Es el remordimiento el dolor sin fin. No hay consuelo para aquellos que guardan algún secreto inconfesable. La brillante novela de Ian McEwan insiste en ello. Lo bifurca, lo parte, lo divide, pero sigue allí. Su novela es tan compleja que muchos la consideraban inadaptable. Y así fue hasta que el guionista Christopher Hampton (“Las Amistades Peligrosas”) consiguió moldear la prosa del escritor en un guión brillante que Joe Wright (director de “Orgullo y Prejuicio”) interpretó en imágenes.

El estancado inicio, tan lento, tiene su razón de ser (todo lo tiene en la cinta de Wright). Las tardes en la casa campestre de una familia bien británica transcurren tediosamente. Nada parece alterar la vida de sus afortunados moradores. Ello estimula la imaginación de Briony (Saoirse Ronan), niña que interpreta el tedio como amenazante sombra. Los acercamientos entre su hermana Cecilia (Keira Knightley) y Robbie (James McAvoy) son convertidos por su visión en viles. Wright divide la película entonces, dándole mayor complejidad a la alambicada narración de McEwan. Por un lado está Briony y su malévola interpretación. Por otro los amantes mudos, que viven su naciente pasión de modo cuasi cómico. Todo para ellos es divertido. Todo para la niña (secretamente enamorada de Robbie) es sórdido.

El detonante del drama llegará en forma de nota erróneamente enviada. La palabra coño, que se desliza juguetónamente por los labios de Robbie, se tornará en diabólica a ojos de una cría. Lo de menos es la crítica social que Wright desliza sutilmente (“cuando estalle la guerra cada soldado llevara una de éstas -chocolatinas- en su petate”), la obsesión treintiañera por la adolescencia del aprendiz de jerifalte o la tendencia por acusar al que no puede defenderse.

Después Wright echará mano de continuos flashbacks para desarrollar la historia. Robbie encuentra una inútil redención gracias a la guerra; Cecilia, enamorada de él, le seguirá a su manera, como enfermera. Su fugaz encuentro en los días previos a su marcha a Francia es emotivo en su contención. Ella posa su mano sobre la de él… él la aparta (todo lo contrario que ocurrió en su primer encuentro sexual, montado de manera apasionada, en la que las manos buscan y encuentran). Robbie no se considera digno de ella tras pasar por la cárcel. Briony (Romola Garai), por su parte, ya convertida en mujer, revivirá su cruz a cada instante. Tratará de enmendar su error ya sea sirviendo como enfermera o imaginando el perdón de su hermana mediante cartas nunca enviadas.

“Expiación” (el subtítulo es innecesario) guarda momentos memorables que nacieron con la intención de perdurar. Perfecto ejemplo sería la caótica escena de la playa de Dunkerque, en la que los caballos son ejecutados mientras soldados medio locos hacen gimnasia en aparatos abandonados y otros funden sus voces con la música original de la película, creando un efecto emotivo sobrecogedor. Mientras, la noria cargada de soldados continua girando como en un día de feria.

Wright lo hace por segunda vez, firma su segunda gran película. Dos de dos. Su extrema juventud le ha dotado del descaro necesario para enfrentarse a materiales graves. Mucho mejor si además cuenta con aliados a la causa. La última e impresionante escena demuestra su ausencia de pudor. Quiebra la narración lineal, una vez más, para dar un salto hacia delante en el que una brillante Vanessa Redgrave retoma el papel de Briony ya anciana. Sus palabras son dolorosas, tanto como su pecado. Exhibe públicamente su pena sin buscar alivio, pues esa posibilidad se evaporó hace mucho tiempo. Sólo busca expiar su falta. Y los ojos de Briony siempre brillantes y nerviosos.

No es nada fácil conseguir que el dolor empape los huesos del espectador. “Expiación” lo consigue. Haya estúpidos premios de por medio o no.

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