Hace tres años y algún mes que la vi. Después volví a verla y ya no se separa de mí. Se titula “Eternal Sunshine of Spotless Mind”, pero en España decidieron llamarla de otro modo. De un modo horrible. Podría darle mil explicaciones que no servirían para explicar por qué decidí quedarme bajo la lluvia, en lugar de volver a casa, la noche en que la vi. Podría decir de ella que es una muestra excepcional de cine independiente. Mentira, por supuesto, porque el cine independiente subvencionado por una mayor no existe como tal. Es brumosa y luminosa como pocas lo fueron antes. Explica los vaivenes de una pareja como ninguna otra lo hizo antes. El amor autentico según Andy Kaufman: los que están predestinados terminarán juntos. Aunque sea una quimera que no se da en la realidad, a todos nos justa soñar, y el cine es el vehículo ideal para ello.

Han pasado tres años y unos meses en los que le he dedicado más posteos que a ninguna otra. Alguno de ellos delirante, otros borrados. Éste es el quinto o el sexto. Perdí la cuenta hace tiempo. Como he perdido la entrada original del 12 de octubre en que la vi. ¡¡Dios!! Pero si las guardo todas…

Perdida está, me temo, pero guardo su recuerdo, el de aquella noche. El frío prematuro, la chupa de cuero, la lluvia y la chica rubia que se me cruzó, extrañada, por tercera vez. El campo falso de fútbol sigue allí. La plataforma del Ciné Cité, también. Doblada y subtitulada. En formato panorámico o comprimida. Da igual, siempre es la misma película. Un pedazo de mi memoria convertido en celuloide.

Ésto va por cortesía de David…

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