A lo largo de su breve filmografía, el director y guionista Robert Benton ha demostrado sobradamente su debilidad por hurgar en los callejones del corazón humano. La mirada de Benton suele ser complice con las historias que relata. Así ocurrió en “Kramer contra Kramer”, “En un Lugar del Corazón” y “Ni un Pelo de Tonto”. Y así ha vuelto a ocurrir en su reciente “El Juego del Amor”.

Planteada como una historia coral con pocas ramificaciones, “El Juego del Amor” cuenta la historia de Bradley (Greg Kinnear), poco afortunado en el amor propietario de la pequeña cafetería que sirve de eje para el desarrollo del resto de tramas. Harry (Morgan Freeman), un viejo profesor universitario jubilado, ejerce el difícil de papel vertebrador del pequeño universo que se desarrolla entre sus paredes. La segunda historia la componen el joven camarero Oscar (Toby Hemingway) y su novia Chloe (Alexa Dávalos). Tres líneas divergentes que se cruzaran con otras para formar el nuevo festín de amor fraguado por Robert Benton.

La ambiciosa propuesta funciona correctamente sin llegar a enganchar durante el primer tercio de la cinta. Una vez establecidas las pautas, la endeblez del material le pasa factura paulatinamente con la aquiescencia de Benton, quien, al ser incapaz de encontrar salientes en tan plana exposición, se deja llevar por un proyecto de melodrama que parece únicamente preocupado por engarzar frases solemnes una detrás de otra a modo fórmula infalible que dote de gravedad a un conjunto que bien podría confundirse con un artificioso telefilm de no mediar tan sonoros nombres en su reparto.

Sin embargo, una visión menos técnica de la fallida película revela sus no demasiadas bondades. Benton se implica directamente con sus personajes adoptado la visión de Harry. El viejo catedrático, poseedor de la poco habitual cualidad de saber mirar, observa la vida que se desarrolla a su alrededor tratando de equilibrar errores ajenos sin intervenir de modo directo. Difícil malabarismo para alguien que soporta su propia cruz en forma de un único hijo recientemente fallecido. Harry evalúa con atención los continuos fracasos amorosos de Bradley, tratando de corregir su camino a modo de rendención personal, ya que se considera responsable de la muerte de su hijo. Así pues, será testigo mudo de sus enamoramientos y rupturas, siendo su esposa, Esther (Jane Alexander), la destinataria de sus confidencias:

Harry: “He visto a dos mujeres enamorándose. Una de ellas está casada”

Esther: “¿Lo sabe su marido?”

Harry: “Estaba sentado con ellas”

Así presenta a su esposa el principio de la quiebra del matrimonio de Bradley. Y así lo hace con las historias que nacen…

Harry: “Una chica entró en la cafetería a solicitar un trabajo. Miró a los ojos del camarero y se enamoraron. Su vida no volverá a ser igual”

El director dibuja a los personajes según la perspectiva de Harry. Los muestra haciendo el amor constantemente; en campos de fútbol o en dormitorios cochambrosos, pero siempre a escondidas. Oscar y Chloe se ocultan de la brutalidad del padre de él (Fred Ward). Por su parte, Diana (Radha Mitchell), el segundo cartucho de Bradley, se oculta de éste al mantener una apasionada relación con un hombre casado. Aquí nacen gran parte de los errores que distancian al espectador: la nula capacidad de Benton para dar carnalidad a sus personajes más allá de lo explicito. La primera esposa de Bradley, Kathryn (Selma Blair), sería el perfecto ejemplo de cómo no debe desarrollarse un personaje cinematográfico. Y el violento padre de Oscar, convertiría en axioma la primera afirmación. Pareciera que Benton, al no sentirse cómodo con determinados personajes, se limitase a eliminarles sin haberles llegado a exponer.

Abandonado por su segunda esposa pocas semanas después de su matrimonio, Bradley se autolesionará para “sentir en mi cuerpo el dolor que llevo en mi corazón”, sospechosa cita que bien podría haber salido de la pluma de Barbara Cartland. Llegados a ese punto, el desmadre emocional se torna incontenible: seremos testigos de la muerte accidental de unos de los protagonistas, de embarazos, de bodas, de revelaciones esotéricas y reconciliaciones masivas. Incluso el candoroso Bradley, enamorado del amor (no en vano es el único personaje que al que nunca vemos haciendo el amor) tendrá una tercera oportunidad de encontrar a alguien que le quiera en forma de doctora húngara especialista en arreglar dedos cortados y corazones rotos: “¿Qué ves en mí?” “Veo un hombre al que nunca ha querido nadie”. Todo ello llevado a cabo con una torpeza impropia de un director tres veces oscarizado.

Al final, Harry, se verá obligado a intervenir en la vida de los otros para evitar una tragedia. Punto de inflexión que precederá a su caída en el bando de los desencantados. “Dios está muerto o nos desprecia”. Pero Benton no está dispuesto a tirar la toalla y terminará por tejer un rebuscado happy end que satisfaga al espectador menos exigente y suma en la incredulidad a todos los que admiramos al hombre que dirigió ese prodigio titulado “Nobody’s Fool”.

Para Robert Benton amar duele, pero es lo único que da sentido al gran sinsentido. Sobre cuántos cigarritos de la risa se consumieron durante el rodaje, no hay datos. Pero no fueron pocos, me temo.

Anuncios