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Para mis padres

Para Rosa Para Inma, testigos directos

“Un hombre cuenta tantas veces sus historias que termina convirtiéndose en parte de ellas. Ellas le sobrevivirán, y ése es el camino que le convertirá en inmortal”

“Hay un momento en el que un hombre necesita pelear y un momento en el que necesita aceptar que su destino es perder, el barco ha zarpado y solo un loco continuaría el viaje”

Este blog nació con el objeto de salvar vidas. Nació con el objeto de salvar una vida…

En mayo de 2005 lo creé bajo otro nombre, en otro lugar. Desde entonces, mi vida ha sido un continuo tobogán de emociones difícilmente controlables. Nunca imaginé que el mundo de mentira podría ofrecer tanto calor. Que unos desconocidos podrían ser tan cercanos a otros. El pasado tres de mayo el objetivo de este lugar recibió la puntilla final, esperada e inesperada al tiempo, que significa el adiós definitivo antártico que tanto se ha diluido gracias a la esperanza, esa palabra maldita que oculta tanta fuerza.

Volveré a postear, claro que sí, en otro lugar, pero ahora hay otras cuestiones que reclaman toda mi atención. Tengo mucho dolor que asimilar. Dolor que se hizo tan insoportable entre febrero y marzo que pensé no lo podría superar. Y hay una persona, mágica y especial, a quien pretendo robar todo su tiempo y regalarle la mayor parte del mío, que nada vale. A ella le debo tanto y, sobre todas las cosas, la quiero tanto.

Los últimos tres meses han parecido tres años, así de intensos han sido. Y sigo con la sensación de que no los he aprovechado como debía. Tengo la certeza de ello. El pez grande se ha ido ya y lo ha hecho como él habría querido: guardando parte de su mejor repertorio para el final. Le quiero, les quiero, y ya no están. Este lugar nació en su honor. Y sin él, y sin ella, no hay razón para continuarlo. Pero ha cumplido con su objetivo: el de salvar una vida. Ha salvado la mía…

“Y esta es la historia de mi vida”

Ramón Trecet, especial comentarista de los partidos NBA de cuando era crío, contó una vez cómo Chris Mullin se convirtió en alcohólico. Él era un chico de Nueva York que nunca había vivido de modo estable lejos de la gran manzana. Su traslado a Oakland, tras ser elegido por los Golden State Warriors, fue traumático. Solo, sin amigos, ni mayor soporte que el teléfono, comenzó a beber cervezas porque al llegar a casa, según sus palabras, la nevera siempre estaba cerca

Dijo que nunca bebería alcohol y acabó en rehabilitación. El mundo del cine y la literatura está lleno de personajes que se desdijeron al cabo de un tiempo. Éstos son algunos de ellos…

“Espero no acabar como uno de esos tipos que ruedan una película al año” – Woody Allen (recogido en el libro biográfico escrito por Graham McCann). Desde hace tiempo filma una película por año.

“Como comprenderá, el Cervantes es un premio suficientemente cubierto de mierda como para que me preocupe por él” – Camilo José Cela (diversas -muchas- fuentes). Al cabo de unos años recogió el premio entusiasmado.

“Me casaré solo una vez. No puedo equivocarme, voy a envejecer junto a esa mujer” – Brad Pitt (recogido en El País de la Tentaciones). Se casó y se divorció de Jennifer Aniston. Ahora convive con Anjelina Jolie.

“Los Oscar son obscenos, sucios y no mejores que una bella disputa. Le pido a Dios que no gane nunca un Oscar. Me deprimiría enormemente si lo ganara” – Dustin Hoffman. (frase recogida en el libro Todos los Oscar). Lo ganó (por “Rainman”) y fue a recogerlo encantado. De hecho, su discurso es recordado por lo baboso de su contenido.

“Jamás rodaré una película repleta de efectos especiales” – Mickey Rourke. (entrevista publicada en la revista Fotogramas en 1986). Terminó siendo uno de los protagonistas de “Sin City” dirigida por Robert Rodríguez, película en la que todo es virtual.

Y sin pertenecer al submundo del showbiz…

“La tercera temporada (de “Perdidos”) cumple con el requisito de toda etapa de transición” – Myself. (tontería escrita hace un par de semanas). Después de ver los penúltimos capítulos emitidos hoy, no he dicho nada.

“No hay mucho que hacer con nuestra desvergüenza. Es como decirle al mundo: soy asqueroso, horrible, hago cosas censurables… ¿Aún me quieres?”.

Tim Burton debió morir de gusto cuándo pudo trabajar con Vincent Price. Era su idolo de la infancia y trabajar con él debió ser una fantasía convertida en realidad. Además, pudo hacer carne muchos de sus sueños infantiles. Entre ellos la historia del chico con tijeras en las manos. Su escena final es memorable. Y como lo es, bien está recordarla ahora que la Navidad (uno de los iconos burtonianos) es menos navideña que nunca.

