole Kidman como cebo. Y menudo cebo. Chiribitas le hacían los ojos a Chaplin cuándo fue a recogerla al aeropuerto.

La película es espantosa, pero con la Kidman de por medio, qué más da.

Mucho antes de que Internet viera la luz, este tipo de transacciones se realizaban por el más tradicional medio de la correspondencia de toda la vida. Jean-Paul Belmondo no necesitó demasiadas cartas cruzadas para enamorarse locamente de Catherine Deneuve en “La Sirena del Mississippi”.

Nuevo arrebato romántico de Truffaut que narra la descompensada historia de amor loco entre un potentado y una misteriosa mujer a la que conoce a través de las páginas de contactos de un periódico. Tras una boda relámpago, ella vaciará su cuenta bancaria para desaparecer. Él la encontrará y se iniciará una trágica historia de dependencia afectiva entre ambos. La escena final es antológica:

Julie: “Te quiero”

Louis: “Te creo”

Los motivos que llevaron al personaje interpretado por Belmondo a tan desatado enamoramiento saltan a la vista. No hay más que mirar a la Deneuve. Pero si además, su ausencia de pudor provoca accidentes de tráfico al cambiarse de ropa tal que así 1, no es de extrañar que Belmondo estuviese dispuesto a dejarse matar por ella (o a manos de ella, habría que matizar).

El mismo método fue el utilizado por Holly Hunter en “El Piano”. Carta pa’ aquí, carta pa’ allá… y ale nos prometemos amor eterno. Al menos hasta que ella descubra que su amoroso marido postizo es una mala bestia. Pero como no es cuestión de viajar hasta el culo del mundo con tu hija y tu piano a cuestas, mejor será aprovechar la coyuntura para montártelo con el típico tipo enigmático con pasado tormentoso.

Folletón bastante indigesto, la verdad, que se soporta gracias a la música de Michael Nyman.

Todo lo contrario que “Caravana de Mujeres”. El peliculón de William Wellman narra las desventuras de un grupo de mujeres en ruta hacia un pueblo minero del oeste, en donde se encontrarán con asilvestrados hombres que les esperan con los brazos abiertos y las braguetas bajadas. Pero ellas no son un juguete sexual, y así lo proclama Wellman al presentarlas como corajudas mujeres de armas tomar que no están dispuestas a convertirse en doncellas de nadie y menos de unos paletos de las montañas rocosas. Las duras visicitudes del viaje las endurecerán pero no lograrán deshumanizarlas. La llegada a su destino supondrá el establecimiento de la ley y el orden en una tierra salvaje. Para Wellman, mujeres y civilización son términos inseparables. Es por ello por lo que les dedica este hermoso homenaje dentro de un género que habitualmente prescinde de ellas.

Y fin… Bueno, voy a contestar a Vero (o Igor) para entregarle los datos bancarios que aparecen en “Superman III”. ¿Quién sabe? A lo mejor tiene suerte y deja sin blanca a Richard Pryor.

Como el Woody Allen de “Scoop”, inconscientemente utilizo técnicas nemotécnicas para recordar hechos concretos. Y por supuesto, para que esas técnicas funcionen deben estar relacionadas con algo familiar. En mi caso, el cine. Es algo para nada premeditado. Me di cuenta hace pocos días, al volver a casa haciendo la ruta completa en la que se ubicaban las tres salas de cine hoy cerradas que cubren gran parte de mi memoria cinéfila. Una de ellas, la más alejada, continua tal y como quedó el día que bajaron sus cierres. Otra se ha convertido en un hipermercado. La última continua a la espera de ser demolida.

