El vídeo, además de muy corto, no tiene desperdicio…

Ocurrió hace pocos días. La señorita, universitaria que quiere ser empresaria, y sus amigos no tenían ni idea de quién era William Golding, hasta que ella cayó en la cuenta de que era… actor. Pues se equivoca, el misántropo inglés (o su libro más considerado) es el soporte que ha anclado al Señor Makino en mi vida.

Va siendo hora de que hable del Sr. Makino. Le conocí hace siete años, cuando comenzó una lucha que afortunadamente todavía continúa. Y nada mejor para ello que recuperar un viejo posteo publicado originalmente en mi viejo blog…

SIN NOTICIAS DE MR. MAKINO

Como cada tarde, el señor Makino, apostado en una ventana, observaba el surrealista parque interior del hospital: bancos de madera nuevos de color cobrizo, caminos de ladrillo blanco delicadamente trazados, plantas ornamentales y nadie para disfrutarlo. De hecho, no había forma de entrar, ni una mísera puerta de acceso.

Le conocí tumbado en una cama de hospital. Un ataque de apendicitis quebró su particular tour hispano meticulosamente trazado. El Granada-Barcelona acabó en un tablao flamenco de Madrid, y sus gastados huesos en el quirófano de un país extraño.

Al verle, desvalido y solo, tuve la idea de imprimir todos los periódicos japoneses online que pude encontrar. Fue un desastre, cómo no. Mi vieja impresora unía los caracteres hasta hacerlos casi ilegibles. Me costó docenas de folios conseguir algo decente que entregué a mi madre para que se lo diese a la mañana siguiente. Al parecer, su expresión se iluminó al barruntar algo familiar. Ojalá hubiese estado allí para verlo. Pero estuve aquella tarde, y todas las tardes que vinieron después, y él, con su inglés aprendido en alguna sucursal de Open English de Yokohama, me contó que estaba jubilado y que trabajó durante más de 40 años como ingeniero de sistemas de ventilación. Las dificultades del idioma no impidieron que nos hiciera reír a todos con su escenificación del inoportuno ataque de apendicitis. No contó nada sobre su vida privada, tampoco pregunté.

Desde el segundo día una empleada de la embajada japonesa le acompañó cada mañana (me pregunto si la embajada española haría lo mismo por mí). Nunca la llegué a conocer, aunque me agradeció el gesto a través de mis padres. Ella fue quien se encargó de comprar 3 cajas de bombones Lind para distribuirlas entre el personal que le atendió. Una de esas cajas fue para mí. En la parte superior, pegado con celo, un papel con su nombre y dirección. Agradecí el regalo, aunque lo que realmente me emocionó fue ver al señor Makino haciendo la maleta mientras guardaba cuidadosamente en ella los folios que le había impreso durante cada día uno de los cinco días que estuvo allí.

Nueve meses más tarde le escribí. Esperé hasta navidad buscando una ocasión que justificara mi carta. Probablemente sea sintoísta o budista, pero que más da, lo único que quería era saber que estaba bien. Quería contarle que el jardín inanimado se mantenía virgen.

Recibí respuesta dos semanas después. Dentro del sobre, una falsa postal que ni es falsa ni es postal. Una espectacular foto del monte Fuji recortada y pegada cuidadosamente sobre un trozo de cartón. Detrás, escrito a mano ,“Mnt. Fuji (3.740 m)” Desde entonces apenas se separa de mí, es inevitable pues lo utilizo como marca páginas y tengo la costumbre de llevar siempre un libro encima, especialmente en invierno. Desde entonces cuando el monte Fuji asoma su cabeza nevada en la mesa de algún café, nunca falta alguien que dice “todavía tienes eso, tíralo ya, solo es un trozo de cartón”… y tienen razón, solo es un trozo de cartón.

El viernes quise escribirle, pero después de pasar toda la tarde meditándolo, la carta acabó en la basura, como tanta otras que alguna vez pensaste eran una buena idea. No respondió a mis últimas dos cartas, lo que dada su generosa educación y rígido sentido del honor, me da que pensar en que le ha ocurrido algo. Lo que no sería extraño, pues superaba los 70 años aunque aparentase bastantes menos.

Un amigo de mi hermano visitó Japón no hace mucho tiempo. Fue a conocer a sus suegros antes de casarse con una chica japonesa. Estuve tentado de pedirle que le entregase una carta en mano, junto con un pequeño regalo que nunca llegué a enviarle atendiendo los consejos que me dieron sobre los constantes robos que sufren las cartas demasiado abultadas. Al final no lo hice. Pensé que sería abusar de la confianza de alguien a quien apenas conozco.

Sea como sea, lo único que quería es que supiera que aquella falsa postal suya, sigue visitando con frecuencia el lugar en donde nos conocimos. Sigue marcando libros a medio leer e impregnándose del humo de las cafeterías de Suburbia.

Y ése fue el destino del papel garabateado por el Sr. Makino: el libro del actor William Golding. Casi mejor me ahorro comentarios sobre la señorita que quiere ser empresaria.

Por cierto, les presento a la nueva integrante de la familia…

Disculpen los brillos, la cámara (y el fotógrafo) es pésima.

Hace algunos años, alguien muy querido me acusó de egoísta precisamente cuándo yo pensaba lo contrario. Me dijo algo así como “Quién eres tú para tomar decisiones que afectan a los demás”. Hace mucho tiempo que no sé de ella, pero es una de las diez o quince personas que siempre estarán en mi memoria. En su honor he bautizado a la guitarra con su nombre. Siete letras que no pienso citar. Toda guitarra debe tener un nombre y éste significar algo. A ver si con ella aprendo a tocar decentemente de una vez.

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