Ahora le toca a retar a Dios. Wolfgang Petersen dirigió una película para la televisión en 1978 titulada “El Jugador de Ajedrez”. En ella, Bruno Ganz se obsesiona con el juego hasta terminar retando a una partida a Dios. Ahora es el turno del tío raro que nació en Chicago pero creció en Brooklyn al decidir su madre trasladar allí lo que quedaba de su familia tras ser abandonada por su marido.

Un día su hermana mayor le regaló un ajedrez para que tuviera en qué distraerse las muchas ocasiones en las que se quedaba solo. Fue su perdición. Pronto se obsesionó con el juego. Cuando su hermana se convirtió en un enemigo débil, empezó a plantearse partidas contra sí mismo. Su madre, la enfermera judía, se asustaba al llegar a casa y descubrir a su pequeño enfrasco en duelos contra sí mismo.

Pasó por escuelas de ajedrez. En el camino, confundió con padres a educadores. También tuvo peleas y no pocas. Su antisemitismo (siendo él medio judío) comenzaba a florecer. A la edad de 12 años se convirtió en el campeón junior más joven de la historia de los States. Ese mismo año arrasó a Donald Byrne (gran maestro internacional) jugando con negras, en la que aún se considera partida del siglo. Su elegancia y genialidad convirtieron en historia el que el jugador con piezas negras buscase de salida las tablas. Él quería ganar.

Su fama como díscolo crecía al ritmo de su nivel frente a un tablero. No tenía amigos ni los necesitaba porque era una estrella. Gracias a él se hablaba en todo el país de un deporte tradicionalmente ajeno.

En 1963, Fisher comenzó sus contactos con una secta que profetizaba el fin del mundo. Los escándalos hicieron que la abandonara pronto. Fue su última socialización, desde entonces su carácter hermético se agudizó. Era una estrella: Los programas de televisión se lo rifaban, cobraba bajo cuerda en los torneos en los que participaba, sus partidas eran estudiadas en las universidades. Todo el mundo quería tener cerca a Bobby Fisher pero él no parecía necesitar a nadie.

En 1968 comenzó su asalto al campeonato del mundo. Todos pensaban que su esfuerzo descabellado por robar la corona a la escuela rusa llegaba demasiado pronto, pero él tenía prisa. En 1972, en pleno campeonato, el secretario de estado Henry Kissinger le pidió por el bien de su país que volviera al tablero que había abandonado en la segunda partida. Lo hubiese hecho sin necesidad de ruegos, quería ser campeón del mundo, lo único que necesitaba era aplacar su propio miedo.

Su rival en las partidas por el campeonato del mundo sería Boris Spassky. La guerra fría se trasladaba a un tablero de ajedrez. El ruso conjugaba la elegancia del maestro cubano Raúl Capablanca y la ferocidad frente a un tablero de su compatriota Viktor Korchnoi. El miedo de Fisher se tradujo en mil caprichos: la mesa era demasiado alta, el público demasiado ruidoso, los colores muy chillones, las piezas inadecuadas… Tras perder la primera partida y no presentarse a la segunda volvió renovado. No le dio opción al maestro ruso, le aplastó en 21 partidas en las que sólo cedió dos veces. Su fama se multiplicó después. Junto al nadador Mark Spitz, apareció en un especial televisivo presentado por Bob Hope al compás de los sostenes femeninos que le llovían por todas partes. Mientras, docenas de compañías le ofrecían dinero por su imagen. Spitz aceptó, Bobby les rechazó a todos.

El tiempo no atemperó su carácter. Cada día resultaba más inaccesible. Hacía años que no jugaba torneos cuando el joven soviético Anatoly Karpov fue designado nuevo aspirante. Antes de jugar, Bobby le exigió a la Federación una serie de 64 normas que seguir. La FIDE sólo pudo cumplir una, y Bobby no se presentó…

Se evaporó por completo, es entonces cuándo comienza su leyenda. Dicen que jugaba en los parques de Nueva York con estudiantes y desempleados. Que gastó todo el dinero que le quedaba. Que vestía como un vagabundo al cruzar la ciudad ya de noche. Se le vio en San Francisco, en Seattle, en Denver. En 1981 fue confundido con un atracador y detenido. Al ser puesto en libertad, escribió un panfleto lleno de ira en el que relataba su breve experiencia carcelaria. Su paranoia aumentaba. Tres años después, pidió que su nombre fuera retirado de la enciclopedia judaica que se edita en los States. Los editores cumplieron con sus deseos. Después, desapareció por completo durante años…

Dicen que vivió en Budapest, que pateaba las calles por las noches para no ser identificado. Dicen que jugaba al ajedrez vía correo con multitud de personas que ignoraban su identidad. Dicen, dicen… Casi todo en su vida está englobado en el terreno del rumor. En 1992 reapareció. Un millonario yugoslavo le ofreció un mínimo de cinco millones de dólares por repetir su duelo con Spassky. Las partidas se celebrarían en Belgrado. El departamento de estado le impidió participar, como ciudadano de los Estados Unidos debía lealtad a su gobierno y éste hacía tiempo que había vetado a Yugoslavia en el concierto internacional. Bobby escupió sobre el documento que le prohibía su participación. Lo de menos es que volviese a ganar a Spassky, lo importante es que desde ese día se convirtió en fugitivo.

Volvió la leyenda. Se sabe que jugó al ajedrez a través de Internet, que difundió proclamas antiamericanas (algunas referentes al 11-S muy desafortunadas) por un canal de radio, que nunca dormía dos noches seguidas en el mismo lugar. Incluso se filmó una película, excelente, dedicada lateralmente a su leyenda: “En Busca de Bobby Fisher”. Reapareció en Filipinas, ya en el nuevo siglo. Se había casado con una chica mucho más joven que él y había tenido un hijo. Según el mismo contó, viaja con frecuencia a Japón. Fue allí dónde le detuvieron en 2004 por utilizar un pasaporte falso para desplazarse. Encarcelado, abandonado por casi todos, y con el gobierno americano presionando al japones por su extradición, Fisher conoció algo de generosidad de manos del pueblo islandés. En marzo de 2005 recibió el pasaporte que le acreditaba como ciudadano de aquel país. Poco después desembarcaba en Reykjavik.

Ayer moría, no se sabe muy bien de qué pero poco importa. Lo hacía a los 64 años. A él le habría gustado la ironía: 64 casillas tiene el tablero de ajedrez. Ahora le toca retar a Dios, tal vez entonces comprenda lo extraño que es el mundo que le tocó vivir.

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