En la esquina de la autoescuela cercana a la segunda de ellas, una amiga, a la que no veía hacía años, me contó que acababa de volver de pasar seis meses en Londres justo antes de que la invitase a ver una película. Era un viernes noche. Y desde aquel día, cada vez que paso por aquel punto concreto, me viene a la cabeza “Snake Eyes” de De Palma, los dos cubos de palomitas que compramos, las copas que tomamos al salir y los meses a su lado que le siguieron. El paso de cebra en el que un ciego con mala leche golpeaba con furia su bastón contra el suelo quejándose de que nadie le ayudaba a cruzar la carretera es “Bodies, Rest & Motion” street. Me lo recuerda la sentida frase de agradecimiento que me dedicó, después de alcanzar el otro lado tras apresurarme a cogerle del brazo: “Sois todos unos cabrones” (fue así, palabra), además de los dos o tres bastonazos que, quiero creer que accidentalmente, estallaron en mis tobillos mientras alcazabamos la otra orilla. La calle cuesta arriba que lleva a la universidad es la de “Atrapado en el tiempo”. La plaza ornamentada con aquella espantosa fuente de granito rosa pertenece a “Hulk”. Otra plaza es la de “El color de la noche”… una fiesta fumeta y una invitación a destiempo lo decidieron así. La larga callejuela que desemboca en un colegio de religiosas es la de “Matrix Revolutions” y el profundo balcón en el que me refugié tras ser sorprendido por la inesperada lluvia, la madrugada en que vi “Shakespeare in Love”, lleva su nombre desde entonces. Incluso los bordillos tienen mención, como aquel con el que tropecé cuando me dirigía, junto a dos amigos, a ver “El Ejercito de las Tinieblas” de Raimi. No es difícil adivinar la suerte que corrió la fachada del viejo edificio en la que me esperó mi asustado hermano y su mano agujereada el día que vi “Fearless”. La misma suerte corrió la calle en la que tuve un melancólico encuentro un viernes noche, tras ver “Los Puentes de Madison”.

Esto ocurre desde siempre. Ya de niño identificaba el parque en el que solía jugar con “Regreso al futuro”, sólo porque el día en que la vi lo dividí entre dicho parque y la sala oscura. Aunque hace tiempo que el delirio remite. La última vez que ocurrió fue tras visionar “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”. A ella le dediqué toda una manzana. La misma que recorrí tres veces después de verla, aquella lluviosa noche antes de regresar a casa.

Es uno de los efectos secundarios provocados por haber crecido a cinco metros escasos de una sala de cine, curiosamente, la única calle a la que no consigo asociar con una sola película.

Cameron Diaz salió de la ducha tras un largo día de rodaje. Se embutió en una cómoda camiseta de su novio, Matt Dillon, y se introdujo en la cama que hace tiempo ocupaba él. El día había sido largo pero se extrañó de que Matt cubriese su cabeza con las sábanas y hubiese apagado la luz para dormir antes de que ella ocupase su lugar a su lado. Acercó su cuerpo al de Matt y se dispuso a descubrir su cabeza para darle un beso de buenas noches cuando… se encontró con Bobby Farrelly semidesnudo ofreciéndole los labios burlonamente. Esta anécdota la contó el propio Matt Dillon, quien participó en comandita con los gamberros hermanos en una broma que estuvo a punto de provocarle un infarto a la actriz.

Así son los Farrelly. A ellos se les consiente lo que en otros supondría un pecado mortal. Humor chusco (habitualmente inmerso en lo escatológico), incorrección política y chistes con tufillo sexista, racista o xenófobo. Y sin embargo, jamás se les ha tildado de otra cosa más allá de cineástas mediocres. Pero no lo son. Pueden ser mediocres para muchos, y puede que tengan razón, pero también son los artífices de un universo propio y distinguible, lo que les sitúa un escalón por encima del habitualmente despreciado artesanado.

“The Heartbreak Kid” (el título español es vergonzoso, no lo voy a reproducir) es su última película. Una nueva condensación de sus obsesiones y lugares comunes. La película narra la historia de Eddie Cantrow, quien recién ingresado en la cuarentena decide poner fin a su soltería venciendo su pavor al compromiso. Durante la luna de miel de un matrimonio alocado y equivocado, conocerá a Miranda, de quien se enamorará perdidamente. Y más no puedo contar… Los Farrelly tratan de regresar a sus orígenes y lo hacen mal. El guión no funciona, la dirección es poco menos que protocolaria y su humor no se percibe. Sin embargo, los rescoldos del fuego aún calientan. No son pocos los momentos a recordar. El más memorable, las irónicas dificultades de Eddie para regresar a los States tras perder su pasaporte. Convertido en espalda mojada, compartirá las penalidades del inmigrante ilegal en unos cinco minutos ejemplares que ilustran más eficazmente la odisea del desheredado en busca del paraíso que las docenas de sesudas películas que denuncian el tema.

