1999. Otoño…

Una vez has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza, incluso en pleno caos. Desde el principio que me envolvía, que aspiraba por las branquias. En el substrato, donde brillaba la luna, inmutable y opaca, todo era suave y fecundo; por encima no había sino disputa y discordia. En todo veía en seguida el extremo opuesto, la contradicción, y entre lo real y lo irreal la ironía, la paradoja. Era el peor enemigo de mí mismo. No había nada que deseara hacer que no pudiese igualmente dejar de hacer. Incluso de niño, cuando no me faltaba de nada, deseaba morir: quería rendirme porque luchar carecía de sentido para mí. Consideraba que la continuación de una existencia que no había pedido no iba a probar, verificar, añadir ni substraer nada. Todos los que me rodeaban eran unos fracasados, o, si no, ridículos. Sobre todo, los que había tenido éxito. Éstos me aburrían hasta hacerme llorar. Era compasivo para con las faltas, pero no por compasión. Era un cualidad puramente negativa, una debilidad que brotaba ante el simple espectáculo de la miseria humana. Nunca ayudé a nadie con la esperanza de que sirviera de algo; ayudaba porque no podía dejar de hacerlo. Me parecía inútil cambiar el estado de las cosas; estaba seguro de que nada cambiaría, sin un cambio de corazón. (…) Lo más irritante era que, a primera vista, la gente solía considerarme bueno, amable, generoso, leal, etc… porque estaba exento de envidia. La envidia es la única cosa de la que nunca he sido víctima. Nunca he envidiado a nadie ni a nada. Al contrario, lo único que he sentido ha sido compasión hacia todo el mundo y por todo.

Trópico de Capricornio. Henry Miller

1996 – 2007. Primavera, Verano, Otoño, Invierno…

No había dormido en siete noches.

Mi madre me dijo que debía haber dormido pues era imposible no dormir en todo ese tiempo, pero si dormí fue con los ojos muy abiertos, ya que había seguido el verde, luminoso curso del segundero, del minutero y de las manecillas que marcan las horas en el reloj de la mesilla de noche a través de sus artículos y semicírculos, cada noche durante siete noches, sin perder un segundo, ni un minuto, ni una hora.

La razón por la que no había lavado mi ropa ni mi pelo era porque me parecía muy tonto hacerlo.

Veía los días del año extendiéndose ante mí como una serie de brillantes cajas blancas, y separando una caja de otra estaba el sueño, como una sombra negra. Sólo que para mí la larga perspectiva que separaban una caja de la siguiente había desaparecido repentinamente ante mí como una blanca, ancha, infinitamente desolada avenida.

Parecía tonto lavar un día cuando tendría que volver a lavar al día siguiente. El sólo pensar en ello me hacía sentir cansada. Quería hacer todo de una vez por todas y terminar.

La Campana de Cristal. Sylvia Plath

1997. Verano.

– Sé que no tiene ningún sentido discutir esto. -se metió las manos en los bolsillos y agitó un llavero-. Solemos arrepentirnos demasiado tarde de las cosas que decimos. Mira, Charles…

– Nada, nada. Lo siento. -Le dejé atrás, borrando con la mano cualquier posible respuesta o pregunta subsiguiente-. No te preocupes. No diré nada.

Una vez en el baño meé, escupí y traté de calmar mis nervios cantando “no seas soberbio, no seas soberbio”, y me esforcé por contener las lágrimas.

Cuando regresé, la habitación estaba a oscuras; Rachel dormía. Me acerqué a la ventana y miré el bosque. Poco a poco, mi pecho dejó de estremecerse con bruscas sacudidas. De todos modos, no tenía nada que decirle a Rachel. Me tendí a su lado, boca abajo para tranquilizar mis pulmones, y esperé a que alguien nos llamara para cenar. No tardaron mucho en hacerlo.

El Libro de Rachel. Martin Amis

2007. Verano…

El planeta siguiente estaba habitado por un bebedor. Esta visita fue muy breve, pero sumió al principito en una gran melancolía.

-¿Qué haces ahí? -preguntó al bebedor, a quien encontró instalado en silencio, ante una colección de botellas vacías y una colección de botellas llenas.

-Bebo -respondió el bebedor, con aire lúgubre.

-¿Por qué bebes? -preguntole el principito.

-Para olvidar -respondió el bebedor.

-¿Para olvidar qué? -inquirió el principito, que ya le compadecía.

-Para olvidar que tengo vergüenza -confesó el bebedor bajando la cabeza.

-¿Vergüenza de qué? -indagó el principito, que deseaba socorrerle.

-¡Vergüenza de beber? -terminó el bebedor, que se encerró definitivamente en silencio.

Y el principito se alejó, perplejo.

Las personas grandes son decididamente muy, pero que muy extrañas. Se decía a sí mismo durante el viaje.

El Principito. Antoine de Saint-Exupéry

2003-2007. Invierno – Primavera – Verano…

Pero cuando llega la hora de preparar el regalo que nos haremos el uno al otro, mi amiga y yo nos separamos para trabajar en secreto. A mí me gustaría comprarle una navaja con incrustaciones de perlas en el mango, una radio, medio kilo entero de cerezas recubiertas de chocolate (las probamos una vez, y desde entonces está siempre jurando que podría alimentarse sólo de ellas: “Te lo juro, Buddy, bien sabe Dios que podría…, y no tomo su nombre en vano). En lugar de eso, le estoy haciendo una cometa. A ella le gustaría comprarme una bicicleta (lo ha dicho millones de veces: “Si pudiera, Buddy. La vida ya es bastante mala cuando tienes que prescindir de las cosas que te gustan a ti; pero, diablos, lo que más me enfurece es no poder regalar aquello que les gusta a los otros. Pero cualquier día te la consigo, Buddy. Te localizo una bici. Y no me preguntes cómo. Quizás la robe”). En lugar de eso, estoy casi seguro de que me está haciendo una cometa: igual que el año pasado, y que el anterior.

