Se habla constantemente de la caída en calidad de la producción dirigida por Ridley Scott. Es posible que “Gladiator” haya sido dignificada por el tiempo, si bien para el cinéfilo nunca significó gran cosa. “Hannibal” está bien. Sorprendentemente bien, teniendo en cuenta su manía por hacer que sus películas recorran caminos ya transitados. “El Reino de los Cielos” es vomitiva, como lo es “Black Hawk Down”, deudora de la parafernalia y el ruido que tanto atrae al hermano tonto del director inglés. Si dividiésemos su obra en tres partes, con dos podríamos construir una hermosa pajarita con evadirnos de la angustiosa realidad. Y así a ocurrido una vez más con su última película…

“American Gangster” resulta atropellada en ritmo, ruin en sus formas y obsoleta en su estructura. Cae en el viejo vicio de recurrir a la dualidad moral de los protagonistas para darle empaque a su conjunto. De tal modo, asistiremos a la embarullada ascensión de Frank Lucas en el olimpo de los gangsters americanos sin apenas saber de quién se trata. De hecho, poco sabremos de Lucas a lo largo de su metraje más allá de lo que la ajustada interpretación de Denzel Washington deje caer. Para darle réplica, Scott busca el reflejo de otra estrella, Russell Crowe, con lo que él considera cubiertas las necesidades de la película en ese aspecto. El resto es mera fachada. Mil imágenes bien dispuestas y mil veces vistas, que extienden el olor a rancio por todo el metraje. La falsedad, tan del gusto del director inglés, se extiende gradualmente hasta contaminar por completo una cinta que convertiría el “Zodiac” de Fincher en una obra capital.

En ningún momento Scott oculta la fascinación que le genera Lucas. A pesar de filmarle volando la cabeza de un par de tipos, el director le representa como un hombre de negocios honesto en su fondo que da color a su carrera en base a un producto superior al de la competencia. Su droga es más pura y sus precios más bajos. Un empresario americano. El policía no escapa del estereotipo. Es honrado, por supuesto, el tipo que devolvió un millón de dólares, pero al tiempo engaña a su mujer con cualquier falda que se pone a tiro. Un padre pésimo, con vida caótica, que se mueve a sus anchas en un universo de polis corruptos. Alguien que ha convertido su profesión en tabla de salvación. Material suficientemente grave para que el director despliegue su habitual batería de recursos: Mucho ritmo, mucho empaque y un carcasa tan hueca como cabría esperar. Nada cuenta, tras sus interminables 160 minutos de narración. Ocurren cosas pero es como si nada hubiera pasado. Muchas explosiones que dejan tufillo a pólvora sin restos de asombro en el espectador.

Sigo pensando en si el tipo que dirigió “Alien”, “Blade Runner” o “Los Duelistas” es el mismo que firma todas estas poses. Le sigo buscando. Aunque sospecho que ya no le voy a encontrar.

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