Dicen que la copa Davis es especial y tienen razón. Cualquiera puede ganar a cualquiera, independientemente del lugar que ocupe en el ranking ATP. Especial es, también, en el sentido de que muchos jugadores prefieren no participar en ella. Honesta posición, per example, del número uno mundial, Roger Federer, quien desde un principio dejó claro que su carrera era lo más importante para él, dejando siempre la puerta de atrás abierta para ser convocado en caso de que el equipo estuviese al borde del precipicio. Desde entonces, Federer ha participado en cada eliminatoria de descenso jugada por Suiza, lo que no les ha servido para evitar el descenso.

Luego está el que no quiere jugar las eliminatorias previas (especialmente si se desarrollan lejos de casa) pero no tiene inconveniente en ser reclamado si el equipo se planta en finales. En este campo entrarían casi todos los tenistas de élite con pocas excepciones. Sorprende, y mucho, que se levantase tan gran polémica cuando el tenista gerundense Tommy Robredo renunció a jugar una eliminatoria y no pase nada ahora que Rafa Nadal se ha borrado de otra. De hecho, en esta ocasión, el tenista balear ni siquiera se ha inventado una lesión (algo habitual) para justificar su ausencia. Ésto me ha hecho recordar aquella cita en la que todo el mundo se eliminó (Alex Corretja, Albert Costa, Carlos Moyá, la plana mayor del tenis español de entonces) de una eliminatoria celebrada en Nueva Zelanda. Tuvieron que ser Félix Mantilla, el pato Clavet, Julián Alonso y Joan Balcells quienes dieran la cara para salvar al equipo del descenso. Luego, a la hora de celebrar títulos, los que salieron en la foto fueron otros. Ya decía el escritor valenciano Manuel Vicent, que los ejércitos de legionarios que desfilaban en Roma estaban compuestos por los cobardes que habían agachado la cabeza durante el combate. Los auténticos héroes cubrían con sus cuerpos el campo de batalla.

Y todo esto viene a cuento porque hoy el equipo español de copa Federación ha eliminado a Italia. Lo ha hecho contra todo pronóstico y en Nápoles, capital mundial de la basura en la que los desperdicios se amontonan por las calles atormentando a la población local. La valenciana Anabel Medina ha hecho su trabajo y ha derrotado a la rocosa Francesca Schiavone, clasificando al equipo para la siguiente ronda. Pero es Nuria Llagostera quien merece un comentario aparte.

Ella nunca falta, cuando la llaman, va. Ha veces ha acudido con molestias, y sería necesario entablillarle la pierna para evitar que estuviera allí. Veterana pese a su juventud (tiene 27 años) su carrera se rompió hace cinco años, tras sufrir una terrible pérdida familiar en no menos terribles circunstancias. Sus padres se divorciaron poco más tarde, lo que no contribuyó a su recuperación anímica. Pero dicen que lo que no te mata te hace más fuerte. Su mentalidad cambió después del naufragio. Comenzó a ganar partidos en superficies hostiles y a subir en el ranking de la WTA. Llegó a ser la 35 del mundo, ella, que se mueve habitualmente por encima del centenar; ella que mide poco más de metro y medio y no puede competir físicamente con las jugadoras de metro ochenta. Hay veces, que al verla jugar con esos mastodontes, se asemeja a una niña bailando entre gigantes.

Después su ritmo decayó. La rabia se esfumó y volvió a ser la 140 del mundo. Volvieron las primeras rondas mortales, los sets en blanco en contra y las lesiones cebándose de nuevo en su menudo cuerpo.

Ayer ganó su partido frente a Schiavone, a la número 23 del mundo. Superó en su propia casa a la heroína de Charleroi, la mujer, que junto a Roberta Vinci, arrebató el título a la Bélgica de Justine Henin. La mallorquina jugó como ella sabe: mucho revés y mucha paciencia. Ganó su primer partido de copa Federación lejos de la tierra y puso la primera piedra de una gesta impensable.

Ella nunca falta aunque no juegue. Ella siempre está, lo haga bien o mal. No va ha ocurrir, pero ojalá los chicos, tan preocupados por sus carreras, sus ingresos y sus marcas comerciales, tomaran nota de su coraje.

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