Todas las obsesiones de los hermanos están reflejadas en su último trabajo: el sacrificio de Eddie al descubrir que Miranda se ha casado con otro referencia directamente al Hal en “Shallow Hal” o el de Ted en “Algo Pasa con Mary”. La disfunción física de Lila (esposa de Eddie) está presente de algún modo en toda su obra: Enanos (“Yo, Yo Mismo e Irene”), mancos (“Kingpin”), siameses (“Pegado a ti”), cojos (“Algo Pasa con Mary”)… Su visión de las taras físicas no es compasiva. Tratan al que la padece del mismo modo que lo hacen con el resto de sus personajes “normales”. Su visión de lo políticamente correcto pasa por obviar completamente tan deleznable concepto para tratar como iguales a los que en realidad lo son pero la sociedad prefiere etiquetar como “discapacitados”. En el universo Farrelly se entiende que si se pueden burlar de la calvicie de Bill Murray en “Kingpin” ¿por qué no pueden colocarle una mano grotesca que oculte el garfio del manco Woody Harrelson en la misma cinta?. Para los Farrelly, la tara física no existe como tal. El tipo albino de “Yo, Yo Mismo e Irene” se hace pasar por psicópata para evitar las burlas que llueven sobre él. Sólo cuando se sienta aceptado dentro del grupo de Charlie (otro damnificado, ya que sufre desordenes de personalidad), revelará la falsedad. Del mismo modo, Bob, el hermano siames apocado de “Pegado a Ti”, no le contará a su novia por correspondencia su “pequeño” inconveniente hasta confirmar que a ella no le importa. En otras palabras, los Farrelly encuentran verdad en la mentira de sus asustados personajes. Buen ejemplo de ello sería “Shallow Hal”. Hal, su protagonista, sólo percibirá la realidad a través de la hipnosis a la que se verá sometido por parte de un gurú: Se enamorará de una chica de 150 kilos, trabará amistad con un nerd con el cuerpo cubierto de escamas y granos, y encontrará deleznables a chicas con cuerpo real de supermodelo que él interpreta como a las genuinas brujas de Macbeth.

Otra de las obsesiones de los hermanos es el entramado familiar. Los filosofía de los Farrelly precisa de la familia. Sus personajes son solitarios en busca de un hogar sin importar qué tipo de agua sea la que sacie su sed. En “Dos Tontos muy Tontos” el destino une a dos gilipuertas que sólo se tienen el uno al otro. En “Algo Pasa con Mary”, su protagonista fracasa en todas su relaciones al no consiguir olvidar a su amor imposible de instituto a pesar de los muchos años transcurridos. En “Yo, Yo Mismo e Irene”, Charlie cuidará amorosamente de sus tres ilegítimos hijos tras ser abandonado por su esposa. En “Fever Pitch”, Lindsey se enamorará de Ben en su primera cita, tras sufrir una indigestión y comprobar que él se ha quedado toda la noche a su lado. El compromiso, contradictorio dogma familiar que los Farrelly potencian en cada una de sus películas. Para ello, lo ilustran con cálidas reuniones de amigos aderezadas con conversaciones cínicas hacia la relación de pareja. Cantan las bondades de la estructura familiar para derruirlas al hallarse alejados del núcleo. De hecho, la visión de la familia tradicional que ofrecen es demoledora al contrario de la ofrecida por su variante menos funcional, siempre más complaciente.

La humillación y el humor escatológico es la marca de casa Farrelly. Sus personajes viven en continua humillación. El Eddie de “The Heartbreak Kid” soporta estoicamente el ser colocado en la mesa de los niños durante la boda de su ex-novia. El Charlie de “Yo, Yo Mismo e Irene”, contempla impotente cómo su esposa le abandona por un chófer enano que domina con fluidez las artes marciales. Más tarde tendrá que soportar a sus propios compañeros dudar sobre la paternidad de sus hijos (“Charlie, no crees que tus hijos son algo oscuros”). En “Shallow Hal”, su obesa protagonista femenina debe soportar cientos de despreciables miradas cada vez que acompaña a su novio. Sin embargo, y en contra de la habitual en toda comedia amable, para los Farrelly la humillación no obtiene premio final alguno.

Por otra parte, resulta impensable ver una de sus películas que no incluya referencias sexuales explícitas (el sexo sin depilar de Lila en “The Heartbreak Kid”), fluidos seminales (el cubo lleno de leche de “Kingpin”: “Me he levantado temprano y he ordeñado su vaca” “¿Vaca? No tenemos vaca”), más fluidos seminales estratégicamente mal ubicados (la mítica espuma de cabello de “Algo Pasa con Mary”), alusiones raciales (la aparentemente virginal Lila en “The Heartbreak Kid”: “Fóllame como un negro”), o ecológicamente incorrectas (el loro en peligro de extinción “asesinado” con el corcho de una botella de champagne en “Dos Tontos muy Tontos”). Consciente humor de lija que sólo en contadas ocasiones encuentra el camino de la sutileza.