Abuela: No volvió a verle nunca. No después de aquella noche

Nieta: ¿Y cómo lo sabes?

Abuela: Porque yo estuve allí

Nieta: Podías haber subido arriba. Todavía puedes ir 

Abuela: No, cielo. Ahora soy una anciana. Prefiero que me recuerde tal como era.

Nieta: ¿Cómo sabes que está vivo?

Abuela: No lo sé. No estoy segura. Creo que está vivo. Verás, antes de que él llegara no nevaba nunca. Y después, sí. Si no estuviese allí arriba ahora no creo que nevase. A veces todavía puedes verme bailando bajo la nieve

Llamados a dictar las normas de la fundación de Perinzia, los astrónomos establecieron el lugar y el día según la posición de las estrellas, trazaron las líneas cruzadas de cada una de las calles principales orientadas la una siguiendo el curso del sol y la otra siguiendo el eje en torno al cual giran los cielos, dividieron el mapa según las doce casas del zodíaco de manera que cada templo y cada barrio recibiese el justo influjo de las constelaciones oportunas, fijaron el punto de las murallas donde se abrirían las puertas previendo que cada una encuadrase un eclipse de luna en los próximos mil años. Perinzia reflejaría la armonía del firmamento; la razón natural y la gracia de los dioses darían forma a los destinos de sus habitantes.

Siguiendo con exactitud los cálculos de los astrónomos, fue edificada Perinzia; gentes diversas vinieron a poblarla; la primera generación de los nacidos en Perinzia empezó a crecer entre sus muros, y llegaron a su vez a la edad de casarse y tener hijos.

En las calles y plazas de Perinzia hoy encuentras lisiados, enanos, jorobados, obesos, mujeres barbudas. Pero lo peor no se ve; gritos guturales suben desde los sótanos y los graneros donde las familias esconden a sus hijos de tres cabezas o seis piernas.

Los astrónomos de Perinzia se encuentran frente a una difícil alternativa: o admitir que todos sus cálculos están equivocados y que sus cifras no consiguen describir el cielo, o revelar que el orden de los dioses es exactamente el que se refleja en la ciudad de los monstruos.

Las Ciudades Invisibles. Italo Calvino.

Italo Calvino publicó “La Ciudades Invisibles” en 1972. En sus propias palabras, intentó retratar la condición humana mediante los diálogos establecidos entre Marco Polo y el emperador Kublai Kan en las que éste le pedía descripciones de las ciudades que había conocido en el largo trayecto que le llevó a China. Calvino escribe de los asombroso, de lo imposible, de lo grotesco. Obliga a Marco Polo ha inventar ciudades que satisfagan la curiosidad del Kan. Las desmenuza y vuelve a construir en el transcurso de un sólo relato, en apenas unas líneas. La conclusión final es desoladora: el gran Kan se rinde ante la evidencia de que su poder, que él creía ilimitado, es sólo una ilusión.

Dice: Todo es inútil si el último fondeadero no puede sino ser la ciudad infernal, y donde, allí en el fondo, en una espiral cada vez más cerrada, nos sorbe la corriente.

Y Polo: El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de serlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.

Se hizo una lista, hace bastantes años, de las mejores historias de amor enmarcadas en el aspero género del western. Un territorio tan hostil para la exhibición de cualquier tipo de sentimiento explicito requirió siempre de una sutileza extrema a la hora de mostrar tan delicado tema. 

Éstos fueron algunos de los momentos que formaron parte de aquella lista: Las miradas fugaces cruzadas por Alan Ladd y Jean Arthur en “Shane”, la melancolia gestual de Vera Miles al doblar la capa de John Wayne en “Centauros del Desierto”, el modo en que James Stewart roza las manos de Vera Miles en “El Hombre que Mató a Liberty Valance” mientras la enseña a leer. Pero seguramente la sutileza alcanzó su grado máximo en la reciente “Sin Perdón”

“Era una joven atractiva y no sin oportunidades matrimoniales. Por consiguiente a su madre le partía el corazón que se casara con William Munny, un conocido ladrón y asesino, un hombre de cáracter notoriamente inmoral y violento. Cuándo ella murió no fue a manos de él, como había esperado su madre, sino de la viruela. Eso ocurría en 1878”

Clint Eastwood echó mano de la elipsis narrativa para mostrar una historia de amor que no se ve pero que está presente en cada instante de la cinta. La película se abre y se cierra con el recuerdo de Claudia Munny, esposa del poco recomendable ladrón y asesino William Munny. El epílogo final, acompañado de las suaves notas del “Claudia’s Theme”, dice así…

“Algunos años más tarde la señora Ansonia Feathers efectuó el arduo viaje al condado de Hodgemon para visitar el último lugar de descanso de su única hija. Hacía mucho tiempo que William Munny había desaparecido con sus hijos. Unos dicen que se fue a San Francisco, donde se rumoreaba que había prosperado comerciando con mercancías en general. Y en la lápida no había nada que explicara a la señora Feathers por qué su hija se había casado con un conocido ladrón y asesino, un hombre de carácter notoriamente inmoral y violento.”