Una Navidad. Truman Capote

2002. Después 2007. Siempre verano…

Al final, el problema no era la pena. La pena era la primera causa, tal vez, pero pronto dejó paso a otra cosa, algo más tangible, de efectos más calculables, más violento en el daño que producía. Toda una cadena de fuerzas se había puesto en marcha y en un momento dado empecé a bambolearme, a volar alrededor de mí mismo en círculos cada vez más grandes, hasta que finalmente me salí de órbita.

(…) Comprendí que no quería tomar parte en esas cosas y por lo tanto las rechacé todas, tercamente, despectivamente, sabiendo muy bien que acababa de sabotear mi única esperanza de sobrevivir a la crisis. A partir de aquel momento, de hecho, no hice nada que me ayudara, me negué a mover un dedo. Dios sabe por qué me comporté así. Entonces me inventé incontables razones, pero, en un último término, probablemente todo se reducía a la desesperación. Estaba desesperado y, frente a tanto cataclismo, me parecía necesaria alguna acción drástica. Deseaba escupirle al mundo, hacer algo lo más extravagante posible. Con todo el fervor y el idealismo de un joven que ha pensado demasiado y ha leído demasiados libros, decidí que lo mejor era no hacer nada: mi acción consistiría en una negativa militante a realizar ninguna acción. Esto era nihilismo elevado al nivel de una proposición estética. Convertiría mi vida en una obra de arte, sacrificándome en aras de tan exquisitas paradojas que cada respiración me enseñaría a saborear mi propia condena. Las señales apuntaban a un eclipse total, y aunque buscaba a tientas otra lectura, la imagen de esa oscuridad me iba atrayendo gradualmente, me seducía por la simplicidad de su diseño. No haría nada por evitar que ocurriera lo inevitable, pero tampoco correría a su encuentro. Si por ahora la vida podía continuar como siempre había sido, tanto mejor. Tendría paciencia, aguantaría firme. Simplemente, sabía lo que me esperaba, y tanto daba que sucediera hoy o mañana, porque sucedería de todas formas. Eclipse total. El animal había sido sacrificado; sus entrañas, descifradas. La luna ocultaría el sol y, en ese momento, yo me desvanecería.

El Palacio de la Luna. Paul Auster

2003-2007. Verano-Otoño-Inverno- Primavera…

Sé que debería ficcionar más todo esto. Debería ocultarme. Tener en cuenta las responsabilidades de la caracterización. Debería convertir a los dos niños en uno solo, o cambiarles de sexo, o tal vez solo transformarlos de una forma u otra, convertir a su novio en un marido, aclarar todas las ramificaciones de mi familia en el sentido más amplio, debería novelarlo todo, hacerlo multigeneracional, trabajar con mis antepasados (picapedreros y periodistas), dejar que el artificio creara una superficie elegante, ordenar los acontecimientos, esperar y escribir sobre ello más tarde; debería esperar hasta que se me hubiera pasado la ira, no debería cargar el relato con fragmentos, con meras remembranzas de los buenos tiempos, o con remordimientos, debería hacer que la muerte de mi hermana fuese más digna, más convincente, menos rotunda y disyuntiva, no debería haber pensado lo impensable, no debería sufrir, tendría que dirigirme a ella directamente (cómo te añoro), escribir solo el afecto, debería inventar nuestros viajes por este paisaje terrestre sanos y salvos, debería tener un final mejor, no debería decir que su vida fue corta y muchas veces triste, no debería decir que ella tenía sus demonios, como yo tengo los míos.

Demonología. Rick Moody

Al leerlos por primera vez, marqué estos segmentos por alguna razón. Unas las recuerdo, otras no. Las horas se hacen más largas en determinadas circunstancias, y demostrado está que los libros son el amigo que nunca falla. Dado que los interiores de la casa del dolor no me gustan, suelo quemar el tiempo en un parque cercano. El frío es jodido, a veces te hace tiritar, provocando que las ancianas, que atraviesan el parque para visitar a sus enfermos, me confundan con un yonqui con carencias de “vitamina H” y murmuren al pasar. Un yonqui con los zapatos de Pedro del Hierro que me regaló mi hermana hace dos años. El calor es casi peor, el parque se llena de gente que interrumpe la lectura. Aunque lo realmente insoportable sea el sol, que parece no moverse una vez se ha instalado en lo alto. Me gusta cuando llueve, no me importa mojarme si las gotas son poco contundentes. En el caso de que lo sean, no debe faltar un paraguas comprado en un chino por dos euros.

Aquí, y en otros lugares similares, conocí a Esther Greenwood, a Marco Fogg y a la señorita Sook. Leer determinados libros en determinadas circunstancias potencia su efecto. Se convierte en algo carnal. A veces, espiritual, como si alguien hubiera espiando tu vida por un pequeño agujero y hubiese escrito un libro con recuerdos robados. Ahora no llueve, pero el cesped continua estando impecablemente cortado y luminoso. El marcador del señor Makino mantiene sus funciones. Y las zapatillas ondean en las farolas…

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