Forrest Gump… Pocas cosas conectan al inocente protagonista de la película dirigida por Robert Zemeckis con el que inventó Winston Groom en su divertida novela, salvo su tendencia a que le ocurrieran cosas. Pero ambos compartían su afición por correr. Como yo. Me encanta correr. Lo hago desde que llegué a Cucumberland cuando era un crío. Llegué incluso a participar en equipos y competiciones oficiales, pero mi tendencia a joderme el ligamento del tobillo me dejó fuera de órbita. La última vez que me lo rompí, un médico mastuerzo me dijo que la próxima vez me quedaría cojo. Así lo dijo, con sutileza. Fue hace dos años. Al cabo de mes y medio volví al mismo lugar en el que ocurrió para dar aquella curva correctamente. El tobillo siguió doliendo un mes más.

Nunca he estado demasiado tiempo sin correr. No podría estarlo. Por eso, ahora que he estado obligado a estar algo más de un mes parado, lo hice cuatro veces engañando a todo mi entorno, amiguetes del alma incluidos. Les dije que veía bien, que no habría ningún problema si iba más allá de las nueve de la noche, mi hora habitual, porque de noche veía mejor. Pero los hubo: me salí del camino muchas veces a pesar de voltear la cabeza hacía la derecha. Así ocurrió en las cuatro ocasiones. Afortunadamente no había demasiada gente a la que atropellar.

Hace dos semanas volví a retomar el asunto, de un modo continuado esta vez. Visión correcta y cuatro kilómetros para tomar contacto. Hoy he subido a cinco. Parece que todo va bien. Malas noticias para el médico sádico.

Por supuesto, me encanta el atletismo. El malditismo atrae poderosamente, aunque después todos prefieran estar con los ganadores. Tal vez por ello, cuando era un crío, me sentía más cerca de Steve Ovett que de Sebastian Coe. El segundo es Sir, miembro de la FIFA y del Comité Olímpico Británico. Viste trajes caros, peinados de 500 euros y gasta actitud de ganador. Ovett está completamente calvo y parece mi abuelo. Su pose queda lejos de la del díscolo que parecía estar en guerra con el mundo. Hoy es un hombre de mediana edad cargado de arrugas y con la frente demasiado despejada. Su aspecto es el opuesto al de Coe. De hecho, parecían un padre y un hijo el día de su reencuentro. Quién diría que ellos fueron los reyes del mediofondo en los 80.

En la Olimpiada de Moscú, Ovett ganó a Coe en su prueba, los 800 metros lisos. Corrió para ponerse a punto y terminó ganando. Coe se tomó la revancha unos días después al ganar en la prueba de Ovett, los 1.500 metros lisos. Ovett sólo pudo ser tercero. Veinte días más tarde, en Coblenza, Ovett batía el record del mundo de los 1.500. La misma situación ocurriría de nuevo en los mundiales de Helsinki, en 1983. No consiguió pasar del cuarto puesto en la final. Nueva decepción compensada el mes siguiente, cuando volvió a batir el record mundial de la prueba en Rieti, sin nada en juego. Él era así, odiaba la competencia pero amaba la competición. Una paradoja para adornar una vida contradictoria como la suya.

Una vez, sus paisanos le prepararon un homenaje para agasajar al héroe. No asistió después de garantizar que estaría allí. En otra ocasión, retó a la federación de su país vistiendo una camiseta de la Unión Soviética durante un tiempo. Verle batir marcas con una hoz y un martillo en el pecho era demasiado para la mayoría. Traidor fue la palabra más suave que escuchó.

Eric Lidell, mítico atleta cuya vida inspiró la película “Carros de Fuego”, decía que corría para honrar a Dios. Era un pastor protestante al fin y al cabo. Harold Abrahams, su rival, lo hacía por odio hacia los que le insultaban por ser judío. Ovett no lo hacía por ninguna de esas razones. Él corría por una mujer. A poco de acabar los 800 metros en Moscú, la sudada camiseta se le transparentó. Se pudo ver entonces el nombre con el que se refería a su novia Rachel en la intimidad. Aquella involuntaria revelación le alejó de sus padres (por entonces, vívía con ellos) al ser considerado por éstos como un desprecio. Poco más tarde se casaría con Rachel. Ella era su bálsamo.

Se le definió como un tipo difícil y lo era. Las relaciones sociales no se crearon para él. Su leyenda se escribió en las pistas de tartán, lo demás nunca le importó demasiado.

Y mi retorno continua. Ayer corrí la milla en menos de nueve minutos. Es un buen comienzo. Le recordé al llegar a casa, antes de ducharme. ¿Dónde estará Ovett?… Google me dio la respuesta: perdido en Australia.

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