Como el Woody Allen de “Scoop”, inconscientemente utilizo técnicas nemotécnicas para recordar hechos concretos. Y por supuesto, para que esas técnicas funcionen deben estar relacionadas con algo familiar. En mi caso, el cine. Es algo para nada premeditado. Me di cuenta hace pocos días, al volver a casa haciendo la ruta completa en la que se ubicaban las tres salas de cine hoy cerradas que cubren gran parte de mi memoria cinéfila. Una de ellas, la más alejada, continua tal y como quedó el día que bajaron sus cierres. Otra se ha convertido en un hipermercado. La última continua a la espera de ser demolida.

En la esquina de la autoescuela cercana a la segunda de ellas, una amiga, a la que no veía hacía años, me contó que acababa de volver de pasar seis meses en Londres justo antes de que la invitase a ver una película. Era un viernes noche. Y desde aquel día, cada vez que paso por aquel punto concreto, me viene a la cabeza “Snake Eyes” de De Palma, los dos cubos de palomitas que compramos, las copas que tomamos al salir y los meses a su lado que le siguieron. El paso de cebra en el que un ciego con mala leche golpeaba con furia su bastón contra el suelo quejándose de que nadie le ayudaba a cruzar la carretera es “Bodies, Rest & Motion” street. Me lo recuerda la sentida frase de agradecimiento que me dedicó, después de alcanzar el otro lado tras apresurarme a cogerle del brazo: “Sois todos unos cabrones” (fue así, palabra), además de los dos o tres bastonazos que, quiero creer que accidentalmente, estallaron en mis tobillos mientras alcazabamos la otra orilla. La calle cuesta arriba que lleva a la universidad es la de “Atrapado en el tiempo”. La plaza ornamentada con aquella espantosa fuente de granito rosa pertenece a “Hulk”. Otra plaza es la de “El color de la noche”… una fiesta fumeta y una invitación a destiempo lo decidieron así. La larga callejuela que desemboca en un colegio de religiosas es la de “Matrix Revolutions” y el profundo balcón en el que me refugié tras ser sorprendido por la inesperada lluvia, la madrugada en que vi “Shakespeare in Love”, lleva su nombre desde entonces. Incluso los bordillos tienen mención, como aquel con el que tropecé cuando me dirigía, junto a dos amigos, a ver “El Ejercito de las Tinieblas” de Raimi. No es difícil adivinar la suerte que corrió la fachada del viejo edificio en la que me esperó mi asustado hermano y su mano agujereada el día que vi “Fearless”. La misma suerte corrió la calle en la que tuve un melancólico encuentro un viernes noche, tras ver “Los Puentes de Madison”.

Esto ocurre desde siempre. Ya de niño identificaba el parque en el que solía jugar con “Regreso al futuro”, sólo porque el día en que la vi lo dividí entre dicho parque y la sala oscura. Aunque hace tiempo que el delirio remite. La última vez que ocurrió fue tras visionar “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”. A ella le dediqué toda una manzana. La misma que recorrí tres veces después de verla, aquella lluviosa noche antes de regresar a casa.

Es uno de los efectos secundarios provocados por haber crecido a cinco metros escasos de una sala de cine, curiosamente, la única calle a la que no consigo asociar con una sola película.

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