Michelangelo Buonarroti, el famoso escultor y pintor, dijo que no hay daño tan grande como el del tiempo perdido. Tenía razón. Por eso, estoy empleando este año, y todo el tiempo de que dispongo, en tratar de hacer algo nuevo cada día, como el Ross de “Friends” en un capítulo de aquella serie. Veremos lo que duran tan buenas intenciones.

Tengo muchos propósitos y no demasiado tiempo para cumplirlos. Y si no salen bien las cosas, no pasa nada: se vuelve al punto de partida. Algo que me ha ocurrido en no pocas ocasiones.

Es una sensación de ensueño, esta que te envuelve los primeros días del año, difícil de hacer comprensible a los demás, pues todos la vivimos de modo distinto. He echado mano de la copia en DVD de la estupenda “Orgullo y Prejuicio” que regalé a mi hermana para tratar de darle forma.

Supongo que el ensueño se parece a la sensación de vértigo. Es la luz de febrero, tan tenue, que te acaricia el cabello con esfuerzo; es el viento meciendo tu ropa y la soledad de las cuatro de la tarde.

La sensación de estar sin estar se podría explicar así o con este poema de Poe…

Duerme aún, duerme aún, una hora más;

no quisiera quebrar un sueño tan tranquilo

para que despertaras a la luz y a la lluvia,

a sonrisas y al llanto.

O tal vez no se pueda y haya que vivirlo por uno mismo. Y en eso estamos…

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