El mejor episodio de Frasier, a mi juicio, es aquel en el que Niles es ingresado en espera de una intervención de corazón de urgencia. Mediante flashbacks, durante las horas previas y la operación, veremos a Niles enfrentarse a la muerte de su madre y a la cojera permanente de su padre. Más tarde, en un flashback aún por ocurrir, asistiremos al nacimiento del segundo hijo de Niles y Daphne. Es ella la que le da fuerza. La que sostiene sus palabras durante los minutos de vigilia. “Daphne esto, Daphne aquello, Daphne lo de más allá…”, repite sin cesar. Tantos años le costó estar a su lado que es comprensible su fijación. Su hermano, su padre y Roz, su familia, serán, junto a Daphne, quienes le acompañen en el trance. Ellos experimentarán sus propias recesiones al deambular por el hospital. Veremos al joven Frasier acoger al nuevo hermano; a Martin enfrentarse a la muerte; a Roz, como madre primeriza, llevando a su hija al hospital para que sea tratada de nada. Entre todos compondrán un mosaico excepcional que dibuja la gloria del alma humana en sus horas más oscuras. La escena en la que Daphne se deshace en lágrimas de impotencia frente a una rebelde máquina de chuches, será el colofón de un episodio amable en su fondo.

Pues bien, como sabrán estuve ingresado el pasado día 25 de Noviembre y me acabo de enterar de que debería seguir allí. O al menos, si Doña Espe no hubiese quitado los neurólogos de guardia, debería haber seguido allí unos días más, mientras ejercitaban pruebas que hiciesen saber a los médicos lo que padezco. Pero como Doña Espe manda, me enviaron a casa con este TAB en el que lo único que se demuestra es que cerebralmente me encuentro bien.

He tenido que quitar mi nombre real de la parte baja, disculpen la asimetría.

Primero dijeron que se trataba de un microinfarto que había afectado únicamente a la parte alta de los ojos, dejándoles descompensados. Después, lo descartó de plano la neuróloga, al considerar los síntomas como más propios de otra afección y el microinfarto digno del anciano que no soy. Descartada la opción geriátrica, y retirada la medicación de viejo, vuelvo al parche porque no veo ni torta sin él puesto. Las pruebas ya están listas, entre ellas una punción lumbar que me mantendrá alejado un par de días de la burrosfera. Y eso que ganan ustedes.

Pero bueno, lo cierto es que los médicos creen que están en el camino de averiguar qué me aflige. Y es que, al encarar la luz del pasillo el pasado día 25 ya de noche (ingresé a primera hora), lo primero que me vino a la cabeza (porque no veía ni cinco en un burro) es quién había estado fuera esperando. Y sí, estuvo mi madre, como no, muy preocupada. Estuvo mi hermana y mi cuñado (y eso que mi cuñado y yo no que nos llevamos demasiado bien). Estuvo mi hermana mayor y su marido. No vino J., mi amigo más íntimo, ya que estaba en Alzira. Ni mi hermano mayor, que estaba trabajando y llegó tarde. Tampoco estuvo mi padre, que aquejado de los suyo, bastante tiene encima. Y no, no había Daphne. Ignoro si sufrieron regresiones y vivieron sus propios flashbacks al reencontrarse con un lugar conocido. No lo sé, no me lo dijeron. Sólo sé que desde entonces “veo” (es un decir) las cosas de un color más vivo. Que la gente me es más cercana. Que bromeo con el dentista acerca de mi poca visión. Que no paro desde entonces. Que disfruto mucho más del cine, y su ambiente, yendo con equipado con parche escondido. Y que, en general, cuando deje atrás las dificultades visuales, creo que echaré de menos esta sensación de libertad plena de la que ahora disfruto.

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