Myself: Si unes en una misma frase el nombre de un actor español y la palabra Oscar, ¿qué obtienes?

Acompañante 1: ¿Un taquillazo?

Myself: Sí, eso también. Aunque pensaba en la cantidad de gente que verá por primera vez en su vida una película de los Coen.

¿Crisis? ¿Qué crisis? Basta con colocar la silueta del eunuco dorado junto a un nombre familiar para todo vuelva a funcionar. Hacía años que no me encontraba semejante cola a las doce y media de la madrugada. Cuando ruge la marabunta lo mejor es pedir una butaca lateral. Me tocó pared, como el día en que vi “300”. No puedo ni debo quejarme.

La película bien. Mejor que bien. Una especie de vuelta de tuerca a “Fargo” en el que el azar y los principios sobreviven a la razón. El dinero es el objetivo único de los protagonistas de la nueva película de los hermanos Coen. Unos lo desean, otros quieren recuperarlo y el que lo tiene desearía estar en cualquier otro pellejo. El dinero funciona como maquinaria ejecutora del azar. Todos los que lo tocan o se acercan demasiado acaban cayendo como fichas de domino. Todos menos uno, el viejo policía interpretado por Tommy Lee Jones, quien se limita a observar las insensateces que otros cometen en nombre del dios dorado.

La nueva historia de los Coen cuenta cómo cambió la vida de Llewelyn (Josh Brolin) el día que se topó accidentalmente con los restos de una reyerta entre traficantes de droga. Un maletín con dos millones de dólares y su conciencia le meterán en un lío del que ya no sabrá salir cuando un gélido asesino en serie llamado Anton (Javier Bardem) sea contratado para encontrar el dinero y ajustar cuentas. Docenas de vidas se perderán por el camino mientras el maletín descansa en un conducto de aire acondicionado o bajo las tablas de una casa prefabricada, vidas que no valen más que lo que marca una moneda al hacer girar la matemática del azar.

Los Coen rememoran su estancia en Fargo cambiando la nieve por el polvo del desierto y a la sheriff de pueblo por el desencanto de un policía que comanda novatos que ignoran que hay que empuñar una pistola al registrar una casa sospechosa. El escepticismo del casi jubilado funciona como guía narrativa: su modo de contar historias, su mirada apagada, su manera de encajar los golpes que le deparan sus últimos días de uniforme. Los hermanos adoptan su mirada para analizar sin alzar la voz las estupideces cometidas por los demás. Dotan al relato de compasión que no de piedad. Nadie escapa de su cinismo. Ni siquiera los inocentes como Carla Jean (Kelly Macdonald), esposa de Llewelyn, cordero conducido al cadalso por el egoísmo de su esposo o Carson (Woody Harrelson), un pieza más a ser derribada. Construyen un relato en torno al miedo a lo desconocido, a lo que esperar tras una esquina, al otro… El miedo y el cinismo impregnan la narrativa de unos Coen a los que el tiempo ha convertido en descreídos para los que la ética de Anton resulta más valiosa que un itinerante maletín repleto de dinero.

No olvido la inteligencia de los hermanos: ese inesperado fundido justo antes de que a Llewelyn le ocurra “algo”, la aplicación de la lógica para desarrollar una escena, el modo en que obvian lo evidente para que sea el espectador el que ajuste las piezas. Es imposible olvidar nada de lo que regala esta maravilla de celuloide en el que la maquinaria funciona a la perfección. Tal vez sea demasiado perfecta.

Cuando acabó la proyección y la marabunta salió en estampida, salí al pasillo justo al aparecer los últimos créditos en pantalla. Para entonces restaban tres personas en la sala. Ya habían cesado los silbidos que reclamaban un final más masticado y digerido. Encaré la puerta de salida, y en ese momento, como dice el viejo policía Tom Bell, desperté gracias al aire con pedacitos de hielo. Qué buenos son los Coen especialmente cuando inducen pesadillas que no sueños.

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