Pues bien, la redención de Kevin Costner como director pasó por la ruptura del más sagrado dogma del western. Olviden la admirable contención narrativa de la que hace gala “Open Range”. Ignoren también (si pueden) el estruendoso tiroteo final, claramente deudor del famoso duelo en O.K. Corral, en el los colts resuenan como si fuesen los mismísimos cañones de Navarone. Porque es la crepuscular historia de amor entre un maduro vaquero de oscuro pasado y una solterona resignada a la monotonía de una vida solitaria, lo que la distingue definitivamente como una obra mayor pese a las no pocas voces que tienden a infravalorarla. Costner se inclinó por la contención explícita. Las palabras muestran y los gestos esconden. Primero, el director opta por seguir el manual que regula al género, al filmar mediante sutiles miradas el momento en el que Sue se reconoce en los silencios del errático Charley. Después, tornará hacia lo elocuente cuando ella le pida que no abandone el pueblo porque “tengo planes para nosotros, Charley”. Finalmente, se expodrá por completo a través de metáforas reconocibles e infinidad de detalles. Porque son muchos los detalles que enriquecen la escena y que pocos vieron o quisieron ver. El más llamativo tal vez sea el lugar en el que se produce el reencuentro de Charley y Sue; el pequeño jardín “amurallado” en el que ella trabaja muestra el pequeño universo en el que Sue ha confinado su vida. Su soledad es comparable a las lejanas montañas azules que se contraponen al fondo, hogar del desarraigado Charley. La fusión de ambas imagenes, con la cámara alejada púdicamente, confirman al mejor Costner.  

Charley: Estoy enamorado de ti. Lo he estado desde el día en que te conocí, pero he tardado en comprenderlo. Sé que no soy el hombre que esperabas apareciera en tu vida. Y sé que tu hermano no me escogería para ti

Sue: Charley, ¿sabes qué edad tengo?

Charley: Eso me da igual

Sue: Ya no soy un muchacha

Charley: Eres al mujer más guapa que he conocido

Sue: He tenido mis decepciones, Charley

Charley: Yo no voy a ser una de ellas… Jamás pensé que viviría tanto, Sue. Con la vida que he llevado no me importaba mucho. Cuando me alejaba, al pensar que no volvería a verte, fue la sensación más horrible que he tenido en mi vida. Sé que puedo ser un buen marido. Y sé que no te lo he pedido, pero te lo pido ahora… ¿Quieres casarte conmigo?

Sue: Charley… Sí. Me casaré contigo.

Charley: ¿Puedo besarte?

Sue asiente

Charley: Pienso darte mil como éste antes de morir

«Quería deciros que si elegí el oficio de maestro fue porque guardo un mal recuerdo de mi juventud y porque no me gusta la forma en que se trata a los niños. La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a endureceros para que podáis enfrentaros a ella, ojo, endureceros no ser insensibles. Por una especie de extraño equilibrio, aquéllos que tuvieron una infancia difícil están generalmente mejor dotados para enfrentarse a la vida adulta que aquellos otros que disfrutaron de protección o de un exceso de cariño. Es una especie de ley de compensación. Más adelante tendréis hijos, y yo espero que vosotros los queráis y que ellos os quieran. En realidad, ellos os querrán si vosotros los queréis. Si no, traspasarán su amor o su afecto, su ternura, a otras personas o a otras cosas. Porque la vida está hecha de ese modo: no podemos vivir sin querer y ser queridos»

La Piel Dura (L’argent de poche, 1976. Françoise Truffaut)

Cyrano de Bergerac es herido de muerte de camino al convento en el que se encuentra recluida su (en secreto) amada Roxane desde la muerte de su prometido Christian en el campo de batalla de Rocroi. Las mortales heridas no le impedirán que mantenga su ritual disimulando a duras penas su grave estado…

Cyrano: Que el diablo me lleve si alguna vez veo el fín de ese bordado

Roxane: Después de catorce años llegas tarde por primera vez

Cyrano: Sí. Sí, perdona. Me detuvo una visita inesperada. Un antigua amiga mía. O mejor, una vieja conocida.

Roxane: ¿Le dijiste que se fuera?