Han sido vilipendiados con frecuencia. Se han vendido en un par de ocasiones. Recibieron cierto respeto cuando una de sus películas fue exhibida en Cannes (“Algo Pasa con Mary”) y consiguió hacer reír a más de un sesudo devorador de cine iraní. También se han equivocado en no pocas ocasiones. Pero ante todo se han divertido y han creado necesidad. De la sala vacía en la que visioné “Dos Tontos muy Tontos” se ha pasado a al casi lleno de “The Heartbreak Kid” del que fui testigo hace tres semanas. Han conseguido crear necesidad de sí, por lo tanto son libres. Hagan lo que hagan, les verán. Poco importa que cierren “Pegado a Ti” con un número musical de “Porgy and Bess” (“Summertime”, brillantísimo, por cierto), o que “Fever Pitch” sea mala hasta decir basta. El seguidor de los Farrelly estará allí. Han obrado el milagro, que no es poco.

Duda, el Sr. Yume, de que el meme 7 blogs del día que lanza en sus Tierras de Cinefágia, tenga continuidad. Y no debería hacerlo. Nada me cuesta revelar el secreto a voces de mis preferencias blogueras. Aquellos lugares que dignifican todo esto y por lo tanto no merecen el calificativo Burrosfero…






Todos ellos, desde hace tiempo, forman parte de mi rutina diaria, pero no son lo únicos. Sin ser estrictamente blogs, también trato de pasar por aquí a diario…


Mientras, espero que otros resuciten o, en el caso del Sr. Horror, normalicen sus emisiones…




Trato de no ser el pelmazo que comenta a diario. A veces lo consigo, a veces no. En otras ocasiones, simplemente no tienes nada que decir o no te apetece hacerlo. Pero tengan por seguro que, vaivenes al margen, no es el colegeo quien determina mis pasos virtuales, sino un interés sincero por conocer opiniones de personas que me resultan interesantes.

Otra buena lista sería la de aquellos lugares visitados en absoluto silencio. Lugares que atraen, pero que prefieres visitar de puntillas. Tal sería el caso de Penélope…

Pero esa es otra historia y merece un posteo aparte que tal vez vea la luz en unos días.

Un bonito meme cortesía del Sr. Yume vía Higronáuta, quien curiosamente formaría parte de esa lista alternativa. Bonito meme, sí, que por mi parte muere aquí. Si alguien desea darle continuidad, es muy libre de hacerlo.

1999. Otoño…

Una vez has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza, incluso en pleno caos. Desde el principio que me envolvía, que aspiraba por las branquias. En el substrato, donde brillaba la luna, inmutable y opaca, todo era suave y fecundo; por encima no había sino disputa y discordia. En todo veía en seguida el extremo opuesto, la contradicción, y entre lo real y lo irreal la ironía, la paradoja. Era el peor enemigo de mí mismo. No había nada que deseara hacer que no pudiese igualmente dejar de hacer. Incluso de niño, cuando no me faltaba de nada, deseaba morir: quería rendirme porque luchar carecía de sentido para mí. Consideraba que la continuación de una existencia que no había pedido no iba a probar, verificar, añadir ni substraer nada. Todos los que me rodeaban eran unos fracasados, o, si no, ridículos. Sobre todo, los que había tenido éxito. Éstos me aburrían hasta hacerme llorar. Era compasivo para con las faltas, pero no por compasión. Era un cualidad puramente negativa, una debilidad que brotaba ante el simple espectáculo de la miseria humana. Nunca ayudé a nadie con la esperanza de que sirviera de algo; ayudaba porque no podía dejar de hacerlo. Me parecía inútil cambiar el estado de las cosas; estaba seguro de que nada cambiaría, sin un cambio de corazón. (…) Lo más irritante era que, a primera vista, la gente solía considerarme bueno, amable, generoso, leal, etc… porque estaba exento de envidia. La envidia es la única cosa de la que nunca he sido víctima. Nunca he envidiado a nadie ni a nada. Al contrario, lo único que he sentido ha sido compasión hacia todo el mundo y por todo.

Trópico de Capricornio. Henry Miller

1996 – 2007. Primavera, Verano, Otoño, Invierno…

No había dormido en siete noches.

Mi madre me dijo que debía haber dormido pues era imposible no dormir en todo ese tiempo, pero si dormí fue con los ojos muy abiertos, ya que había seguido el verde, luminoso curso del segundero, del minutero y de las manecillas que marcan las horas en el reloj de la mesilla de noche a través de sus artículos y semicírculos, cada noche durante siete noches, sin perder un segundo, ni un minuto, ni una hora.

