Lo coral, la autocrítica y lo ideológico suelen ser piezas difíciles de armar en un único mural. Si quien se aposta detrás de la cámara es un director que a lo largo de su carrera ha sembrado semillas muertas por sistema, el resultado sólo puede ser un nuevo y deficiente ejercicio de egolatría al servicio de un ideario político concreto.

Si “Leones por Corderos”, la nueva película dirigida por Robert Redford, fuese formalmente mala, sería fácil verla descarrilar al cabo de pocos minutos de metraje. Pero es que no lo es. Su ritmo es inusualmente vivo y las historias están entrelazadas con coherencia. Cierto que la (en un principio) interesante temática es teñida torpemente de una suave autocrítica utilizada, paradójicamente, como arma arrojadiza, pecado perdonable en un conjunto cuyo autentico lastre radica en lo panfletario de su mensaje.

“Leones por Corderos” propone una airada visión crítica de la sociedad norteamericana a través de tres historias entrelazadas que involucran a un brillante estudiante descreído (Andrew Garfield) a quien un comprometido profesor (Robert Redford) trata de sacar de su ensimismamiento, a dos militares (antiguos alumnos de dicho profesor) atrapados en territorio enemigo, y a un joven congresista (Tom Cruise, éste se apunta a un bombardeo con tal de que le den el Oscar) cuestionado por la periodista (Meryl Streep) que profetizó su ascenso político. El desarrollo de la historia tomará como hilo conductor las dos historias civiles, dejando la acción bélica como nexo de unión entre ambas tramas.

Con los ingredientes dispuestos, Redford comienza su cursillo de formación en el papel de tutor, aportando datos inútiles, exhibiendo una vistosa palabrería obsoleta en su fondo y asumiendo errores ajenos como propios en busca de remover conciencias. Todo ello, mostrando en todo momento esa imagen dinámica y “molona” que tanto agrada a la progresía yankee. La acción bélica, que ya nace coja, pierde interés con el paso de los minutos, dado que para Redford no es más que un elemento melodramático conque conjuntar las tramas principales. Para más inri, lo previsible de su resolución actúa como afilada puntilla. Mientras, deja para la entrevista entre el político conservador y la periodista progresista, sus mejores dardos, al presentar al ambicioso senador de modo agresivo e intolerante a ojos de su interlocutora. Redford muestra pronto sus cartas al establecer un duelo entre el origen de los problemas del país frente al poder de la palabra de una doliente defensora del sentido común.

Mediada la película, el que escribe tuvo que frotarse los ojos en numerosas ocasiones para cercionarse que no se trataba de un mal sueño y que estamos en el año 2007, y no en 1967. Lo rancio de su mensaje no puede presumir de sutileza. Lo subliminal es un concepto desconocido para un director que tras debutar brillantemente con “Gente Corriente” llevó su carrera a caer en una vorágine sin fin de la que tan sólo puede salvarse “El Río de la Vida”. El último tramo de la cinta reserva lo mejor de su mensaje panfletario: la sociedad permanece anestesiada porque no existe el compromiso social, y para cambiar las cosas debe cambiar primero el individuo, uno por uno. Verdad lapidaria, incluida en todo manual del buen progresista, que peca de una inocencia impropia de los tiempos que corren. Redford no dibuja buenos y malos, pero los señala. No proclama tener la razón, pero lo insinúa. Filma una película blanda e ideológicamente arcaica con el agravante de hacerlo cuando los vientos soplan a su favor. Un inaudito curso de formación por el precio de siete euros que, dolorosamente, no podré recuperar… Pero bueno, al menos no aparece Ben Affleck. Algo es algo…

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