A veces (muchas) la 2 coloca fútbol porque aumenta el share de audiencia. Es sólo una arista del maltrato que está sufriendo “Lost”. Una damnificada más de una audiencia lobotomizada que suplica por grandes hermanos y gasta su tiempo con “Los Hombres de Paco”.

La tercera temporada es un puro disparate coherente. Todo encaja (algunas cosas con calzador, es verdad), todo tiene un precedente. Sin embargo, se nota el transcurso del tiempo; basta con mirar una foto de la primera temporada para darse cuenta de que salvo el tipo coreano (que debe haber pactado con Lucifer) el resto registra cambios físicos moderados o radicales en una serie en la que apenas transcurren semanas. Per example: Hugo está más gordo (si eso es posible); Sawyer más estilizado; Sun, Jack, Kate y Claire registran distintos tipos de cambios importantes. El más llamativo es el de Charlie, viejo rockero yonkie, que se ha puesto mechas porque le ha dado la gana. Pero para los que somos adictos a la serie eso nos da igual. Incluso los guiones disparatados que siempre culminan en un tachán final, nos importan poco: siempre queremos una dosis mayor.

La tercera temporada de seis (ya han anunciado el final de la serie) cumple con el requisito de toda etapa de transición: aporta lo justo dejando que el tiempo transcurra. Todo para preparar la que será una entrega que seguro decepcionará a los que la esperan con el cuchillo en las manos y extasiará al fan enfebrecido. La aguja fluctúa descontrolada: algunos episodios se los podían haber ahorrado, sin embargo, en otros, la avalancha de información (inútil casi siempre) sobrepasa los límites recomendables.

Michael y su hijo volverán, por supuesto, y los muertos continuarán apareciéndose a los náufragos. Parece que ya hay sexo en la isla y nuevos personajes para amenizar la espera. Mi favorito es Desmond: atormentado guardián de la estación, que volvió al final de la segunda temporada con un cielo que volver rosa y muchas historias que recordar. Las mejores: una temporada en un monasterio y una novia abandonada porque no se sentía digno de ella.

Ojalá dure. No importan los desbarres como el colocar padres perdidos en cadalsos, la cura de cánceres incurables o que los heridos (ahora) se recuperen en cuestión de horas. No importa que sigamos sin saber qué es la cosa sin forma, que se hayan inventado un Jacob que guarda los secretos de la isla o que Locke se crea predestinado a grandes cosas. Ni siquiera importa que haya quien rellena sus primitivas con los números fetiche de la serie, ni que ahora sepamos que la iniciativa Dharma fue un desastre. Lo importante es el contenido no el mcguffin de su desenlace. Lo importante es que el disparate dure, aunque tenga fecha de caducidad.

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