La razón por la que no había lavado mi ropa ni mi pelo era porque me parecía muy tonto hacerlo.

Veía los días del año extendiéndose ante mí como una serie de brillantes cajas blancas, y separando una caja de otra estaba el sueño, como una sombra negra. Sólo que para mí la larga perspectiva que separaban una caja de la siguiente había desaparecido repentinamente ante mí como una blanca, ancha, infinitamente desolada avenida.

Parecía tonto lavar un día cuando tendría que volver a lavar al día siguiente. El sólo pensar en ello me hacía sentir cansada. Quería hacer todo de una vez por todas y terminar.

La Campana de Cristal. Sylvia Plath

1997. Verano.

– Sé que no tiene ningún sentido discutir esto. -se metió las manos en los bolsillos y agitó un llavero-. Solemos arrepentirnos demasiado tarde de las cosas que decimos. Mira, Charles…

– Nada, nada. Lo siento. -Le dejé atrás, borrando con la mano cualquier posible respuesta o pregunta subsiguiente-. No te preocupes. No diré nada.

Una vez en el baño meé, escupí y traté de calmar mis nervios cantando “no seas soberbio, no seas soberbio”, y me esforcé por contener las lágrimas.

Cuando regresé, la habitación estaba a oscuras; Rachel dormía. Me acerqué a la ventana y miré el bosque. Poco a poco, mi pecho dejó de estremecerse con bruscas sacudidas. De todos modos, no tenía nada que decirle a Rachel. Me tendí a su lado, boca abajo para tranquilizar mis pulmones, y esperé a que alguien nos llamara para cenar. No tardaron mucho en hacerlo.

El Libro de Rachel. Martin Amis

2007. Verano…

El planeta siguiente estaba habitado por un bebedor. Esta visita fue muy breve, pero sumió al principito en una gran melancolía.

-¿Qué haces ahí? -preguntó al bebedor, a quien encontró instalado en silencio, ante una colección de botellas vacías y una colección de botellas llenas.

-Bebo -respondió el bebedor, con aire lúgubre.

-¿Por qué bebes? -preguntole el principito.

-Para olvidar -respondió el bebedor.

-¿Para olvidar qué? -inquirió el principito, que ya le compadecía.

-Para olvidar que tengo vergüenza -confesó el bebedor bajando la cabeza.

-¿Vergüenza de qué? -indagó el principito, que deseaba socorrerle.

-¡Vergüenza de beber? -terminó el bebedor, que se encerró definitivamente en silencio.

Y el principito se alejó, perplejo.

Las personas grandes son decididamente muy, pero que muy extrañas. Se decía a sí mismo durante el viaje.

El Principito. Antoine de Saint-Exupéry

2003-2007. Invierno – Primavera – Verano…

Pero cuando llega la hora de preparar el regalo que nos haremos el uno al otro, mi amiga y yo nos separamos para trabajar en secreto. A mí me gustaría comprarle una navaja con incrustaciones de perlas en el mango, una radio, medio kilo entero de cerezas recubiertas de chocolate (las probamos una vez, y desde entonces está siempre jurando que podría alimentarse sólo de ellas: “Te lo juro, Buddy, bien sabe Dios que podría…, y no tomo su nombre en vano). En lugar de eso, le estoy haciendo una cometa. A ella le gustaría comprarme una bicicleta (lo ha dicho millones de veces: “Si pudiera, Buddy. La vida ya es bastante mala cuando tienes que prescindir de las cosas que te gustan a ti; pero, diablos, lo que más me enfurece es no poder regalar aquello que les gusta a los otros. Pero cualquier día te la consigo, Buddy. Te localizo una bici. Y no me preguntes cómo. Quizás la robe”). En lugar de eso, estoy casi seguro de que me está haciendo una cometa: igual que el año pasado, y que el anterior.

Una Navidad. Truman Capote

2002. Después 2007. Siempre verano…

Al final, el problema no era la pena. La pena era la primera causa, tal vez, pero pronto dejó paso a otra cosa, algo más tangible, de efectos más calculables, más violento en el daño que producía. Toda una cadena de fuerzas se había puesto en marcha y en un momento dado empecé a bambolearme, a volar alrededor de mí mismo en círculos cada vez más grandes, hasta que finalmente me salí de órbita.

