El problema de rodar una novela basada en una vida real se encuentra cuando lo llevas a tu terreno olvidado que posee entidad propia. Error común en la obra como director de Sean Penn, para quien su mesianismo y convicciones políticas son más importantes que la historia que cuenta.

Prefiero olvidar la imagen de Penn a bordo de un bote (y frente a una cámara, por supuesto) durante las inundaciones de Nueva Orleans. No me importa que haya visitado Venezuela, Irán, Irak y cualquier país calificado Bush y sus compadres como eje del mal. Tampoco me importa el motivo que llevó a su esposa, Robin Wright, a solicitar el divorcio. La persona y el artista siguen caminos paralelos. Pero Penn parece no entender ese concepto.

“Hacía Rutas Salvajes” parte de la novela de John Krakauer en la que se narran los dos años en los que Chris McCandless (Emile Hirsch) trató de encontrarse a sí mismo a través de una serie de viajes realizados sin dinero en los bolsillos y sin destino marcado. Su peripecia acabará en Alaska, última frontera en la que supone hallará las respuestas que precisa. Por el camino (siempre el camino) conocerá a una serie de personajes que marcarán su carácter pero no variarán su objetivo. Entre ellos: un militar jubilado que regenta un pequeño negocio de cuero, un agricultor con problemas con la justicia y una de pareja de hippies que le darán cobijo durante su “huida”. Finalmente hallará las respuestas buscadas a cambio de elevado precio.

Pero Penn no comprende al personaje ni sus motivaciones en ningún momento sino que trata de asumirle a través de su propia visión. De tal modo que McCandless termina por hacerse irritante, deseando el espectador tener un rifle a mano la enésima vez que el director abusa del traveling y de los planos aéreos mientras Chris eleva sus brazos para simbolizar su libertad plena como si de un anuncio de perfume se tratase. Es difícil obviar las absurdas miraditas a la cámara, los diálogos pretenciosos, la técnica de rodaje setentera y lo agotador de su metraje. Penn entiende al personaje a su manera y así lo hace llegar al espectador. Ni a nuestros ojos termina siendo el tipo especial que se presiente era, ni llegamos a comprender los motivos por los que odia a sus padres más allá de un inútil plano de disputa familiar. Tampoco comprenderemos las razones que le impulsan a realizar tan temerario viaje, y lo peor es que a Penn parece darle igual. El director parece contento con demostrar su ingenio en momentos puntuales, amparado siempre (oh, curiosa paradoja) por la infografía.

Durante casi dos horas y media interminables, Sean Penn trata de reflejar su visión del mundo y de esa América interior de la que nunca tenemos noticia. Bajo su prisma todo el mundo es bueno y cualquier problema tiene solución. Aparece el perogrullo y las sentencias sin filo, todo el mundo es bueno para él. La sociedad tiene problemas pero no el individuo, sentencia roussoniana que no por gastada encontrará peor asiento que el que ahora se le brinda. Allá por dónde se mueva, nunca le faltará un plato de comida a nuestro protagonista, la gente será cortés, incluso paseará por barrios peligrosos sintiéndose más integrado que el los barrios altos. Por contra, McCandlees asume las normas: si un policía le da una paliza y le reprende por ir de polizón en un vagón de tren, no volverá a montar en tren. Si una adolescente deseosa de experimentar el amor se le entrega literalmente, él considerará que a los dieciséis años de ella es demasiado pronto para que el sexo se implante en su vida. Prometo que hubo ocasiones en las que en las que recordé a Stewie Griffin en Woodstock gritándole a la multitud: “¡Seguid las normas!”.

Docenas de secuencias a cámara lenta más tarde, un par de planos más del protagonista elevando sus brazos a la inmensidad y algunos ridículos momentos bifucardos en pantalla, la cinta de Penn llega a su fin. Lo esteticista, lo gratuito, se impone. Pero ése final llega precedido por unos diez minutos modélicos en los que el poder del material supera las pretensiones del director. Sólo por esos diez minutos, por un contenido William Hurt (que da lecciones al resto del elenco) y algunos momentos narrados Jena Malone (su hermana), que consiguen transmitir parte de la angustia vivida en el entorno familiar, merecería la pena ver la película. Si además lees a Thoreau y a Tolstoi y tienes menos de veinte años, seguro que este juguete roto te gustará. Los idealistas son bienvenidos, si además están preparados para asentir a todo lo que vean, mucho mejor.

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