Llamados a dictar las normas de la fundación de Perinzia, los astrónomos establecieron el lugar y el día según la posición de las estrellas, trazaron las líneas cruzadas de cada una de las calles principales orientadas la una siguiendo el curso del sol y la otra siguiendo el eje en torno al cual giran los cielos, dividieron el mapa según las doce casas del zodíaco de manera que cada templo y cada barrio recibiese el justo influjo de las constelaciones oportunas, fijaron el punto de las murallas donde se abrirían las puertas previendo que cada una encuadrase un eclipse de luna en los próximos mil años. Perinzia reflejaría la armonía del firmamento; la razón natural y la gracia de los dioses darían forma a los destinos de sus habitantes.

Siguiendo con exactitud los cálculos de los astrónomos, fue edificada Perinzia; gentes diversas vinieron a poblarla; la primera generación de los nacidos en Perinzia empezó a crecer entre sus muros, y llegaron a su vez a la edad de casarse y tener hijos.

En las calles y plazas de Perinzia hoy encuentras lisiados, enanos, jorobados, obesos, mujeres barbudas. Pero lo peor no se ve; gritos guturales suben desde los sótanos y los graneros donde las familias esconden a sus hijos de tres cabezas o seis piernas.

Los astrónomos de Perinzia se encuentran frente a una difícil alternativa: o admitir que todos sus cálculos están equivocados y que sus cifras no consiguen describir el cielo, o revelar que el orden de los dioses es exactamente el que se refleja en la ciudad de los monstruos.

Las Ciudades Invisibles. Italo Calvino.

Italo Calvino publicó “La Ciudades Invisibles” en 1972. En sus propias palabras, intentó retratar la condición humana mediante los diálogos establecidos entre Marco Polo y el emperador Kublai Kan en las que éste le pedía descripciones de las ciudades que había conocido en el largo trayecto que le llevó a China. Calvino escribe de los asombroso, de lo imposible, de lo grotesco. Obliga a Marco Polo ha inventar ciudades que satisfagan la curiosidad del Kan. Las desmenuza y vuelve a construir en el transcurso de un sólo relato, en apenas unas líneas. La conclusión final es desoladora: el gran Kan se rinde ante la evidencia de que su poder, que él creía ilimitado, es sólo una ilusión.

Dice: Todo es inútil si el último fondeadero no puede sino ser la ciudad infernal, y donde, allí en el fondo, en una espiral cada vez más cerrada, nos sorbe la corriente.

Y Polo: El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de serlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.

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