(…) Comprendí que no quería tomar parte en esas cosas y por lo tanto las rechacé todas, tercamente, despectivamente, sabiendo muy bien que acababa de sabotear mi única esperanza de sobrevivir a la crisis. A partir de aquel momento, de hecho, no hice nada que me ayudara, me negué a mover un dedo. Dios sabe por qué me comporté así. Entonces me inventé incontables razones, pero, en un último término, probablemente todo se reducía a la desesperación. Estaba desesperado y, frente a tanto cataclismo, me parecía necesaria alguna acción drástica. Deseaba escupirle al mundo, hacer algo lo más extravagante posible. Con todo el fervor y el idealismo de un joven que ha pensado demasiado y ha leído demasiados libros, decidí que lo mejor era no hacer nada: mi acción consistiría en una negativa militante a realizar ninguna acción. Esto era nihilismo elevado al nivel de una proposición estética. Convertiría mi vida en una obra de arte, sacrificándome en aras de tan exquisitas paradojas que cada respiración me enseñaría a saborear mi propia condena. Las señales apuntaban a un eclipse total, y aunque buscaba a tientas otra lectura, la imagen de esa oscuridad me iba atrayendo gradualmente, me seducía por la simplicidad de su diseño. No haría nada por evitar que ocurriera lo inevitable, pero tampoco correría a su encuentro. Si por ahora la vida podía continuar como siempre había sido, tanto mejor. Tendría paciencia, aguantaría firme. Simplemente, sabía lo que me esperaba, y tanto daba que sucediera hoy o mañana, porque sucedería de todas formas. Eclipse total. El animal había sido sacrificado; sus entrañas, descifradas. La luna ocultaría el sol y, en ese momento, yo me desvanecería.

El Palacio de la Luna. Paul Auster

2003-2007. Verano-Otoño-Inverno- Primavera…

Sé que debería ficcionar más todo esto. Debería ocultarme. Tener en cuenta las responsabilidades de la caracterización. Debería convertir a los dos niños en uno solo, o cambiarles de sexo, o tal vez solo transformarlos de una forma u otra, convertir a su novio en un marido, aclarar todas las ramificaciones de mi familia en el sentido más amplio, debería novelarlo todo, hacerlo multigeneracional, trabajar con mis antepasados (picapedreros y periodistas), dejar que el artificio creara una superficie elegante, ordenar los acontecimientos, esperar y escribir sobre ello más tarde; debería esperar hasta que se me hubiera pasado la ira, no debería cargar el relato con fragmentos, con meras remembranzas de los buenos tiempos, o con remordimientos, debería hacer que la muerte de mi hermana fuese más digna, más convincente, menos rotunda y disyuntiva, no debería haber pensado lo impensable, no debería sufrir, tendría que dirigirme a ella directamente (cómo te añoro), escribir solo el afecto, debería inventar nuestros viajes por este paisaje terrestre sanos y salvos, debería tener un final mejor, no debería decir que su vida fue corta y muchas veces triste, no debería decir que ella tenía sus demonios, como yo tengo los míos.

Demonología. Rick Moody

Al leerlos por primera vez, marqué estos segmentos por alguna razón. Unas las recuerdo, otras no. Las horas se hacen más largas en determinadas circunstancias, y demostrado está que los libros son el amigo que nunca falla. Dado que los interiores de la casa del dolor no me gustan, suelo quemar el tiempo en un parque cercano. El frío es jodido, a veces te hace tiritar, provocando que las ancianas, que atraviesan el parque para visitar a sus enfermos, me confundan con un yonqui con carencias de “vitamina H” y murmuren al pasar. Un yonqui con los zapatos de Pedro del Hierro que me regaló mi hermana hace dos años. El calor es casi peor, el parque se llena de gente que interrumpe la lectura. Aunque lo realmente insoportable sea el sol, que parece no moverse una vez se ha instalado en lo alto. Me gusta cuando llueve, no me importa mojarme si las gotas son poco contundentes. En el caso de que lo sean, no debe faltar un paraguas comprado en un chino por dos euros.

Aquí, y en otros lugares similares, conocí a Esther Greenwood, a Marco Fogg y a la señorita Sook. Leer determinados libros en determinadas circunstancias potencia su efecto. Se convierte en algo carnal. A veces, espiritual, como si alguien hubiera espiando tu vida por un pequeño agujero y hubiese escrito un libro con recuerdos robados. Ahora no llueve, pero el cesped continua estando impecablemente cortado y luminoso. El marcador del señor Makino mantiene sus funciones. Y las zapatillas ondean en las farolas…