Imaginen una piscina repleta de tiburones y a Wes Anderson lanzándose sobre ella desde un trampolín. Tendrán un retrato bastante exacto de lo que es y ha supuesto “Viaje a Darjeeling”.

El proyecto más arriesgado hasta la fecha de Anderson es esta búsqueda materna, a través de la India, de tres hermanos que llevan un año sin verse. “Para mí sois lo más importante” dice uno de ellos. Para el director lo son más sus protagonistas que sus personajes. Como suele ocurrir, Anderson se rodea de muchos de los que le han acompañado en su aventura cinematográfica: Owen Wilson, Bill Murray, Jason Schwartzman, Anjelica Huston… Es de suponer que necesitaba sentirse arropado para dar este salto mortal hacia ninguna parte.

La película lo tiene todo para gustar y aún guarda más para odiar, pues no cuenta nada, dando la impresión de que el Anderson está tan perdido como sus personajes. Primero les retrata de modo ridículo, como el extranjero que pisa el país en busca de una renovación espiritual: soplan plumas de pavo real, visten tocados inadecuados, lucen trajes y zapatos de 3.000 dólares, hacen turismo en lugares masificados… Anderson hace realidad aquella frase que lanzó el personaje indio que habla con Hugh Grant en la cubierta del barco de “Lunas de Hiel”: “Me divierte ver a los occidentales viajar a la India en busca de paz espiritual. Los indios hacen el trayecto contrario buscando lo mismo”.

Poco a poco crecerán. Anderson les hará crecer manteniendo en cada uno de ellos sus manías y fobias. Jack (Jason Schwartzman) es un mujeriego incapaz de contener sus instintos. Un enamoradizo que se entrega más al amor (o al ideal del amor) que a las mujeres. Peter (Adrien Brody), incapaz de superar la muerte de su padre, ha terminado por adquirir sus costumbres y su indumentaria básica. Poco importa que haya abandonado a su mujer a punto de dar a luz, piensa que en la búsqueda de su madre encontrará la paz que le falta. El tercero de los hermanos es Francis, organizador del viaje y suicida en potencia (curioso que sea Owen Wilson el interprete). Su físico, maltrecho, es una yuxtaposición de un interior hecho trizas. Él es el que más arriesga en la aventura. Él es Wes Anderson. Juntos emprenderán un viaje a través de un país generoso con todo aquel que comprende que las maletas de poco le sirven al verdadero viajero.

Pero nada funciona. La peripecia en tren es prescindible. Pasan cosas, sí, pero a pocos les importa lo que sucede. El macguffin de la busqueda materna se alarga innecesariamente, dando la sensación de que tal vez convertir la aventura de los tres hermanos en un corto o mediometraje habría sido una idea más feliz. Anderson repité tics una y otra vez hasta hacerse cansino el devenir de su metraje. Todo da la impresión de haber sido orquestado para encajar determinadas escenas en determinados lugares. Más languidez, más cámara lenta, más demostraciones de “talento” del director. Al final la película desembocará en una escena que les unirá a todos, simbólica y rica, pero que no justifica la hora y media anterior. Hay más vida en el corto previo que en todo el viaje a Darjeeling. Hay más insinuación y más sugerencia por mucho que irrite el hermetismo multiplicado de su creador. Basta ese “te puedo asegurar que nunca seremos amigos”, que un amante le susurra otro, para dar entidad a los diez minutos que preceden a la historia principal.

Algún día Wes Anderson se dará cuenta de que su cine debe evolucionar, de que no se puede vivir siempre de la gloria pasada. “Viaje a Darjeeling” no aporta nada a su obra. Todo lo contrario más bien, en su afectado amaneramiento se pueden identificar todas las trampas que le han llevado a lo más alto o a lo más bajo, en función de si se ama a su cine o se le odia. Su cuidada banda sonora encaja perfectamente en su desparramada narración del mismo modo que sobran las reiteraciones de su especial estilo. Su última película lo tiene todo para gustar menos alma. O al menos, su alma está viciada. Si no hay nada que contar, más allá de la pasión que despierta un país, lo mejor que se puede hacer es turismo, no cine. Sin embargo, no creo que los que amamos el cine de Anderson debamos ceder en nuestra fe. Cada minuto de cinta esconde una clave que nos transporta a otro. Cada instante contiene olores, sabores y colores con los que solo podría soñar cualquier otra película. Puede que “Viaje a Darjeeling” sea una película fallida. De hecho, es posible que se trate de la película de Wes Anderson. Pero lo que es seguro es que no es una mala película. Mucho me temo que los tiburones que estaban deseando hincarle el diente a su hacedor tendrán que esperar.

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