Cyrano: Por el momento, sí. Le dije, disculpadme, hoy es sábado tengo un compromiso previo al que no puedo faltar. Ni siquiera por vos. Volved dentro de una hora

Roxane: Pues tu amiga tendrá que esperar. No pienso dejarte ir hasta que oscurezca

Cyrano: Tal vez deba dejarte un poco antes

Roxane: Sí. Entonces dame ya las noticias de la corte, mi gaceta

Cyrano: Sí, bien. Veamos. El sábado 19, el Rey enferma tras tomar ocho platos de mermelada de uva. La mermelada de uva no volverá a servirse en la corte. Domingo, el puso real ya está normal. Lunes, todo el mundo habla del éxito de la nueva obra de Molière. Martes, el Rey enferma tras tomar ocho platos de marrón glacé. Los marrón glacé no volverán a servirse en la corte. Miércoles, el conde de Gise habla con la señora Montblanc, ella le dice, no. Jueves, nada. Viernes, la señora Montblanc dice, sí. Sábado… (Cyrano se desploma)

Roxane: ¿Qué te ocurre? ¡¡Cyrano!!

Cyrano: No, no… No es nada, una antigua herida. No es nada, pasará enseguida. Ves, ya pasó…

Roxane: Todos tenemos nuestras heridas. Yo llevó la mía aquí, en esta hoja de papel descolorido. Ya apenas se lee, las lágrimas la empaparon.

Cyrano: Su carta. ¿No me dijiste que algún día me dejarías leerla?

Roxane: ¿Quieres leerla?

Cyrano: Te lo pido… hoy

Roxane: Ábrela y lee…

Cyrano (sin mirar la carta): Adiós, Roxane, porque hoy moriré. Sé que voy a morir hoy, mi dulce y tierna amada. Mi corazón rebosa de un amor que no te he expresado. Y hoy moriré sin expresártelo. Jamás ya mis ojos beberán tu imagen como un vino. Jamás ya te besarán mis ojos. Anhelo tu dulce presencia…

Roxane: Cómo lees su carta…

Cyrano: Recuerdo ahora tu forma deliciosa de apartar de tu frente un mechón rebelde, y mi corazón grita…

Roxane: Su carta en tu voz… Esa voz. Recuerdo haberla oído hace tiempo…

Cyrano (sin declamar): Jamás estoy lejos de ti. Ni aun ahora te abandonaré. En un mundo distinto seguiré siendo aquel que te ama más allá de toda medida. Más allá de toda razón…

Roxane: ¿Cómo puedes leerla así?. Y durante estos catorce años has sido el viejo amigo que venía a mí para entretenerme…

Cyrano: Roxane…

Roxane: Eras tú…

Cyrano: No era yo

Roxane: Eras tú

Cyrano: Te juro que…

Roxane: Y las cartas. Eras tú…

Cyrano: Por mi honor, no

Roxane: Y esas palabras preciosas eran tuyas

Cyrano: No lo eran

Roxane: Y la voz que me hablaba en la oscuridad, eras tú

Cyrano: Roxane, no…

Roxane: Y el alma… Tu alma…

Cyrano: Nunca te amé

Roxane: Sí, me amabas y todavía hoy sigues amándome

Cyrano: Te juro que…

Roxane: ¿Por qué lo niegas?

Cyrano (en pose vencida): Sí, sí… mi dulce Roxane, te amo desde el instante en que te vi por primera vez

Roxane: ¿Por qué lo callaste durante tantos años? Todo ese tiempo, esas noches y sus días, lo ocultaste. Sabías que la carta que guardaba en mi pecho, ese llanto, esas lágrimas… eran tu llanto

Cyrano: La sangre era de él…

¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer?

Vuelve a tu hogar

¿Y eso dónde está?

Donde más feliz hayas sido

Al presionar el bolígrafo contra la demanda de divorcio que les separaría para siempre, Antoine imaginaba en cada trazo a Christine. La curva superior de la A mayúscula por todas aquellas mañanas de domingo en que ella le impidió abandonar la cama antes del mediodía. La franja intermedia de la T por cada una las conversaciones a través de las ventanas del patio interior que a él tanto le gustaban. El punto sobre la I latina por aquella ocasión en que él la llamó repetidas veces por teléfono, mientras cenaba con otra mujer, porque no soportaba la idea de perderla. 

La H partida por aquella ocasión en la que Antoine compró una escalera para estanterías pese a no tener ningún mueble al que poder llamar de ese modo. La R plana por una televisión rota adrede y un desayuno en compañía inesperada. La enérgica E final por los besos robados a oscuras en una bodega.

Antoine deseaba a todas las mujeres pero amaba a Christine. Christine odiaba al Antoine disperso, infantil e irresponsable pero le llevaba insertado dentro de sí de un modo que no podía controlar, ella que todo lo mantenía bajo control.

Christine era todas las mujeres para él. Antoine fue la espina que una vez te hiere nunca dejará de sangrar.

Antoine: “Eres mi hermanita, mi hija, mi madre…”

Christine: “Ojalá hubiera sido tu mujer…”